siglo XIX
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viernes, 29 de mayo de 2026

El Convento de Madre de Dios

El antiguo Convento de la Madre de Dios nunca fue de los más famosos de la ciudad. Sin embargo, en un conjunto tan monumental como el de Toledo, ello no significa —ni mucho menos— que fuera un edificio menor o carente de valor. Todo lo contrario: estamos ante una joya ciertamente desconocida y un tanto olvidada a la que me gustaría sacar un poco del olvido a través de la fotografía histórica.
El beaterio, ocupado por religiosas que seguían la regla y hábito de Santo Domingo, fue fundado en 1482 por doña María Gómez de Silva, hija legítima del matrimonio formado por el conde de Cifuentes y Alférez Mayor de Castilla, Alonso de Silva, y doña Isabel de Castañeda, mediante la donación de unas casas para tal fin. Así se puede leer en el testamento de María fechado el 30 de mayo de 1482 —conservado en el archivo del convento y transcrito por Jean Passini— en el que indica que:
la qual dicha casa quiero e es mi voluntad que sea nonbrada desde agora para siempre la casa de la madre de dios e se fagan espeçial fiesta e memoria de la madre de dios el dia de la visitaçion de nuestra señora santa ysabel...
La decisión de la creación del cenobio se produjo a raíz del fallecimiento de los padres de dicha fundadora que, deseosa de dedicarse a la vida religiosa, se asoció á su hermana Leonor, a su tía doña Francisca de Castañeda y a otras jóvenes, convirtiendo su palacio en beaterio, y haciéndose llamar y firmando desde entonces como Sor Marigómes.
La nueva comunidad se asoció con otro convento preexistente y contiguo llamado de Santa Catalina y, al año siguiente, en 1483, pidieron al Cardenal Mendoza poder tener altar, campana, claustro y refectorio. No contentas con esto, y deseando una vida más austera y contemplativa, solicitaron poder tener clausura al papa Inocencio VIII, lo que les fue otorgado en 1488, siendo nombrada priora la propia María, quien ejerció el cargo hasta su muerte en 1532. María fue una mujer muy cercana a la reina Isabel la Católica.
Desde entonces, y a lo largo de los siglos XV, XVI y buena parte del XVII, el conjunto fue creciendo hasta convertirse en un gran complejo conventual organizado en torno a varios patios, siguiendo el modelo habitual de los conventos toledanos de la época.
Evolución histórica del edificio. Foto extraída del artículo: La rehabilitación del antiguo convento de Madre de Dios de Toledo, cuyos autores son D. Mario Muelas Jiménez y Agustín Mateo Ortega. Actas del II Curso de Historia y Urbanismo Medieval. UCLM. Sin embargo, a partir de finales del siglo XVII comenzó un progresivo deterioro del edificio. Esta situación de declive se agravaría durante los siglos XVIII y, sobre todo, XIX. Las sucesivas exclaustraciones de las religiosas y los distintos cambios de uso afectaron seriamente a la estructura del convento, provocando incluso la desaparición de algunas de sus dependencias.
Plano del Convento de Madre de Dios en el XIX. Publicado en "Piedad, nobleza y reforma. La fundación del monasterio de Madre de Dios en Toledo (1483)" por Eugenio SERRANO RODRÍGUEZ Cuando da comienzo el siglo XX sucedieron tristes acontecimientos. Así, en 1904 buena parte del edificio fue derribado, siendo desmontados dos preciosos artesonados del convento. Estos lamentables hechos fueron narrados y denunciados por Manuel Castaños y Montijano en las páginas El Castellano el 1 de octubre de ese año. Don Manuel nos cuenta que el artesonado mayor databa de finales del siglo XV y había sido costeado y encargado por la propia fundadora María, mientras que el otro, de menor tamaño, fue costeado por el hermano de María, don Alonso de Silva, nuevo conde de Cifuentes y clavero de la Orden de Calatrava.
Mención a la demolición del convento Madre de Dios. Artículo de Manuel Castaños Montijano en El Castellano el 1 de octubre de 1904. Por suerte, la fotografía histórica permite viajar en el tiempo y admirar tesoros que ya no están entre nosotros. Varios artesonados del convento fueron inmortalizados desde el siglo XIX en varias ocasiones. El de la iglesia era el de mayores dimensiones y poseía esta espectacular belleza:
Artesonado mudéjar del Convento de Madre de Dios hacia 1880. Fotografía de Casiano Alguacil © Archivo Municipal del Ayuntamiento de Toledo, signatura CA-0439-VI Artesonado mudéjar del Convento de Madre de Dios en 1904 Artesonado de la Iglesia de Madre de Dios Artesonado del Convento Madre de Dios.  en la Campana Gorda, foto de 1903 Pedro Rámila. Abril de 1903. Otro artesonado, si bien era más pequeño, tenía una preciosa cúpula con mocárabes de gran belleza:
La cupulita del Convento de Madre de Dios Pequeña cúpula de la iglesia del convento de Madre de Dios Las tremendas dificultades económicas de las monjas —que ya en la revolución Septembrina de 1868 habían visto cómo eran temporalmente expulsadas del convento para convertirlo en cuartel de la guardia civil, regresando en la Restauración borbónica— hicieron que el estado del edificio fuese tan lamentable al comienzo siglo XX. Según recoge el citado escrito de Manuel Castaños de 1904, las monjas no pudieron pagar siquiera a los albañiñes del derribo (lo pagó el Ayuntamiento) y solo pudieron costear una especie de chamizo o cobertizo donde almacenar desmontados dos de los valiosísimos artesonados a la espera de que alguien los comprara y las sacara de su pobreza. De manera visionaria, don Manuel ya vaticinó lo que finalmente terminó sucediendo años después:
Mención a los artesonados desmontados del convento Madre de Dios. Artículo de Manuel Castaños Montijano en El Castellano en octubre de 1904. Ampliando una de las célebres fotos aéreas del capitán Vallespín Zayas tomadas hacia 1915, he logrado aislar la imagen del estado del convento una década después de que los artesonados fueran desmontados y metidos en un cobertizo. Se aprecia bien cómo la parte de la iglesia del convento, donde se situaba el bonito artesonado de las fotos, ya aparece destruida. Dejando volar la imaginación se pueden elucubrar varios puntos de la imagen como los posibles lugares donde reposaban estas venerables maderas.
Convento de Madre de Dios hacia 1915. Foto aérea de Juan Vallespín Zayas (detalle). Tuvieron que pasar aún varias décadas hasta que la existencia de estas joyas desmontadas cogiendo polvo llegase a oídos del tristemente célebre William Randolph Hearst, el gran acaparador de obras de arte español de aquellos años, y del que ya os hablé en esta otra entrada del blog. A través de su enlace en España, el expoliador encubierto como "hispanista" Arthur Byne, el magnate estadounidense se hizo con al menos un artesonado del convento, al que bautizaron como SOVEREIGNCEIL en sus misivas en clave cruzadas. En la ficha rellenada a los efectos por el propio Arthur Byne, decía de él que era "el techo más importante en España". Aseveraba Byne a Hearst en una carta de 7 de julio de 1931 que "sacar del viejo convento esta enorme masa de madera, en los difíciles momentos actuales, requirió un sinfín de habilidad y paciencia, ya que fue preciso enmascarar cada carga de camión. El techo en su totalidad está ahora en Madrid, guardado en mi almacén, por lo cual no hay peligro de una intervención gubernamental". Es destacable también la picardía y la avaricia de Byne a la hora de engañar a su cliente Hearst, al indicar que no podía ofrecerle fotos del artesonado al completo debido a sus grandes dimensiones, cuando hoy sabemos que lo que sucedía es que las maderas estaban desmontadas desde hacía 27 años.
Carta de Arthur Byne a William Randolph Hearst, fechada el 7 de julio de 1931, ofreciéndole el artesonado del Convento de Madre de Dios de Toledo. R. Kennedy Library. La compra la formalizó Hearst a Byne el 4 de octubre de 1931 por 22.000 dólares y el cargamento salió hacia San Francisco el 28 de enero de 1932. Es posible que fuese empleado en la denominada "New Wing" del castillo de San Simeón. La descripción de Byne habla de un techo del siglo XV compuesto por 20 vigas mayores y 19 vanos, organizando cuarteles en forma de escudos, decorado y soportado por triples ménsulas tratadas en oro. Procedía, según indica, del refectorio del convento. A fecha de hoy, es complicado aseverar si este artesonado vendido a Hearst es alguno de que os mostré fotografiados anteriormente, conociendo el estado en el que Byne observó las maderas desmontadas, así como su avariciosa condición tendente al engaño.
Pero el convento de la Madre de Dios poseía otras joyas artísticas más desconocidas que hoy paso a mostraros (muchas gracias a María Jesús Galán por su ayuda con bastantes fotos) para que podáis conocer su pretérita belleza. El edificio estaba adornado con diferentes obras de arte, destacando algunos valiosos retablos, uno de ellos obra del mismísimo Jorge Manuel Theotocópuli, hijo del Greco:
Retablo del convento de la Madre de Dios, de Jorge Manuel Theotocopuli Retablo mayor del convento de Madre de Dios Una de las imágenes del retablo de Jorge Manuel en Madre de Dios Uno de los retablos laterales al lado del retablo mayor del convento de Madre de Dios En los años 20 Georg Weise obtuvo algunos detalles de sus elementos decorativos:
Convento de Madre de Dios, retablo. Fotografía de Georg Weise hacia 1925 © Bildarchiv Foto Marburg Cristo con la cruz a cuestas. Retablo del convento de la Madre de Dios. Fotografía de Georg Weise hacia 1925 © Bildarchiv Foto Marburg El convento conservaba, al parecer, el grabado más antiguo de San Martín de Porres:
El grabado más antiguo de San Martín de Porres y que estaba en Madre de Dios He localizado, además, valiosas fotos de su vida conventual interior con las monjas en primer plano:
Convento de Madre de Dios a comienzos del siglo XX. Foto Rodríguez. AHPTO, JCCM signatura POSITIVOSREPORTAJESA-256-2 Convento de Madre de Dios a comienzos del siglo XX. Foto Rodríguez. AHPTO, JCCM signatura POSITIVOSREPORTAJESA-256-1 Una de las últimas monjas en tomar los hábitos en el convento fue Sor Ángeles Villa. Aquí vemos su imagen en aquel día en los años 20:
Sor Ángeles Villa el día de su toma de hábito años 20 en Madre de Dios La función conventual del edificio finalizó en 1993, cuando el estado del edificio así como la avanzada edad de la comunidad hicieron insostenible la situación. Sus últimas siete moradoras se repartieron de este modo: cuatro monjas marcharon al convento de Santo Domingo el Real, una al de Jesús y María y la priora y la subpriora viajaron a un convento de Trujillo. En cuanto a las obras de arte, algunos pequeños retablos fueron vendidos al arquitecto Chueca Goitia, mientras que otros tres retablos se repartieron entre los conventos a los que fueron las últimas monjas. Así, uno está en Trujillo, otro marchó al nuevo convento de Jesús y María (que, a su vez, lo vendieron a unas monjas de un pueblo de Madrid) y un tercero pasó a Santo Domingo el Real (que se lo cedieron a las concepcionistas de Escalona, firmando un convenio ante notario).
Una vez sin uso religioso, la recuperación definitiva del conjunto no llegaría hasta su adquisición por la Universidad de Castilla-La Mancha, que lo integró como ampliación del cercano centro universitario de San Pedro Mártir. Fue entonces cuando se emprendió una profunda rehabilitación arquitectónica acompañada de importantes intervenciones arqueológicas.
Restauración del Convento de Madre de Dios entre 2000 y 2002. AUIA Arquitectos Obras de restauración del Convento de Madre de Dios. AUIA arquitectos. Planta del Convento de la Madre de Dios en la etapa de su restauración para la sede de la UCLM. Publicado por Diego Peris. Las excavaciones se concentraron especialmente en la zona que antiguamente ocupaba el huerto de las monjas. Allí aparecieron restos de distintas épocas —romana, medieval y moderna— que demostraban la larga ocupación histórica del lugar. Pero el hallazgo más relevante fue el descubrimiento de una espectacular portada mudéjar del siglo XIV orientada hacia la plaza del Padre Juan de Mariana. Se trata de una impresionante porción de un edificio civil anterior al convento, concretamente la portada de las casas principales de García Fernández de Oter de Lobos, según las investigaciones de diferentes autores como Jean Passini, que han demostrado a partir de antigua documentación y de la transcripción de una lápida sepulcral la vinculación de este linaje con la portada.
Aquellas casas de los Oter de Lobos (o Tordelobos) fueron pasando a sucesivos herederos y compradores, de modo que estaban en poder de la fundadora María Gómez en el momento en que funda el convento. Las obras del mismo ocultaron la portada durante siglos al suprimir su esquinazo para generar un chaflán.
Descubrimiento de la portada del palacio de los Oter de Lobos en la restauración del Convento de Madre de Dios en 2002. Cortesía de Global Arqueología. Fachada del palacio de los Oter de Lobos antes de las obras que descubrieron su portada. Foto de J. M. Rojas. Fue en 2002 cuando, al picar un muro en las obras de restauración para la UCLM, saltó la agradabilísima sorpresa del hallazgo de la portada, que conservaba riquísima decoración en ladrillo y cerámica y contaba aún con elementos heráldicos que fueron clave para corroborar su origen ligado a los Oter de Lobos. Concretamente, sabemos que esta portada fue realizada entre 1336 y 1356 por la presencia del escudo de la Orden de la Banda (una institución creada por Alfonso XI en el año 1332 y cuyos estatutos se dieron en 1336), durante la ampliación de las casas preexistentes, compradas por el abuelo de la saga García Fernández de Oter de Lobos I, muerto en 1356.
Descubrimiento de la portada del palacio de los Oter de Lobos en la restauración del Convento de Madre de Dios en 2002. Cortesía de Global Arqueología. Descubrimiento de la portada del palacio de los Oter de Lobos en la restauración del Convento de Madre de Dios en 2002. Cortesía de Global Arqueología. Descubrimiento de la portada del palacio de los Oter de Lobos en la restauración del Convento de Madre de Dios en 2002. Cortesía de Global Arqueología. Descubrimiento de la portada del palacio de los Oter de Lobos en la restauración del Convento de Madre de Dios en 2002. Cortesía de Global Arqueología. Descubrimiento de la portada del palacio de los Oter de Lobos en la restauración del Convento de Madre de Dios en 2002. Cortesía de Global Arqueología. Descubrimiento de la portada del palacio de los Oter de Lobos en la restauración del Convento de Madre de Dios en 2002. Cortesía de Global Arqueología. Descubrimiento de la portada del palacio de los Oter de Lobos en la restauración del Convento de Madre de Dios en 2002. Cortesía de Global Arqueología. Descubrimiento de la portada del palacio de los Oter de Lobos en la restauración del Convento de Madre de Dios en 2002. Cortesía de Global Arqueología. Descubrimiento de la portada del palacio de los Oter de Lobos en la restauración del Convento de Madre de Dios en 2002. Cortesía de Global Arqueología. Descubrimiento de la portada del palacio de los Oter de Lobos en la restauración del Convento de Madre de Dios en 2002. Cortesía de Global Arqueología. Fachada del Palacio de Oter de Lobos antes de la restauración Descubrimiento de la portada del palacio de los Oter de Lobos en la restauración del Convento de Madre de Dios en 2002. Cortesía de Global Arqueología. Descubrimiento de la portada del palacio de los Oter de Lobos en la restauración del Convento de Madre de Dios en 2002. Cortesía de Global Arqueología. La portada está organizada en tres cuerpos claramente diferenciados. En la parte inferior se sitúa una puerta adintelada sobre la que aparece un singular dovelaje decorado con alternancia de ladrillo y bandas de azulejos blancos, verdes y negros, todo ello enmarcado por una cenefa cerámica con los distintos escudos nobiliarios que fueron clave en su identificación. El cuerpo intermedio presenta una elegante sucesión de arquillos ciegos polilobulados entrecruzados, mientras que la parte superior se remata con un ventanal formado por tres arcos también polilobulados sostenidos por columnas de mármol.
Restauración del Convento de Madre de Dios entre 2000 y 2002. AUIA Arquitectos Dintel de la puerta de los Oter de Lobos (Tordelobos). Cerámica. En la actualidad, la antigua zona del huerto alberga un patio y una construcción moderna destinada a ampliar la biblioteca de San Pedro Mártir y sus dependencias administrativas. En todo este espacio continuaron apareciendo restos arqueológicos de gran interés.
Restos arqueológicos de origen árabe y romano. Convento de la Madre de Dios. Otro de los elementos más destacados del conjunto es el claustro. Aunque originalmente tenía una sola planta, las sucesivas reformas hicieron que adquiriese su aspecto actual, con dos alturas y una curiosa planta trapezoidal. En el claustro bajo llaman especialmente la atención la decoración epigráfica que recorre la parte superior de los muros y las vigas de madera apoyadas sobre ménsulas de rollos. Por su parte, el claustro alto, abierto hoy a aulas y despachos universitarios, conserva pies derechos de madera situados entre los grandes ventanales acristalados incorporados en la última restauración. También destacan los pilares ochavados situados en las esquinas de la galería superior.
Claustro. Es el único de la ciudad con una planta trapezoidal, supuestamente motivada por la adaptación a las trazas de las casas bajomedievales existentes en el lugarGalerías del claustro bajo del convento de Madre de Dios Detalle de la parte superior de una galería del claustro bajo. En la imagen aparecen los restos de un alfarje o techumbre plana de madera, de origen mudéjar y debajo una escocia o moldura cónvaca con carácteres góticos en negro. Convento Madre de Dios En la panda este del claustro se encuentra la antigua iglesia conventual junto a su coro, aunque ya hemos visto que ambos espacios modificaron su disposición original a comienzos del siglo XX debido al grave deterioro del templo, cuando se desmontó el famoso artesonado y las monjas instalaron su nueva iglesia en el antiguo coro. Actualmente, este amplio espacio ha sido adaptado como gran aula universitaria.
Antigua iglesia del Convento de Madre de Dios. Hoy aula de la Universidad de Castilla-La Mancha, con vistas a la Catedral de Toledo El antiguo coro acoge el aula magna:
Aula Magna (cabecera del antiguo coro de la iglesia). Convento de Madre de Dios En definitiva, estamos ante un edificio con una riquísima historia y valor patrimonial, hasta la fecha muy desconocidos para el gran público. Espero haber arrojado luz recopilando y resumiendo sus sucesivas transformaciones, con la ayuda siempre inestimabe de las fotografías históricas (muchas de ellas hasta la fecha inéditas) como elementos didácticos visuales que logran detener la atención de quien las contempla por vez primera.
Agradeciendo una vez más a María Jesús Galán su ayuda, así como a todos los sucesivos investigadores y estudiosos que fueron dando a conocer el edificio, me despido por hoy.

viernes, 27 de febrero de 2026

La desconocida faceta fotográfica de los hermanos Álvarez Quintero en la Semana Santa de Toledo en 1897

El descubrimiento de la faceta fotográfica de dos de los más célebres dramaturgos españoles, los hermanos Joaquín y Serafín Álvarez Quintero, ha sido una de las mayores alegrías que me da dado mi labor de investigación fotográfica en estos años. Aunque ya lo desvelé en las páginas del libro Toledo Olvidado 6, hoy os ofreceré todos los detalles del proceso que seguí hasta cerciorarme de que esta genial pareja también hizo sus pinitos en la fotografía y su escenario fue precisamente nuestra querida ciudad de Toledo.
Todo comienza en 2009, cuando hallé un reportaje publicado en la revista Nuevo Mundo el 29 de abril de 1897 que llamó mi atención básicamente por incluir las primeras fotografías de las que tenía constancia de la Semana Santa de Toledo, llamándome especialmente la atención una de ellas que mostraba el precioso Cristo del Descendimiento:
Paso del Descendimiento en la Semana Santa de Toledo de 1897 Como puede verse en la descripción del archivo, la incorporé a mi álbum de Flickr el 29 de julio de 2009, en el segundo año de andadura de este blog. En su descripción hacía referencia a un texto que me encanta de Gustavo Adolfo Bécquer dedicado en 1869 a este paso tan emblemático toledano, que me parecía como si estuviera escrito para describir precisamente lo que mostraba la citada foto tomada esta joya de la imaginería:
"(...) las imágenes de las andas se dibujan confusas y asemejan gentes vivas que miran y ven con sus ojos de vidrio, causando la impresión de algo que, semejante a la visión del sueño, flota entre el mundo real y el imaginario; el Cristo del Descendimiento, se balancea suspendido en el aire; las ropas de los que lo bajan se agitan al soplo del viento; la ilusión es completa".
Así pasaron los años, hasta que —un buen día de marzo de 2024— rastreando en casas de subastas, me topé con un grupo de fotografías en las que el vendedor se limitaba a poner unas miniaturas de los originales citando solamente que habían sido tomadas en Toledo. Al ver una de ellas, se activaron todas mis neuronas de la memoria fotográfica para recordarme que esa foto ya la había visto antes. En efecto, se trataba de aquella foto del Cristo del Descendimiento de la que os hablaba, pero en esta ocasión no era el recorte de aquel viejo periódico sino un positivo original de la época (1897). Se vendía el lote de fotografías por un precio más que razonable, por lo que me decidí al instante a comprarlo. Mientras llegaba el paquete, aquellos días decidí repasar los detalles de la publicación en la que había visto esas fotos en la revista Nuevo Mundo. Releyendo el texto —al que no había prestado mucha atención en 2009— ví que estaba firmado por un pseudónimo que se hacía llamar El Diablo Cojuelo.
Artículo publicado por los hermanos Álvarez Quintero bajo el pseudónimo de "El Diablo Cojuelo" en la Revista Nuevo Mundo, 29 de abril de 1897. Biblioteca Nacional de España. Artículo publicado por los hermanos Álvarez Quintero bajo el pseudónimo de "El Diablo Cojuelo" en la Revista Nuevo Mundo, 29 de abril de 1897. Biblioteca Nacional de España. (página segunda) Indagando acerca de la posible identidad de este —o estos—, pude comprobar que varias referencias citaban a los famosos autores Joaquín y Serafín Álvarez Quintero como las personas que estaban detrás de dicho pseudónimo.
El Diablo Cojuelo desvela su identidad, 21 marzo 1912. Hermanos Álvarez Quintero. De este modo, cuando recibí las fotos en casa, mi ilusión era máxima. Y las expectativas se vieron sobrepasadas: el número de fotografías del lote era superior al de las que se publicaron en aquel artículo de Nuevo Mundo. Sumadas a las publicadas, en el grupo de fotos había varias más que, además, encajaban a la perfección en las descripciones de los parajes y calles citadas en el texto, lo cual probaba que todos los lugares que mencionaron fueron recorridos y visitados realmente en su periplo.
En cuanto a la autoría de las imágenes, no me cabe duda de que son los hermanos también quienes las tomaron. Pese a que leyendo el texto, en algún pasaje podría parecer que vinieron acompañados por dos o tres amigos más, lo cierto es que todo hace indicar que estaban únicamente los dos hermanos. Esa apariencia de "grupo" no era más que un recurso estilístico muy utilizado por los dramaturgos, que en sus textos de viajes o estampas costumbristas creaban la sensación de que el relator forma parte de un pequeño grupo (cuatro o cinco personas), como efecto narrativo que era parte de su tono desenfadado y teatral: construían una pequeña escena o historia y el uso alternativo de la primera persona con el del plural ayudaba a dar dinamismo y juego humorístico. Ese desdoblamiento del narrador y el uso flexible del singular y el plural lo utilizaban para dar vivacidad, ironía o incluso un leve tono paródico. En el texto que nos ocupa, firmado por citado séudónimo de El Diablo Cojuelo, el viaje es esencialmente narrado en primera persona, si bien en el momento clave de la llegada a Toledo aparece el uso de este recurso literario:
“a mi compañero Polilla túrbasele el sentido; el bueno del fotógrafo que nos acompaña (…) y Ciutti pierde la cabeza…”
Así construyen deliberadamente la ilusión de una pequeña comitiva integrada por personajes imaginarios (Polilla, el fotógrafo, Ciutti y el propio narrador), si bien únicamente ellos estaban tras la realidad del texto y del viaje.
Sumado a ello, las fotografías muestran escenas en las que se deduce que iban solos, pues hay lugares fotografiados con cierta estrechez así como una imagen tomada entre las rocas de los cerros del Valle en la que vemos a una persona que probablemente es uno de los hermanos (concretamente Joaquín, a la vista de la comparativa con retratos suyos con esa edad, con el mismo bigote y perfil y vestimenta perfectamente compatible) y la sombra en el suelo de solo una persona más (el fotógrafo) que se correspondería con Serafín. El personaje retratado, además, parece llevar en la mano un portaplacas fotográficas o bien algún tipo de libreta.
Semana Santa de Toledo en 1897 el 15 y 16 de abril de ese año. Fotos de "El Diablo Cojuelo" publicadas en Nuevo Mundo el 29 de abril. Colección personal de Eduardo Sánchez Butragueño. Semana Santa de Toledo en 1897 el 15 y 16 de abril de ese año. Fotos de "El Diablo Cojuelo" publicadas en Nuevo Mundo el 29 de abril. Colección personal de Eduardo Sánchez Butragueño. Los Hermanos Serafín (i) y Joaquín (d) Álvarez Quintero en su juventud Comencemos el repaso al resto de estas impagables fotografías. La primera que os ofrezco, no publicada en el artículo, se corresponde con su llegada a la estación de ferrocarril, que en 1897 era aún la primigenia de 1858, muy distinta de la preciosa neomudéjar que disfrutamos desde 1919. La estampa captada por los hermanos sevillanos encaja a la perfección con lo expresado en el texto: una multitud que bajaba del botijo (así mencionan a este tren los dramaturgos) y que se topaba en el andén con muchos toledanos que se ofrecían para diferentes servicios. La imagen está fechada y la caligrafía es perfectamente compatible con algunos de los textos originales conocidos de los hermanos, especialmente la de Serafín.
Estación de ferrocarril en la Semana Santa de Toledo en 1897 el 15 y 16 de abril de ese año. Foto de los hermanos Álvarez Quintero publicada bajo el pseudónimo de  "El Diablo Cojuelo" en Nuevo Mundo el 29 de abril. Colección personal de Eduardo Sánchez B. En el ascenso desde la estación hasta el centro histórico, los Serafín y Joaquín se detuvieron para fotografiar el puente de Alcántara y el castillo de San Servando. Se puede apreciar una larga hilera de gente en la acera del paseo de la Rosa así como en el propio puente, realizando el mismo recorrido que los andaluces. Se aprecia bien también el chamizo por entonces existente en lo que luego sería el restaurante La Cubana:
Puente de Alcántara y Castillo de San Servando. Semana Santa de Toledo en 1897 el 15 y 16 de abril de ese año. Fotos de "El Diablo Cojuelo" publicadas en Nuevo Mundo el 29 de abril. Colección personal de Eduardo Sánchez Butragueño. Primer edificio de lo que fue el restaurante la Cubana. Foto tomada en 1897 por los hermanos Álvarez Quintero. Cuando visitaron Toledo en aquel lejano mes de abril de 1897, los hermanos contaban solo con 24 y 26 años, estando en un momento dulce de su vida y de su carrera. Habían trasladado su residencia a Madrid desde Sevilla, y ya contaban con varias obras comedias publicadas y representadas en la capital. Aquel mismo año de 1897 se produciría su primer gran éxito en Madrid con la obra El ojito derecho.
En el texto son frecuentes las menciones a la belleza de las mujeres toledanas que los hermanos Álvarez Quintero encontraron en la ciudad. Una de las imágenes insertadas en el artículo tiene como pie de foto esta frase: "Un mirador digno de ser muy bien mirado". La escasa resolución de las reproducciones gráficas de aquella época debió hacer que los lectores no entendiesen el porqué de esa descripción.
"Un mirador digno de ser muy bien mirado". Artículo de El Diablo Cojuelo en la Revista Nuevo Mundo, 29 de abril de 1897. Colección personal de Eduardo Sánchez Butragueño. El caso es que casi 130 años después podemos comprenderla gracias que esa foto es otra de las incluidas en el lote que adquirí: en dicho mirador se asoman dos jóvenes toledanas que saludaban a los andaluces.
Semana Santa de Toledo en 1897 el 15 y 16 de abril de ese año. Foto de los hermanos Álvarez Quintero publicada bajo el pseudónimo de  "El Diablo Cojuelo" en Nuevo Mundo el 29 de abril. Colección personal de Eduardo Sánchez Butragueño. Dos mujeres jovenes asomadas a un mirador. Semana Santa de Toledo en 1897 el 15 y 16 de abril de ese año. Foto de los hermanos Álvarez Quintero publicada bajo el pseudónimo de  "El Diablo Cojuelo" en Nuevo Mundo el 29 de abril. Colección personal de ESB. Las imágenes más valiosas del conjunto se corresponden con las tomadas en las procesiones de aquella Semana Santa de 1897. Comenzaremos por las del Jueves Santo en las que aparecen dos famosos y trístemente desaparecidos pasos que se conservaban en la iglesia de la Magdalena: la Elevación de la Cruz y la Calle de la Amargura, ambos datados en el siglo XVIII que eran de grandes dimensiones y poseían una gran expresividad. Pertenecían a la cofradía de la Vera Cruz y desaparecieron para siempre en 1936 con la destrucción de la iglesia de la Magdalena durante la guerra civil. En estas preciosas fotos —las más antiguas que se conservan de la Semana Santa toledana— los vemos a los pies de la catedral:
Paso de la Elevación de la Cruz. Semana Santa de Toledo en 1897 el 15 y 16 de abril de ese año. Foto de los hermanos Álvarez Quintero publicada bajo el pseudónimo de  "El Diablo Cojuelo" en Nuevo Mundo el 29 de abril. Colección personal de Eduardo S. B. Paso de la Calle de la Amargura. Semana Santa de Toledo en 1897 el 15 y 16 de abril de ese año. Foto de los hermanos Álvarez Quintero publicada bajo el pseudónimo de  "El Diablo Cojuelo" en Nuevo Mundo el 29 de abril. Colección de Eduardo Schez Butragueño Pasamos ahora al día siguiente, Viernes Santo, en el que los sevillanos nos regalaron estas excelentes imágenes tomadas probablemente en la calle de la Plata. Una de ellas se trata de la que yo tenía grabada en la memoria y que me permitió identificarla en la casa de subastas asociada al citado artículo de Nuevo Mundo: la del Cristo del Descendimiento:
Semana Santa de Toledo en 1897 el 15 y 16 de abril de ese año. Fotos de Serafín y Joaquín Álvarez Quintero publicadas bajo el pseudónimo de "El Diablo Cojuelo" en Nuevo Mundo el 29 de abril. Colección personal de Eduardo Sánchez Butragueño. En la otra foto tomada en la misma calle apreciamos los capuchones con sus tambores mientras un niño intenta que no se apague la vela que porta. En el suelo, se proyecta la sombra de un cristo de un paso precedente en el cortejo.
Semana Santa de Toledo en 1897 el 15 y 16 de abril de ese año. Fotos de "El Diablo Cojuelo" publicadas en Nuevo Mundo el 29 de abril. Colección personal de Eduardo Sánchez Butragueño. En el entorno de la catedral, los geniales hermanos fotografiaron ciertos detalles como la Puerta de los Leones:
Puerta de los Leones. Semana Santa de Toledo en 1897 el 15 y 16 de abril de ese año. Fotos de Serafín y Joaquín Álvarez Quintero publicadas bajo el pseudónimo de "El Diablo Cojuelo" en Nuevo Mundo el 29 de abril. Colección personal de Eduardo Sánchez B. En su recorrido por la ciudad, ya vimos que ascendieron a los cerros del Valle. En ese punto tomaron esta excelente perspectiva general de la ciudad.
Semana Santa de Toledo en 1897 el 15 y 16 de abril de ese año. Fotos de "El Diablo Cojuelo" publicadas en Nuevo Mundo el 29 de abril. Colección personal de Eduardo Sánchez Butragueño. En un pasaje del texto mencionan las torres mudéjares de Toledo. Ello se corresponde bien con el hecho de haber fotografiado la iglesia de San Miguel con su esbelto campanario:
Semana Santa de Toledo en 1897 el 15 y 16 de abril de ese año. Fotos de "El Diablo Cojuelo" publicadas en Nuevo Mundo el 29 de abril. Colección personal de Eduardo Sánchez Butragueño. Los jóvenes escritores descendieron también hasta la mismísima orilla del Tajo, donde obtuvieron esta fotografía de unos bueyes bebiendo las entonces limpias aguas del Tajo junto al puente de San Martín:
Semana Santa de Toledo en 1897 el 15 y 16 de abril de ese año. Fotos de "El Diablo Cojuelo" publicadas en Nuevo Mundo el 29 de abril. Colección personal de Eduardo Sánchez Butragueño. Para finalizar, os dejo con la transcripción literal completa (sin cambiar errores o usos ortográficos de entonces) del artículo publicado en Nuevo Mundo que fue ilustrado con estas fotos y varios dibujos también de su autoría. Da buena fe del humor y gracia de los hermanos y supone un retrato fresco y alegre de la Semana Santa toledana de 1897:
RECUERDOS DE TOLEDO
APUNTES DE VIAJE
¡Adiós, Madrid, que me voy a Toledo en el botijo!...
Silba el tren, como si protestara contra la carga de gente que lleva, y se arranca de mal humor y refunfuñando por el llano adelante... Dentro de tres ó cuatro horas es posible que esté en la ciudad de Garcilaso. —¿Tres ó cuatro horas he dicho? ¡Ay! ¡Me da el corazón que si llego voy á llegar hecho un higo de Fraga!
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Mis compañeros de viaje son en extremo comunicativos y alegres. Algunos huelen, y no precisamente á ámbar. Como si obedeciesen á orden secreta, noto que todos principian á engullir al mismo tiempo. Veo tortillas que parecen babuchas morunas. Surgen botas de vino como por encanto. Una mamá me suplica que le cuente cuentos á su niño mientras ella almuerza. Un caballero se da á partir salchichón sobre uno de mis hombros, no sin decirme sonriente: —Ustez disimule la confianza.
El de enfrente me ha tomado por una boquilla de espuma de mar, y me echa á la cara todo el humo de su habano (es un decir). Cuando ninguno lo espera, un señor que va en un rincón, sin meterse con nadie, se mete con todos á la vez rompiendo á cantar por todo lo alto, con pretensiones inclusive. El coche se estremece de júbilo, y cruje y se grietea por el techo...
Acaban de introducirme por un ojo el puño de un bastón de esos de naipes. Soy feliz.
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¡Contra todas las probabilidades, he llegado! ¡Y qué llegada, santo Dios! Al bajar del sleeping (es otro decir) un enjambre de Rinconetes en agraz y Cortadillos en canuto, cae sobre los desencuadernados viajeros, como la tempestad sobre las mieses, brindándose a servir lo mismo para un barrido que para un fregado.
De pronto ¡ay! diviso en el andén dos archicelestiales toledanitas que fijo esperan á alguien que por desgracia no soy yo... Aparición tan agradable me hace dar por bueno hasta el timbre de voz del tenor de marras. De pura admiración se me cae de las manos la cartera en que tomo estas notas; á mi compañero Polilla túrbasele el sentido; el bueno del fotógrafo que nos acompaña está á punto de estropear las placas que trae, y Ciutti pierde la cabeza y el álbum de dibujo. ¡Influencia de los hechiceros ojos toledanos en las almas sensibles!...
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¡Adentro! Que aquí vale tanto como decir: ¡arriba!
Un cadete, dos cadetes, tres cadetes... Delante cadetes, detrás cadetes, á diestra y siniestra cadetes... Instintivamente miro hacia el cielo á ver si cae algún cadete… Penetro en el intrincado laberinto de calles tortuosas y estrechas que forman esta sugestiva y artística ciudad, y acompañado del cicerone más joven, más lindo y más simpático que darse puede, Pepito Infantes, voy y vengo, bajo y subo, sin tregua ni reposo... Aquí me paro ante una torrecilla mudéjar, de esas que, como nota dominante y característica, tanto abundan en Toledo; allí me detengo á admirar una portada gótica; ya paso por una calle solitaria y llena de misterioso encanto, como aquellas en que vivió la poética monja de las Tres Fechas; ya atisbo por una ventana un patio que me habla de los de mi tierra andaluza. Ora me encanto en la contemplación de San Juan de los Reyes, maravilla de maravillas; ora me extasío en la preciada y rica Catedral, dechado y ejemplo de todas las artes; ya me estremezco ante la sombría imagen del Cristo de la Vega; ya se me alegra y se me ensancha el alma trepando por las rocas bravías hacia el santuario de la Virgen del Valle, aunque no precisamente con el fin de tirar de la cuerda de la campana para conseguir casarme en este año...
Y doy la vuelta á la ciudad por la orilla del Tajo, que sosegado y tranquilo la abraza, alborotándose sólo en las presas de los molinos, como hombre de genio apacible que desea probar que también tiene sus arranques de cólera. Y unas veces pisando menuda arena, otras lastimándome los pies en las desiguales y duras piedras de afueras y calles, corro desalado por doquier queriendo ver todo lo visible, y sintiendo en el alma, á fuer de enamorado del arte, que se me queden por admirar muchas más cosas de las que admiro...
Pero ¡qué diablo! el viajar en botijo ¡alguna contra había de tener!...
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Los naturales del país me aseguraban que las procesiones del jueves no me gustarán tanto como las del viernes; pero yo confieso con sinceridad que lo mismo me han gustado unas que otras, y que me parece injusta á todas luces la preferencia que sienten por las últimas. Hoy viernes he podido verlo. La única ventaja, si vale llamarla así, de las unas sobre las otras, son los nazarenos y los armados. Por lo demás, el mismo mérito artístico ven mis profanos ojos en las imágenes de ambas; el mismo gusto y riqueza en sus ropajes y el mismo orden y la misma seriedad en su carrera.
La animación es grande de uno y otro día. Las calles por donde pasan las procesiones se llenan de gente, ansiosa de que aparezcan las renombradas imágenes ante sus ojos. A lo mejor, la anchura de un paso o la estrechez de una calle ó quizá ambas cosas á la vez, obligan á los curiosos á incrustarse materialmente en las paredes ó á entrar en los portales, volviendo luego á ocupar sus primitivos puestos y posturas hasta que llega otro paso y se repite la misma curiosa escena, por no decir el mismo paso, cuando acabo de decir que el paso es otro.
A balcones y ventanas se asoma el señorío de la capital. Las muchachas vestidas de negro, con negra mantilla á la cabeza y rosas y claveles graciosamente prendidos. La que más y la que menos tiene un cadete al margen, que estudia estrategia en los traviesos ojos de su toledana.
Las animadas conversaciones se suspenden mientras pasa la procesión, cuya presencia impone silencio y compostura, y vuelven á reanudarse á poco, bien así como en las escuelas, aunque sea extravagante el símil, la entrada del maestro pone coto á los gritos y travesuras de la chiquillería, que apenas se ve sola otra vez torna á las andadas.
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Observo que las dos toledanitas del andén fueron como lindo botón de muestra de las que en esta tierra se crían. Mucho arte antiguo hay que admirar en la ciudad del Tajo, ciertamente; pero aunque en arte moderno no hubiera más tesoro que el que constituyen las hijas del país, allá se irían tesoro con tesoro. Si la que nace hermosa fuera infeliz, como dijo el poeta, Toledo sería un mar de lágrimas.
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No quiero regresar á Madrid sin visitar la campana gorda de la torre de la Catedral. Subo por una escalerilla de caracol tan estrecha y oscura, que no puedo penetrar por ella sino á tientas y de canto. En el primer descansillo, digámoslo así, dóime de manos á boca con este letrero:
«De orden de las autoridades civil y eclesiástica se prohibe terminantemente que las personas que visiten esta torre no toquen las campanas.»
¡Ah! ¿Se me prohibe que no las toque? —me digo— Bueno, ¡pues las tocaré! ¿qué trabajo me cuesta?
Pero veo que sigue:
«A quien se permita tocarlas se le impondrá una multa de cinco pesetas.»
¿Con que se me prohibe no tocarlas y si las toco me echan un multazo? ¡Pues me voy á Madrid sin ver ese prodigio, aunque ya le he dado los diez céntimos á la campanera!
El Diablo COJUELO
Caricatura de un capuchón o nazareno en un texto firmado por "El Diablo Cojuelo". Revista Nuevo Mundo, 29 de abril de 1897 Un armado de semana santa en Toledo, caricatura en un texto firmado por "El Diablo Cojuelo". Revista Nuevo Mundo, 29 de abril de 1897 Después de aquel viaje a Toledo siendo veinteañeros, los hermanos Álvarez Quintero hicieron disfrutar sobremanera al público español con varias décadas de enorme capacidad creativa, componiendo multitud de obras que alcanzaron gran fama, como El patio (1900), Las de Caín (1908), El genio alegre (1906), Malvaloca (1912), Puebla de las mujeres (1912), Amores y amoríos (1908) o La reina mora (1903). Tras una exitosa carrera y un reconocimiento unánime, el final de la vida de los hermanos fue bastante triste. Ambos fueron apresados al comienzo de la Guerra Civil, siendo recluidos por los soldados del bando republicano en la cárcel de El Escorial. Su cautiverio duró varios meses, desde julio de 1936 hasta finales de ese mismo año, cuando lograron recuperar la libertad gracias a diversas gestiones e intercesiones. Serafín falleció aún durante la guerra en Madrid, de muerte natural, el 12 de abril de 1938, mientras que Joaquín falleció el 14 de junio de 1944, también en la capital de España. En 1940, tras la muerte de su querido hermano, tuvo ocasión de regresar a Toledo y posar en el lugar que 43 años antes fotografiaron juntos como hoy hemos podido comprobar.
Joaquín Álvarez Quintero en 1940 en la Ermita del Valle. Fototeca del diario ABC.
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Maira Gall