viernes, 5 de julio de 2024

Las casetas de baños en el Tajo en Toledo

Ahora que nos adentramos en la época más calurosa del año, creo que es el momento ideal para rememorar a través de la fotografia histórica una realidad que en pasado formó parte importante de los veranos toledanos pero que hoy resultaría casi inconcebible, tanto por las transformaciones culturales de nuestra sociedad, como por la terrible degradación que sufre nuestro río Tajo.
Me refiero a las casetas de baño que, cada verano, se instalaban en las orillas del río en diferentes playas naturales de finísima arena que el Tajo había ido generando a lo largo de los siglos gracias a sus crecidas y estiajes, cuando sus ciclos naturales no se habían truncado y su caudal era variable en función de las épocas del año y de la bonanza de la meteorología. Básicamente, cuando el Tajo era un río, no la cloaca putrefacta e hiperregulada en base a los trasvases que hoy sufrimos.
Estas casetas, construidas artesanalmente con grandes maderos toscamente conformados, eran instaladas cada año en base a los permisos que el municipio otorgaba en los los lugares que se autorizaban, que eran básicamente la playa de Safont (en ambas orillas), el arenal de San Servando junto al puente de Alcántara, la zona de la Incurnia (por debajo de las Carreras de San Sebastián) y la zona de La Cava-Solanilla en las inmediaciones del Puente de San Martín.
Bando dado por el alcalde de Toledo Víctor González Bermúdez, comunicando a los vecinos las disposiciones aprobadas que regulan el baño público en el río Tajo durante la temporada estival de 1879 Es difícil establecer con certeza el comienzo de esta costumbre, pero en lo que a fotografías se refiere, se puede comprobar que estas casetas ya existían cuando las primeras imágenes de la ciudad fueron obtenidas, a mediados del siglo XIX.
La sociedad de entonces, aún marcada por un fuerte puritanismo, establecía que estos baños fueran realizados de un modo que hoy puede sorprender: a cubierto y separados por sexos.
El hecho de hacerlo a la sombra se explica no solo por una cuestión de recato moralista para evitar lucir los cuerpos en paños menores, sino también para no broncear las pieles, pues en esos tiempos se asociaba la blancura de piel con una elevada clase social, quedando las pieles morenas para las consideradas clases de menor rango social como labradores, arrieros y demás personas que debían trabajar a la intemperie.
En cuanto a la separación de casetas por sexos, ahí sí se evidenciaba un deseo institucional de evitar un excesivo contacto, tanto físico como visual, entre personas de diferente sexo en el momento del baño en las aguas del Tajo.
Por lo tanto, con todos estos condicionantes, llegado el mes de junio comenzaba cada año la instalación de estas casetas en los citados puntos. Eran estructuras alargadas, fijadas con grandes postes en la arena, inclinada su techumbre cubierta de tela, esteras o rafia en descenso hacia la zona del río. Un extremo de las casetas se anclaba en la arena de la playa y otro se clavaba dentro de las aguas del Tajo para garantizar que los usuarios, al acceder a las casetas, cumplieran con su deseo que no era otro que refrescar sus cuerpos en las aguas del río en una época en la que no existían los avances en la climatización que hoy disfrutamos y en la que las temperaturas eran también elevadas en nuestra ciudad en los meses de verano.
Vamos a hacer un repaso fotográfico por estas casetas de baños desde las imágenes más antiguas hasta las últimas veces en que fueron inmortalizadas. Hay que remontarse nada menos que a 1852 para encontrar la primera imagen de las casetas de baños en Toledo de la que tenemos constancia. Forma parte de la serie tomada por el alemán Felix Alexander Oppenheim y en ella podemos ver casetas en la zona de Safont, en la orilla derecha, cerca de las huertas del Granadal:
Casetas de baños en el Tajo y Puente de Alcántara en Toledo en 1852. Fotografía de Felix Alexander Oppenheim © Museum für Islamische Kunst, Staatliche Museen zu Berlin A comienzos del siglo XX se obtuvo esta foto por parte de un fotógrafo del estidio de Abelardo Linares en la que vemos de manera espectacularmente nítida el proceso de construcción de las casetas. Aparecen en la orilla del arenal de San Servando los grandes postes y maderos con los que se construían. Es muy probable, además, que estos maderos hubiesen llegado hasta Toledo precisamente a través del Tajo en las famosas maderadas que los gancheros lideraban para transportar gran cantidad de troncos desde las sierras de Cuenca y Guadalajara hasta las ciudades de Aranjuez y Toledo aprovechando la flotabilidad de la madera y el descenso en cota del discurrir del río.
Casetas de baños en plena construcción en la orilla del río Tajo junto al Puente de Alcántara (detalle de una foto del Estudio de Abelardo Linares hacia 1910) Casetas de baños junto al Puente de Alcántara. Foto de Abelardo Linares. Estas son otras fotos de las casetas en ese mismo punto, tomadas por varios autores como Max Junghaendel y Alois Beer a finales del XIX y comienzos del XX:
Casas de baños hacia 1887 en el Arenal de San Servando junto al Puente de Alcántara. Foto de Max Junghaendel. Casetas de baños en el Tajo a finales del XIX. Ampliación de una foto de Max Junghaendel Casetas de baños en construcción en el arenal de San Servando. Foto de Alois Beer hacia 1905. Turbinas de Vargas y Molinos de San Servando  hacia 1910. Publicada en "Portfolio Fotográfico de España (cuaderno nº 3)" por Alberto Martín a iniciativa de Ceferino Rocafort Zona cercana al Puente de Alcántara hacia 1900. Fotografía de Pedro Román Martínez. Pueden verse casetas de baños y casas de pescadores. En estas fotos de finales del XIX y comienzos del XX vemos las casetas de la zona de La Incurnia retratadas desde el Valle:
Casetas de baños en La Incurnia en 1898. Detalle de una panorámica conservada en el Rijksmuseum de Amsterdam. Casetas de baños en La Incurnia en 1898. Detalle de una panorámica conservada en el Rijksmuseum de Amsterdam. Fotografía de Mariano Moreno hacia 1900. Fototeca del IPCE La zona más cercana al Puente de San Martín también contaba con casetas:
Baño de la Cava  hacia 1910. Publicada en "Portfolio Fotográfico de España (cuaderno nº 3)" por Alberto Martín a iniciativa de Ceferino Rocafort Es absolutamente maravilloso este texto publicado en El Castellano titulado "Toledo, ciudad balneario" en el que se describen las casetas, el ambiente generado en torno a ellas y otras curiosidades. En especial me quedo con este párrafo en el que dice: "En Safont, en Alcántara, en la Incurnia, en San Martín... abundan estos modestos barracones que se adentran en el río, y en cuyo interior y en derredor de ellos, pulula una bandada de cabecitas flotantes de nadadores en las primeras horas del amanecer y en las últimas horas de la tarde. Entre estos nadadores están copiosamente representadas todas las clases sociales y todas las edades del hombre en perfecto disfrute de sus todas fuerzas físicas; pero, al caer de la tarde, domina el número de los mozalbetes y aún los que apenas si pisaron todavía los umbrales de la mocedad".
Toledo, estación balneario. Artículo sobre las casas de baños en Toledo a comienzos del siglo XX. Artículo de T. Rodríguez publicado en El Castellano Gráfico. Núm. 16, 3 de agosto de 1924. Es curioso recopilar y leer los anuncios de los permisos municipales para la instalación de las casetas desde comienzos del siglo XX hasta casi los años 40, donde vemos citadas las zonas autorizadas, los nombres de los promotores concesionarios de los permisos y algunas curiosidades más relativas a las ordenanzas:
Autorización para instalar casetas de baño y quioscos de bebidas en el Tajo (Safont, Incurnia y Arenal de San Servando). Periódico "Zeta", 19 junio de 1913 Anuncio del Club Náutico de Toledo en el diario El Castellano, el 30 mayo de 1933, anunciando el concurso para el servicio de ambigú en su caseta de baños. El Castellano 27 de junio de 1936 Ordenanza sobre baños en el Tajo. El Alcázar 2 de julio de 1937 El Alcázar 2 de julio de 1937. Como curiosidad, traigo también esta foto de la que es considerada la imagen más antigua tomada en Toledo de bañistas en el Tajo, en este caso fuera de las casetas, desafiando a las normas y costumbres de la época. Es una imagen que data nada menos que de 1864 y fue tomada por Alfonso Begue en la zona cercana al azud de Azumel, no lejos del Cristo de la Vega y la fábrica de armas.
Bañistas en el Tajo en 1864. Fotografía de Alfonso Begue © Fondo Rodríguez. Archivo Histórico Provincial. JCCM Con el paso del tiempo, las costumbres cambiaron y los baños pasaron a realizarse con mayor libertad sin tanto puritanismo, coincidiendo con la moda de los cuerpos bronceados, por lo que las casetas desaparecieron. Los toledanos siguieron bañándose hasta la fatídica fecha de junio de 1972 en que se prohibió oficialmente el baño como consecuencia de la contaminación procedente de las industrias de Madrid y otros puntos más cercanos a Toledo. La puntilla para el Tajo llegó en 1979 con la puesta en marcha del maldito Trasvase Tajo-Segura que esquilma nuestras aguas dejándonos una cloaca putrefacta en la que cerca del 70 % del líquido que pasa por Toledo es agua residual canalizada a través del Jarama. Toca seguir luchando, y la divulgación de nuestro pasado ligado al río es una excelente manera de hacerlo. Espero que os haya gustado.
Bañistas en la Playa de Safont bañándose en el río Tajo en Toledo en los años 60. Foto Arribas

sábado, 15 de junio de 2024

El laurel de Bécquer como clave para la identificación de la casa que habitó el poeta en Toledo en 1868 y 1869

Fue el genial Ventura Reyes Prósper quien logró identificar en 1919 sin género de dudas la casa toledana en la que los dos hermanos Gustavo Adolfo y Valeriano Bécquer vivieron entre octubre de 1868 y diciembre de 1869 en la calle de San Ildefonso. Tanto por las palabras de Reyes Prósper como por las de Julia Bécquer –hija de Valeriano y sobrina de Gustavo Adolfo– sabemos que el hallazgo de esta casa en el año 1919 se debe a una bendita casualidad: ella llevaba dos días caminando por la ciudad buscando la casa en la que pasó parte de su niñez pero no lograba encontrarla al haber sido modificado su exterior –había desaparecido la preciosa portada, que según ella dibujó Valeriano en su dibujo titulado “el Pordiosero” – cuando, de pronto, se encontró con don Ventura, al que reconoció:
“He referido ya repetidamente cómo un día que paseaba mi pesado cuerpo por estas calles, con los ojos cansados de leer y llorar, se me acercó una señora, distinguida y amable, que me conocía y no me conocía, y me preguntó quién era yo: aquella señora, a la que acompañaba una bella hija, era Julia Bécquer Coghan de Senabre, sobrina de Gustavo Adolfo e hija de Valeriano, que buscaba hacía dos días la casa en que de niña habitó con sus padres y sus tíos. Un anciano nonagenario, D. Pedro, maestro de coches (que santa gloria halla), nos acompañó y dimos con la casa, cuya portada había desaparecido, y que se reconoció gracias al laurel en ella plantado. Habitación por habitación fueron todas reconocidas e identificadas, y el que hoy habita la casa, que es el carpintero Segovia, nos hizo amablemente los honores de ella y nos detuvimos en las alcobas de Gustavo Adolfo y de Valeriano y en la sala de trabajo de los dos hermanos todo lo que quisimos. Del jardín, hoy transformado en taller, solo queda el laurel, aunque viejo; es relativamente joven, dada la longevidad de este árbol.”
Julia Bécquer, como decía, confirma esta versión al afirmar en su libro La verdad sobre los hermanos Bécquer que “la casa era una de las que aún existen en Toledo del tiempo de los árabes, hoy profanada de tal modo que en el último viaje que hice a esta ciudad la buscaba con anhelo, hasta que acompañada por don Ventura Reyes, por las señas que yo le daba, la encontramos frente a un callejoncito que formaba una valla al lado de Santa Leocadia.”
Iglesia de Santa Leocadia desde la calle de San Ildefonso hacia 1914. Se ve a la derecha el laurel de Bécquer.  Fotografía de Pedro Román Martínez para revista La Esfera Calle de San Ildefonso hacia 1914. Se ve el laurel de Bécquer a la izquierda. Fotografía de Pedro Román Martínez El citado laurel, posiblemente plantado por el propio Gustavo Adolfo, sigue aún vivo pese al tiempo transcurrido y los pocos cuidados recibidos, habiendo superado un conato de incendio ocasionado por un albañil y también podas rigurosas, sequías y tempestades recientes como Filomena. A Ventura Reyes y su pasión por Bécquer debemos, pues, no solo la preservación de la memoria en Toledo del lugar en el que vivió el escritor, sino la del este coloso vegetal que estamos actualmente intentando reproducir a través del Vivero Histórico de la Real Fundación de Toledo con la inestimable colaboración de sus actuales propietarios, la familia Sierra Pantoja. En los dos artículos que Reyes Prósper dedicó a este laurel (el publicado en España Forestal de 1921 y otro en abril de 1922 en Toledo: Revista de Arte) podemos percibir esa sensibilidad y esa melancolía tan propia de los poetas, acrecentada por los palos de la vida y la vejez que acechaban ya a don Ventura, hasta el punto de que ese artículo de 1922 fue el último que publicó antes de fallecer, cuyo párrafo final rescato:
“Ya hace años que se hizo este descubrimiento [el de la casa del laurel]; mi espíritu triste y abatido entonces lo está aún hoy más; ha llegado para mí la implacable vejez; a mí que tantas lecciones di, se aproxima la hora de oír la última, y digo como Jesu-Cristo mi señor: Anima mea est tristis usque ad mortem”.
Ventura Reyes Prósper (en primer término) junto al carpintero Sr. Segovia (al fondo) junto al Laurel de la calle San Ildefonso plantado por Bécquer fotografiado a principios del siglo XX. Archivo del INIA, signatura EsFo-0260 El agradecimiento que los toledanos debemos a Ventura Reyes Prósper es, por tanto, doble: literario y botánico, dada la doble singularidad del hallazgo. En cuanto al árbol en sí, nunca sabremos fehacientemente si fue plantado por Gustavo Adolfo Bécquer, aunque existen razones de peso para pensar que así fue. Según su sobrina Julia, Gustavo había sido el encargado de encontrar la casa en la que vivirían en Toledo, huyendo de Sevilla tras los sucesos de la revolución de La Gloriosa o Septembrina de 1868. Al describirles la casa en una carta que incluía hasta un dibujo, Gustavo les decía que el jardín tenía unos árboles “que despedían gases malignos para los niños que los maltrataban”. Esta descripción parece esconder un cariñoso mensaje para los sobrinos, acostumbrados a escuchar de boca de su tío historias y narraciones que les hacían disfrutar mucho, en el sentido de que debían, a su llegada, respetar las plantas del jardín. Ello podría deberse a que Gustavo Adolfo hubiera plantado con sus propias manos aquellas plantas entre las que se encontraba el famoso laurel. Para apoyar esta tesis, cito de nuevo a Julia Bécquer cuando afirmaba que:
“Del jardín no quedaban más que las tapias, pues de la parte de dentro, convertida en taller de carpintería, no quedaba más que un laurel, que yo lo recordaba pequeñito y ahora estaba gigante. De todos los árboles y plantas que había habido en él y que Gustavo regó y cuidó, no quedaba más que éste. Pensé: ¡Era el laurel de los poetas!...“
Lo cierto es que el laurel era una especie predilecta de Gustavo Adolfo, y su obra está repleta de menciones a laureles. Es una pena que Julia usase los verbos regar y cuidar, no así el verbo plantar, por lo que a los menos crédulos les puede quedar la duda de si ese laurel estaba o no ya plantado a su llegada. En cualquier caso, pensándolo bien, ambas opciones se me antojan a cuál mejor. Si realmente lo plantó él como tradicionalmente se cree, estaríamos ante un venerable ejemplar nacido del amor a la naturaleza de alguien del primer nivel de nuestra cultura; y si, por el contrario, el laurel ya estaba en la casa a su llegada significaría que este ejemplar botánico es aún más antiguo de lo que creíamos, acrecentando aún más su valor natural.
Fernando Iglesias Figueroa con el Laurel de Bécquer en Toledo, foto de Rafael Montesinos Calle de San Ildefonso. Se ve a la izquierda el laurel de Bécquer.  Foto de Rodríguez publicada en 1930 en la revista "Toledo". Calle de San Ildefonso en los años 20. Foto de Lucien Roisin. Se ve el laurel de Bécquer mutilado por una reciente poda. Personalmente pienso que los citados textos y las evidencias apuntan a que el laurel sí fue plantado por el poeta. De lo contrario no tendrían mucho sentido ni la advertencia de los “gases malignos” que denota su empeño en preservarlo, ni el hecho de que Julia lo recordara e identificara, hasta tal punto tener grabado en su memoria que su tío lo cuidara y regara (de nuevo, una prueba del apego de Bécquer a este ejemplar) cuando el laurel era “pequeñito” y le sorprendiera su tamaño “gigante” cincuenta años después. Además, tenemos la pista del dibujo del patio de la casa, obra del propio Gustavo Adolfo Bécquer publicado en el Libro de los Gorriones, que podría ser una copia del que incluyó en la citada carta y en el que se ven varias plantas.
Dibujo del patio de la casa de San Ildefonso realizado en 1869 por Gustavo Adolfo Bécquer y que el propio poeta pegó en la página 533 de su “Libro de los Gorriones”. Sea como fuere, ese laurel convivió indudablemente con los Bécquer y es inevitable al pensar en ello citar el texto de Gustavo Adolfo en el que imagina cómo sería su propia sepultura, expresando el deseo de que junto a ella “algún desconocido admirador de mis versos plantaría un laurel que, descollando altivo entre los árboles, hablase a todos de mi gloria". En Toledo tenemos la suerte de contar con un lugar que él habitó, amó y le inspiró, con un laurel que lleva desde entonces descollando altivo.
El laurel de Bécquer en 2023 Extracto de un artículo publicado en diciembre de 2022 en el nº 66 de Toletum, boletín de la RABACHT, titulado Ventura Reyes Prósper: el primer gran defensor de la figura de Bécquer en Toledo.

sábado, 25 de mayo de 2024

El restaurante "La Cubana" y sus antecedentes

Existe un lugar en la ciudad de ubicación extraordinaria, justo a la salida del Puente de Alcántara, que surgió como un humilde y precario establecimiento prácticamente excavado en la roca, pasando poco a poco a consolidarse tanto constructivamente como en el imaginario colectivo de los toledanos. Me estoy refiriendo al restaurante "La Cubana", en el que tantos y tan buenos momentos pasaron miles de toledanos en los años en que permaneció activo.
El pequeño edificio original nació a finales del siglo XIX como un exiguo chamizo sin apenas estructura, probablemente aprovechando inteligentemente el trasiego de personas que procedían de la estación de ferrocarril así como de los que se dirigían a los caminos que conducen al sur de la ciudad, en aquellos tiempos conectados a través del cerro de San Servando como tramo final de una antigua calzada romana (la Vía Flaminia según Juan Moraleda y Esteban en 1919) que unía Toledo con el sur peninsular.
En las imágenes más antiguas del lugar, tomadas entre 1852 y 1870 por autores como Felix Alexander Oppenheim o Jean Laurent, aún no se ve construcción alguna, lo que ayuda a datar el inicio de su uso como establecimiento de bebidas:
Puente de Alcántara en Toledo en 1852. Fotografía de Felix Alexander Oppenheim © Museum für Islamische Kunst, Staatliche Museen zu Berlin Puente de Alcántara y Castillo de San Servando en 1858 fotografiado por Louis Léon Masson, Biblioteca Nacional Foto estereoscópica de un personaje con el Castillo de San Servando al fondo. Foto de Jean Laurent. Al dorso figura la fecha de 10 de septiembre de 1866. Aspecto en 1865 del lugar donde posteriormente se situó el Restaurante la Cubana. Detalle de una foto de Jean Laurent. En el plano de Reinoso de 1882 ya aparece dibujado un pequeño rectángulo indicando que en el lugar había una reducida edificación. Debió ser en fecha muy cercana a esa cuando comenzó la historia de este humilde negocio:
Plano de Reinoso de 1882 donde ya se indica una pequeña construcción donde luego se edificó el restaurante La Cubana Hacia 1885 ya se aprecia ese inicial y rudimentario tenderete:
Primitivo chamizo de lo que luego fue el restaurante La Cubana. Detalle de una foto editada por Levy hacia 1885 Las fotos de finales del XIX nos muestran ya un chamizo, siendo visibles en algunas de ellas que las rocas del cerro presentan un color más claro y marcas de un reciente aprovechamiento. Es posible que el nacimiento del hueco de este pequeño edificio fuera una extracción de rocas para alguna edificación, lo que habría dejado un espacio que fue inteligentemente aprovechado. Otra posibilidad es que fuera la construcción del humilde recinto lo que requiriese una pequeña voladura o excavación:
Primer edificio de lo que fue el restaurante la Cubana. Foto tomada en 1897. Chamizo del futuro restaurante La Cubana a finales del siglo XIX. Fotografía de Rafael Garzón Toros y vacas suben al Castillo de San Servando junto al actual restaurante la Cubana, foto de Jane Dieulafoy A comienzos del siglo XX el chamizo fue poco a poco haciéndose un poco más robusto, apreciándose ya algunos muros así como toldos para evitar el sol de poniente que azota en este lugar con fuerza en el verano:
Paseo de la Rosa en la Subida al Castillo de San Servando, junto al Puente de Alcántara (emplazamiento del actual Resturante la Cubana). Fotografía anónima francesa hacia 1905. Colección de Eduardo Sánchez Butragueño Aridez extrema en el cerro del Castillo de San Servando junto al Puente de Alcántara a comienzos del siglo XX Postal con la leyenda de "Castillo de San Servantes" (Castillo de San Servando). Comienzos del siglo XX. Chamizo del futuro restaurante la Cubana junto al Puente de Alcántara y Castillo de San Servando hacia 1905. Fotografía de Serafín Mainou © Colección de Juan Modolell Puente de Alcántara hacia 1905. Se ve el primer edificio del restaurante la Cubana. Foto de Alois Beer. Chamizo o inicial construcción en el lugar donde luego estuvo el restaurante la Cubana junto al Puente de Alcántara. Foto tomada hacia 1910 por el estudio de Abelardo Linares 126 - Vista del castillo de San Servando desde el puente de Alcántara hacia 1910. Se ve el chamizo del Restaurante la Cubana. Puente de Alcántara, castillo de San Servando y chamizo del futuro restaurante la Cubana Vista aérea en 1915 del lugar donde se situó más tarde el Restaurante La Cubana. Detalle de una foto de Vallespín Zayas. Vista aérea en enero de 1929 del lugar donde se situó más tarde el Restaurante La Cubana. Puente de Alcántara y Castillo de San Servando. Postal de Alonso. Gitanos en lo que hoy es el restaurante la Cubana en los años 20. Foto de Lucien Roisin. Colección personal de Eduardo Sánchez Butragueño. En los años 20 y comienzos de los 30 ya eran legibles unos letreros de "vinos y cervezas":
Actual restaurante la Cubana y Castillo de San Servando desde el Puente de Alcántara el 29 de abril de 1933, álbum alemán. Colección Personal de Luis Alba Es en los años 30 cuando se aprecia ya la construcción de ladrillo con influencia neomudéjar que ha llegado a nuestros días, la cual debió edificarse justo antes de la guerra civil:
Puente de Alcántara, coche de época, años 30. Fotografía del noruego Jørgen Dobloug. Signatura SS-JD-1065 Puente de Alcántara y Catedral antes de 1936. Se ve La Cubana. Tropas cruzando el puente de Alcántara en la guerra civil. Ya se aprecia el edificio del restaurante La Cubana. Museo del Ejército. Tras la guerra civil, el establecimiento se llamaba bar Alcántara:
Restaurante la Cubana cuando era solo el bar Alcántara. Donación de María Dolores Castillo de san Servando en Toledo a finales de los años 40. Fotografía de Nicolás Muller  © Archivo Regional de la Comunidad de Madrid, fondo fotográfico Castillo de San servando hacia 1945. Bar Alcántara antes de ser Restaurante la Cubana. Edificio del resturante la Cubana cuando era el bar Alcántara en los años 40. Foto de Afrofisio Aguado (detalle). Hacia 1947, nace el restaurante La Cubana como tal. Esteban Sánchez creó este restaurante en ese año tras comprar el citado bar Alcántara, denominando al nuevo negocio como "La Cubana" en honor a su esposa, que era nacida en Cuba. Con los años, el establecimiento se convirtió en un clásico en Toledo gracias a sus platos en los que predominaba la típica cocina castellana y su famosa sangría.
Personal del Restaurante la Cubana a mediados del siglo XX La Cubana, restaurante. Folleto postal. Restaurante la Cubana a mediados del siglo XX Estas son fotos de los años 50:
Restaurante la Cubana al fondo. Donación de María Dolores Castillo de San Servando y Puente de Alcántara en Toledo hacia 1955 fotografiado por Walter Schröder © Bildarchiv Foto Marburg Restaurante La Cubana. Publicidad, años 50 Restaurante La Cubana en los años 50 Puente de Alcántara y restaurante la Cubana a mediados del siglo XX Este era el aspecto del restaurante en los años 60 y 70:
Vista desde el cerro de San Servando hacia 1965 o 1970. Se ve La Cubana. Foto de Åke Åstrand en noviembre de 1962. Restaurante la Cubana. Archivo Municipal de Toledo Restaurante La Cubana. Postal de Julio de la Cruz, hacia 1970 Castillo de San Servando, Puente de Alcántara y Academia de Infantería en 1962. Fotografía de Julián C.T. La Cubana pasó con el tiempo a manos de una sobrina del fundador Esteban Sánchez, cuyo hijo, el entrañable y recordado José "Pepe" Sánchez, gestionó el establecimiento durante muchos años, ampliándose las instalaciones iniciales con una terraza lateral con unas vistas inmejorables sobre el río. Pepe Sánchez era un entusiasta seguidor del Club Deportivo Toledo, convirtiendo al restaurante en obligado lugar de reunión de los jugadores en los años dorados del club en Segunda División, rozando hasta en tres ocasiones la Primera División. En aquellos años, nuestro querido Pepe fundó la popular Peña Pardina, en honor al gran jugador vasco Juan Carlos Pardina.
Pepe Sánchez con su familia y amigos en un viaje de la Peña Pardina al estadio El Helmántico de Salamanca para ver a su querido C. D. Toledo Con todo mi cariño a la familia de Pepe, que nos dejó en 2016, espero que esta entrada os haya gustado y haya servido para traer al recuerdo uno de los restaurantes con más solera de Toledo que ojalá vuelva algún día a poder abrir sus puertas.
la cubana Restaurante la Cubana, postal publicitaria, años 80 aproximadamente
© TOLEDO OLVIDADO
Maira Gall