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martes, 31 de mayo de 2016

Los rostros de las fotografías de Alfonso Begue en el Tajo en Toledo en 1864

Desde que las descubrí, llevo unos años enamorado de unas fotografías que el genial pionero toledano Alfonso Begue obtuvo del río Tajo en Toledo hacia 1864, poco antes de su prematuro fallecimiento.
Se trata de una serie de placas originales de cristal que, por razones desconocidas, se encontraban en los inmensos fondos de la Casa Rodríguez, adquiridos por la Junta de Comunidades en los años 80 del siglo XX.
Son imágenes que no fueron (hasta donde yo sé) incluidas en las series comerciales de imágenes estereoscópicas publicadas por Alfonso Begue. Más bien, parecen fotografías realizadas de manera personal para un uso restringido a su círculo más cercano. Y eso es precisamente lo que más me atrae de ellas, y probablemente lo que las confiere un valor inolvidable.
Ya sé que lo he escrito arriba, pero lo quiero repetir: son imágenes de 1864. Sí, 1864. Mil ochocientos sesenta y cuatro. ¡Mil ochocientos sesenta y cuatro!
¿Somos conscientes de lo que ello significa? Son instantes reales, coordenadas espaciotemporales inmortalizadas para la eternidad hace más de un siglo y medio. Y lo mejor de todo...su calidad y estado de conservación es excepcional. Aunque ya publiqué varias de ellas en el libro "Toledo Olvidado 2", para lo cual adquirí las copias en altísima resolución al Archivo Histórico Provincial de Toledo que es la institución que las custodia, lo cierto es que la calidad de estas placas, por una vez y sin que sirva de precedente, hace que merezca la pena verlas preferentemente en las ampliaciones que os voy a mostrar que en las versiones impresas en papel del citado libro.
Para contextualizar las fotografías, es bueno resumir la biografía de Begue para que le conozcáis mejor: Alfonso Begue Gamero nació en Toledo en 1834 y falleció a la temprana edad de 31 años en 1865. Es considerado el primer toledano en fotografiar su ciudad. La fenomenal investigación de Rafael del Cerro Malagón ha aportado datos sobre su vida. Su verdadero nombre era Ildefonso –nació un 23 de enero– pero cambió su denominación al ejercer como fotógrafo profesional. De familia más bien acomodada, permaneció con sus padres y sus tres hermanos mayores hasta 1844, desconociéndose el motivo por el que, con 12 o 13 años, abandona Toledo.
Debió ser en la capital de España donde comenzase a fotografiar. Se sabe que en 1861, con 27 años, vivía en la calle de la Luna de Madrid rodeado de una selecta vecindad y ejerciendo ya como fotógrafo. Convivía con la francesa Zenaida García Bíedeau, de 32 años, nacida en París, mujer que continuaría a su lado hasta la muerte, apareciendo luego como viuda. En 1865 se trasladó a la calle de la Montera, lo que anunció en La Correspondencia de España.
El 2 de julio de 1862, su padre Nicolás Begue de la Torre murió en Toledo procediéndose al reparto de la herencia entre los hijos. A Ildefonso (Alfonso) se le cita como soltero y fotógrafo residente en Madrid. El 31 de octubre de 1865, falleció en Toledo durante una de sus visitas debido a un “ataque cerebral fulminante”, cuando contaba tan solo con 31 años, encargándose del enterramiento sus hermanos.
Pese a morir tan joven, a Alfonso Begue le debemos algunas de las mejores fotografías de Toledo de mediados del siglo XIX, a la altura de los mejores pioneros. Se conocen varias series de fotografías estereoscópicas suyas tanto de Madrid como de Toledo –parece ser que fue el primer español en utilizar la fotografía estereoscópica–, así como algunos retratos. De impresionante calidad son los citados negativos que se conservan en el Archivo Histórico Provincial de Toledo dentro del Fondo Rodríguez. Consiguió una importante reputación como fotógrafo e incluso parece que fue un auténtico avanzado al utilizar el polvo de magnesio para iluminar ciertas tomas interiores.

La serie de fotos estereoscópicas custodiadas en el Archivo Histórico Provincial que hoy os voy a diseccionar presenta detalles absolutamente deliciosos. Comenzaremos por ver una imagen del Puente de Alcántara en la que aparece un personaje con bigote fumando un puro, vestido elegantemente y posando con un aire relajado y de complicidad con el fotógrafo. Quedaos con su cara, porque se va a repetir en muchas imágenes. ¿Quien sería? ¿Un hermano de Begue? ¿Un amigo? ¿Un voluntario? ¿El propio Begue? Todo son incógnitas, pero la estampa bien merece dejar volar la imaginación. En la imagen destaca la presencia de edificios desaparecidos como los restos del Artificio de Juanelo, el Hospital de Santiago, la Fonda de la Caridad de Lorenzana, la Plaza de Armas del Puente de Alcántara o el aspecto Alcázar, en ruinas tras la invasión napoleónica.
Puente de Alcántara de Toledo hacia 1864. Fotografía de Alfonso Begue © Fondo Rodríguez, Archivo Histórico Provincial, Junta de Comunidades de C-LM
Toledo en 1864. Detalle de una fotografía de Alfonso Begue.

Cerca de allí, Begue obtuvo esta preciosa vista de los restos del Artificio de Juanelo. Destaca, además del grupo de personas (una de las fotos de grupo más antiguas de la historia de Toledo), la solitaria presencia vegetal de una higuera en las orillas del Tajo:
Artificio de Juanelo y Puente de Alcántara en Toledo hacia 1864. Fotografía de Alfonso Begue © Fondo Rodríguez, Archivo Histórico Provincial, Junta de Comunidades de C-LM

No nos vamos a separar ya del río. Viajamos ahora hasta la zona situada enfrente de la casa del Diamantista, en el embarcadero. Allí, junto a las largas telas puestas a secar, nos llega la inquietante presencia de una persona que de no ser porque es materialmente imposible hubiera jurado que es el mismísimo Abraham Lincoln (en 1864 Lincoln vivía una histórica proclamación como presidente en plena guerra civil norteamericana) tanto por su rostro como por su barba y atuendos. Al fondo aparecen los molinos de Saelices:
Toledo hacia 1864. Fotografía de Alfonso Begue © Fondo Rodríguez, Archivo Histórico Provincial, Junta de Comunidades de C-LM
Toledo en 1864. Detalle de una fotografía de Alfonso Begue.
Toledo en 1864. Detalle de una fotografía de Alfonso Begue.

Intrigados aún por la posible identidad del personaje anterior, giremos la vista casi en ángulo recto para mirar ahora hacia la propia casa del Diamantista. En una excelsa fotografía, junto a unos bellísimos álamos blancos podemos ver la propia casa del joyero José Navarro (el famoso diamantista) tan solo dos años después de su muerte. Se observa también la presencia de dos hombres, uno muy joven y otro con gorra, de nuevo con las largas tiras de tela a sus pies:
Embarcadero de la Casa del Diamantista en Toledo hacia 1864. Fotografía de Alfonso Begue © Fondo Rodríguez, Archivo Histórico Provincial, Junta de Comunidades de C-LM
Toledo en 1864. Detalle de una fotografía de Alfonso Begue.

Pero el detalle más bello de esta imagen es uno relacionado con el río. Tras los álamos aparece una barca en la que es legible su nombre escrito en la madera con letras oscuras: "(...) DEL VALLE. AÑO (...)". Sin duda es un alusión a su cercanía a la Ermita del Valle y la fecha de su construcción:
Toledo en 1864. Detalle de una fotografía de Alfonso Begue.

Justo en la otra orilla, en las Tenerías, Begue capturó una fotografía cuyo mayor valor es retratar ya vivo el frondoso almez (Celtis australis) que aún en nuestros días vive en la Ermita del Valle, justo en la entrada del actual Restaurante la Ermita. De nuevo aprovecho para reivindicar y reclamar una mayor presencia del almez en la ciudad y un mayor protagonismo de esta especie autóctona en las plantaciones que se realicen en Toledo. Ningún árbol es más toledano que él, ningún árbol está más adaptado a nuestro clima que él. Ejemplares centenarios como este son una buena prueba de ello:
Toledo hacia 1864. Fotografía de Alfonso Begue © Fondo Rodríguez, Archivo Histórico Provincial, Junta de Comunidades de C-LM
Ermita del Valle en Toledo en 1864. Detalle de una fotografía de Alfonso Begue.
Almez de la ermita del Valle en Toledo en 1864. Detalle de una fotografía de Alfonso Begue.

En un lugar indeterminado de la ribera toledana, probablemente aguas arriba del Puente de Alcántara (o puede que aguas abajo del Cigarral del Ángel), en una zona de soto ribereño más denso que en la propia ciudad, Begue logró otra maravillosa imagen. De ella yo destacaría la enigmática identidad de un personaje que en la distancia parece una persona de raza negra, pero que en realidad me inclino a pensar que es un humilde, flaco y renegrido por el sol trabajador de alguna actividad ligada al río:
Toledo hacia 1864. Fotografía de Alfonso Begue © Fondo Rodríguez, Archivo Histórico Provincial, Junta de Comunidades de C-LM
Toledo en 1864. Detalle de una fotografía de Alfonso Begue.
Toledo en 1864. Detalle de una fotografía de Alfonso Begue.

En la foto vuelve a aparece el señor de bigote que ya vimos...
Toledo en 1864. Detalle de una fotografía de Alfonso Begue.
Toledo en 1864. Detalle de una fotografía de Alfonso Begue.

No lejos de allí, Alfonso Begue tomó esta otra fotogafía en la que de nuevo identificamos rostros que hemos visto en imágenes precedentes. Muy curiosas son las construcciones de madera situadas junto al río, tal vez efímeros pasos hechos durante la construcción de una presa o tal vez estructuras aprovechadas por pescadores. También destaca la presencia de una barca boca abajo en la orilla:
Toledo hacia 1864. Fotografía de Alfonso Begue © Fondo Rodríguez, Archivo Histórico Provincial, Junta de Comunidades de C-LM
Toledo en 1864. Detalle de una fotografía de Alfonso Begue.
Toledo en 1864. Detalle de una fotografía de Alfonso Begue.
Toledo en 1864. Detalle de una fotografía de Alfonso Begue.

Finalizaremos con la fotografía más especial de todas. Tan especial, que la elegí como portada para el libro Toledo Olvidado 2. Tan mágica que me hizo soñar con una elucubración: la posibilidad de que uno de los retratados fuese Valeriano Bécquer, hermano de Gustavo Adolfo. Un sueño que no es descartable, pues la fecha podría encajar perfectamente, el parecido de Valeriano con el hombre con perilla es innegable, Alfonso Begue era un habitual viajero del tren Toledo-Madrid que tanto usaron los Bécquer y tanto ellos como Begue eran personas conocidas en los círculos culturales toledanos y madrileños. Esta elucubración ha sido recientemente publicada en el libro "Sombras de Bécquer en Toledo" (ha sido un honor colaborar en esta obra coordinada por Francisco Carvajal y editada por La Peña Pobre) y la reproduzco a continuación, en homenaje a este pionero fotógrafo toledano que fue Alfonso Begue, de tan corta vida.

Alfonso Begue, Valeriano Bécquer y un amigo en Toledo en 1864: historia (inventada) de una fotografía.


Estamos en una tarde de agosto del año 1864, calurosa y tranquila, como son las tardes de verano en Castilla y más en Toledo. El río Tajo fluye, abrazando la ciudad, y ajeno aún a la muerte en vida a la que le sometería España algo más de un siglo después.
Allí, junto a los molinos de Azumel, bastante cerca de la Fábrica de Armas, la tarde es más apacible aún en este punto de la ribera, más arbolada de lo que suele ser habitual en aquel secarral que era España en el XIX. Hasta allí han llegado tres hombres, aún jóvenes pues rondan la treintena, para disfrutar unas horas solazándose con el rumor del agua, el canto de las cigarras y el trinar de los pájaros. En este solitario punto, además, disfrutan sin ningún pudor de un refrescante baño después de haberse quitado sus decimonónicas vestiduras para quedarse tan solo con los calzones puestos.
Toledo hacia 1864. Fotografía de Alfonso Begue © Fondo Rodríguez, Archivo Histórico Provincial, Junta de Comunidades de C-LM
Al fondo, la milenaria ciudad les observa desde el entorno de la Puerta del Cambrón y las Vistillas de San Agustín. Y ellos la observan también, en un recíproco intercambio de miradas, de esos que únicamente son posibles en algunos, no muchos, lugares del planeta –solo en aquellos en los que tenemos la certeza de que las ciudades o la naturaleza cobran personalidad e identidad propia…y Toledo es uno de ellos, y estos muchachos lo saben–. Y es que, al fin y al cabo, no son unos muchachos corrientes.
Pasan la tarde charlando sobre la precaria situación del país, sumido en la pobreza y en un interminable vaivén de intrigas y efímeros gobiernos a los que asiste aparentemente impávida la reina Isabel II, habitualmente manipulada por sus ministros y asesores. Tras la renuncia de O´Donnell en marzo de 1863, las elecciones habían sido ganadas por una coalición de progresistas, demócratas y republicanos. En animada conversación, uno de los tres jóvenes se juega una comida a que poco después subiría de nuevo al poder Narváez, como tantas otras veces había sucedido, para dictatorialmente manejar otra vez el cotarro. Dos meses después estaban invitándole en su mesón preferido de aquel Madrid en el que solían vivir los tres.
Habían llegado a Toledo en tren aquella mañana, como tantas otras veces habían hecho, para evadirse de los agobios capitalinos. Tras pasar la tarde en el río, acudirían a la Posada de la Sangre a dormir entre chinches y pulgas –esperaban que las buenas dosis de aquel tintorro que les ponían al cenar les permitieran dormir a pierna suelta ajenos a cualquier inconveniencia– y regresarían a Madrid a la mañana siguiente.
Aquella vez Ildefonso –al que todos le llamaban Alfonso– había traído consigo su voluminoso aparejo con el que tomaba fotografías y que tanta y tan buena fama le estaba haciendo ganar en Madrid. A Alfonso le encantaba enseñar las callejas y parajes de su ciudad natal, en la que aún vivían su madre y hermanos, a aquellos peculiares personajes, grandes amigos suyos, uno sevillano y otro burgalés.
El sevillano, de nombre Valeriano y gran pintor, andaba necesitado de alegrías después de que su mujer Winnefred le hubiera abandonado poco antes llevándose con ella a sus dos pequeños. Solo un hombre de su gran talento y su entusiasta carácter podría superar aquel palo de la vida como él lo estaba haciendo. Era sin duda mucho más alegre que su hermano pequeño, Gustavo Adolfo, siempre tan atribulado y pesimista…aunque más genial que Valeriano si cabe, en este caso con una pluma en la mano. La próxima vez intentarían que él también se uniera a una visita similar…al fin y al cabo Gustavo Adolfo parecía recobrar el ánimo cuando pasaba temporadas en Toledo.
En un momento de la conversación a la orilla del Tajo, Alfonso toma sus cacharros fotográficos, prepara todo lo necesario para emulsionar la delicada placa de cristal, se aleja un poco de sus dos amigos y les pide que se queden inmóviles por un momento. Así hacen. Alfonso al fin obtiene la imagen, que no verán hasta pasadas unas semanas –justo en octubre, en la comida que Valeriano les ganó a ambos al apostar por un nuevo periodo de Narváez en el poder– y que casi siglo y medio más tarde servirá de portada a un libro de fotografías de la vieja ciudad castellana.
Toledo en 1864. Detalle de una fotografía de Alfonso Begue.
Un instante, tan efímero y tan eterno a la vez, gracias a ese moderno invento llamado fotografía. En aquellos días no lo valoraban. Pensaban que lo que hacía Alfonso era maravilloso –verse retratados en aquellas reproducciones que les enseñaba les parecía casi algo mágico– pero no llegaban a comprender lo que en realidad representaba. Solo unos meses después, cuando Alfonso falleció en una de aquellas visitas a Toledo, de un repentino y fulminante ataque cerebral, comprendieron que la fotografía era lo más parecido a la inmortalidad que jamás conocerían.












sábado, 28 de septiembre de 2013

El Tajo que fue, el Tajo que debe volver

Si la fotografía histórica tiene un poder que destaque entre los demás, ese es el de la evocación. Contemplar fotografías antiguas permite realizar viajes en el tiempo y casi revivir el momento en que fueron tomadas.
Ello es especialmente importante a la hora de intentar recuperar la memoria, pues el paso del tiempo, si no existieran las fotografías, a veces es capaz de diluir los recuerdos y las vivencias hasta tal punto de casi convertirlas en ilusiones, espejismos o ensoñaciones.
Algo parecido le sucede al río Tajo en Toledo: las generaciones más jóvenes sencillamente no conciben que el Tajo en nuestra ciudad pudiera algún día haber sido un espacio de esparcimiento, de diversión, de juego y de convivencia en familia o entre amigos. Su actual y deplorable estado, fruto de más de cuarenta años de olvido, expolio y abandono, hace que alguien nacido a partir de 1972 —fecha de la prohibición oficial del baño en la ciudad— no pueda comprender lo que aquel río lleno de vida aportaba al día a día de los toledanos.
Pero por suerte está la fotografía y su poder evocador, capaz de hacer revivir aquellos recuerdos en los que realmente los protagonizaron y capaz también de permitir imaginar a los que no pudimos vivirlo lo que aquel río era. Y esto es algo muy importante, porque sitúa la lucha por el Tajo en Toledo en el plano de lo posible, de lo realizable y la aleja del pesimismo, de lo quimérico y de lo inalcanzable.
Hoy, gracias a la inmensa generosidad de la familia Del Cerro Corrales —a quien agradezco con todo mi cariño la cesión de estas imágenes— podemos emprender un precioso viaje a los años 60 y zambullirnos en las aguas de un río, hoy irreconocible, pero que sin duda y con la lucha de la gente de a pie —absténganse políticos, por favor, pues su ineficacia lleva cuarenta años de recorrido: demasiado como para ser fruto de la casualidad— volverá a ser el que fue. Y ese día, que llegará sin duda, estará más cerca cuanto más empeño pongamos desde la sociedad civil en la reivindicación de nuestro derecho a disfrutar de un río limpio, con caudal suficiente, con las riberas cuidadas y sobre todo con la dignidad recuperada.
Las fotografías que esta toledanísima y entrañable familia me ha cedido abarcan el periodo 1964-1969, fueron tomadas en la playa de Safont y son un canto a la vida. A una vida sin grandes ostentaciones pero llena de esas pequeñas grandes cosas que tal vez un progreso mal entendido puede a veces hacernos no valorar: una pradera junto a un río limpio, una cerveza en la orilla de la playa sin moverte de tu ciudad, una tarde en familia con el Alcázar de fondo...
En ellas veremos los recordados gangos —puestos de bebidas y aperitivos situados en la orilla—, contemplaremos niños felices con sus padres y abuelos en el agua y alegres paseos en barca. Veremos un Toledo real, tan real como el actual...o incluso más. Que no nos venza el desánimo, no nos rindamos nunca. Que nadie piense que estas imágenes no volverán. Porque lo harán.
Disfrutad:
Día de playa en el Tajo en Toledo hacia 1965 © Familia Del Cerro Corrales
Día de playa en el Tajo en Toledo hacia 1965 © Familia Del Cerro Corrales
Tomando el sol en la orilla del Tajo en Toledo hacia 1965 © Familia Del Cerro Corrales
Bañándose en el Tajo en Toledo hacia 1965 © Familia Del Cerro Corrales
Día de playa en el Tajo en Toledo hacia 1965 © Familia Del Cerro Corrales
Día de playa en el Tajo en Toledo hacia 1965 © Familia Del Cerro Corrales
Gango en el Tajo en Toledo hacia 1965 © Familia Del Cerro Corrales
Baño en el Tajo en Toledo hacia 1965 © Familia Del Cerro Corrales
En la orilla del Tajo en Toledo hacia 1965 © Familia Del Cerro Corrales
Barca en el Tajo en Toledo hacia 1965 © Familia Del Cerro Corrales
Gango en el Tajo en Toledo hacia 1965 © Familia Del Cerro Corrales

Y como guinda del pastel, este emocionante vídeo cedido por Vicente Rodríguez datado en 1965 grabado en la misma zona de la playa de Safont:

viernes, 1 de julio de 2011

Toledo y el Tajo

El río Tajo no es ni más ni menos que el motivo de la existencia de la ciudad de Toledo. Los primeros pobladores eligieron este enorme promontorio por el hecho de estar rodeado casi por completo por el río, lo cual le confería unas magníficas ventajas tanto para la defensa frente a ataques enemigos como para el abastecimiento de agua y alimentos mediante cultivos regados con ella o mediante la pesca.
El río se adentra en la ciudad, por espacio de unos pocos kilómetros y de manera casi inexplicable, en la rocosa Meseta Cristalina formando el denominado Torno del Tajo que convierte a la ciudad en una península rodeada de agua por todos sus flancos excepto por el norte. A todo ello debe añdirse que este lugar está ubicado en una zona de transición geológica entre la arcillosa y fértil comarca de La Sagra y la silícea Meseta Cristalina -antesala de los Montes de Toledo-, hecho que permite una enorme diversidad de recursos naturales, desde cultivos hortícolas y cereales a zonas de monte mediterráneo que ofrecían leña y madera para las contrucciones o las abundantísimas piedras de la Meseta Cristalina que facilitaban mucho la edificación.
Por ello no es exagerado decir que el Tajo es la razón de ser de Toledo. Al menos así lo ha sido históricamente hasta fechas muy recientes.
Desde el punto de vista de la fotografía, en sus comienzos a mediados del siglo XIX, pronto quedó de manifiesto que en aquellos días de declive económico generalizado, el Tajo era uno de los pocos recursos que los toledanos podían explotar para subsistir a falta de una industria potente y sin la riqueza que antaño generaba la Corte.
Fue hacia 1860 cuando el francés Jean Laurent capturó la primera escena en la que se resume la importancia del río en esas fechas: una mujer viene de lavar la ropa mientras dos hombres ataviados con el típico traje castellano se dedican a tareas menos duras: uno pesca con una red y otro directamente la observa tumbado plácidamente en el prado de la orilla:
Pescadores en el Tajo hacia 1860. Fotografía de Jean Laurent

Fue al parecer pocos años antes de esa fotografía cuando la famosa anguila del Tajo se extiguió prácticamente en Toledo. Como recuerdo de este manjar se comenzó a hacer famosa la anguila de mazapán, como ya se comentaba en 1905:
Artículo sobre la anguila de Toledo, 1905. Revista Ilustrada de Vías Férreas

Pero tampoco cabe mitificar el Tajo de los siglos pasados. Sus aguas nunca pudieron ser cristalinas -las aguas de los cursos medios de los grandes ríos nunca lo son-, ni su caudal era siempre abundante. Muy al contrario, al no estar regulado por presas, su caudal era enormemente variable. Existen numerosas citas históricas que hablan de inundaciones en Toledo o de efemérides relacionadas con el caudal del río, que narran cómo en diversas ocasiones el Tajo podía cruzarse a pie en varios puntos de la ciudad -no solo frente a la Puerta del Vado- o incluso nos cuentan que el curso del río se había congelado, para lo cual además de un intenso frío es necesario un caudal bastante pequeño. La primera evidencia fotográfica de un nivel de las aguas que hoy sería considerado directamente ilegal por no cumplir el caudal ecológico es probable que sea esta imagen tomada por otro francés, Jean Andrieu, donde podemos ver los cimientos de los molinos de Daicán bajo la ermita de la Cabeza así como abundantes piedras del lecho del río en sus inmediaciones. El escaso agua discurría por las esquinas del cauce o entre algunas piedras:
Fotografía estereoscópica de Toledo. Molinos en el Tajo hacia 1860. Foto de Jean Andrieu.

Tampoco cabe mitificar las riberas, pues la vegetación de las mismas es bastante más abundante hoy día que en esas duras fechas en que la madera era necesaria para casi todo y en las que la presión ganadera era muy patente. Para encontrar sotos de ribera con vegetación abundante había que desplazarse varios kilómetros desde la ciudad. Fue también Jean Laurent quien inmortalizó en esos primeros años de la era fotográfica las desoladas riberas del Tajo a su paso por la ciudad:
Casa del Diamantista y riberas del Tajo hacia 1870. Fotografía de Jean Laurent
Torno del Tajo en Toledo en el lugar donde se levantaba el Artificio de Juanelo y el acueducto romano. Foto Jean Laurent 1858
Puente  de San Martín hacia 1870. Foto de Jean Laurent

Había que alejarse, como decía, dos o tres kilómetros del centro de la ciudad para encontrar un soto de ribera medianamente denso. Casiano Alguacil recorrió esta distancia hacia 1880 para inmortalizar esta estampa aguas arriba de Safont donde además podemos apreciar en las orillas los efectos de las fluctuantes inundaciones en forma de grandes cárcavas y erosiones en el lecho que en este punto es aún arcilloso:
Toledo hacia 1880. Foto de Casiano Alguacil. Image by © Alinari Archives/CORBIS

Aguas abajo de este lugar la vegetación desaparecía. Así lo fotografió el propio Alguacil:
Castillo de San Servando y Río Tajo en Toledo en el siglo XIX. Fotografía de Casiano Alguacil. Ayuntamiento de Toledo

En esta fotografía de Jean Andrieu tomada entre 1868 y 1870 en plena sequía podemos ver lo que os indicaba: riberas desprovistas de toda vegetación en la ciudad y, al fondo, aguas arriba de Safont, el soto más o menos denso:
Restos demolidos del Artificio de Juanelo. Fotografía tomada entre 1868 y 1870 por Jean Andrieu (detalle)

En esos durísimos años eran varias las tareas cotidianas que dependían directamente del río. Ante la escasez de manantiales y fuentes, el oficio de azacán o aguador era uno de los que no podían faltar. Son a mi jucio impresionantes las fotografías en las que se ve cómo había que bajar directamente al río para llenar los cántaros y luego subirlos llenos por las cuestas de la ciudad. Creo que todos los días deberíamos ver estas fotografías para valorar algo hoy cotidiano pero entonces inimaginable como es tener agua potable ininterrumpidamente en nuestra propia casa. Seguramente seríamos menos quejicas:
Toledo y el Tajo. Foto de James A. Sinclair hacia 1899. The Royal Photographic Society
Azacán en Toledo a principios del siglo XX. Fotografía de D. Pedro Román Martínez. Diputación de Toledo, Centro de Estudios Juan de Mariana

La durísima labor que esta pobre gente realizaba bien merecería un monumento en la ciudad, siquiera para valorar nuestra calidad de vida actual. Por mi parte, la difusión de estas fotografías es mi humilde tributo a estos héroes de fechas no tan lejanas:
Aguador en Toledo. Foto del escocés James Craig Annan en 1914. The Metropolitan Museum of Art, New York
Niño aguador en Toledo. Foto Casiano Alguacil.
Azacán en Toledo. Foto atribuida a Casiano Alguacil
Azacán en San Ginés, Toledo. Foto Casiano Alguacil.
"Water Carriers" (Aguadores) en la Puerta de Valmardón. Foto de James A. Sinclair hacia 1900. Expuesta en la 1900 Forty-fifth Annual Exhibition of the Royal Photographic Society
Aguador toledano en el siglo XIX. Foto Casiano Alguacil
Azacán en Toledo a principios del siglo XX. Fotografía de D. Pedro Román Martínez. Diputación de Toledo, Centro de Estudios Juan de Mariana

Pero nadie supo captar la vinculación del Tajo con la vida cotidiana de los toledanos como Don Pedro Román Martínez. Sus fotografías, recientemente redescubiertas gracias al empeño de su nieto Lorenzo Andrinal Román, son cada una de ellas una obra de arte en sí misma. Los oficios relacionados con el río, como las lavanderas, los pescadores o los pajareros supusieron para él una inagotable fuente de inspiración que supo plasmar en multitud de instantáneas de las que os dejo esta selección:
Pescadora de Toledo a principios del siglo XX. Fotografía de D. Pedro Román Martínez. Diputación de Toledo, Centro de Estudios Juan de Mariana
Lavandera junto al Tajo a principios del siglo XX. Fotografía de D. Pedro Román Martínez. Diputación de Toledo, Centro de Estudios Juan de Mariana
Fabricando redes para la captura de peces o pájaros a principios del siglo XX. Fotografía de D. Pedro Román Martínez. Diputación de Toledo, Centro de Estudios Juan de Mariana
Lavandera junto al Tajo a principios del siglo XX. Fotografía de D. Pedro Román Martínez. Diputación de Toledo, Centro de Estudios Juan de Mariana
Lavanderas de lana en el Tajo a principios del siglo XX. Fotografía de D. Pedro Román Martínez. Diputación de Toledo, Centro de Estudios Juan de Mariana
Lavanderas junto al Tajo a principios del siglo XX. Fotografía de D. Pedro Román Martínez. Diputación de Toledo, Centro de Estudios Juan de Mariana
Lavanderas junto al Tajo a principios del siglo XX. Fotografía de D. Pedro Román Martínez. Diputación de Toledo, Centro de Estudios Juan de Mariana

Pedro Román también inmortalizó diferentes estados del río, desde accidentes de barcas a inundaciones o días de enorme caudal:
Accidente en el Tajo junto al Puente de San Martín a principios del siglo XX. Fotografía de D. Pedro Román Martínez. Diputación de Toledo, Centro de Estudios Juan de Mariana
Crecida  del Tajo el 4-2-1912. Fotografía de D. Pedro Román Martínez. Diputación de Toledo, Centro de Estudios Juan de Mariana
Gran crecida del Tajo en 1924 a su paso por el Puente de San Martín de Toledo. Fotografía de D. Pedro Román Martínez
Crecida en el Tajo junto al Puente de San Martín a principios del siglo XX. Fotografía de D. Pedro Román Martínez. Diputación de Toledo, Centro de Estudios Juan de Mariana
Crecida del Tajo en Buenavista a principios del siglo XX. Fotografía de D. Pedro Román Martínez. Diputación de Toledo, Centro de Estudios Juan de Mariana

Otros autores también captaron la vinculación entre la ciudad y el río:
Pescadores en la zona del embarcadero del Diamantista a principios del siglo XX
Zona cercana al Puente de Alcántara hacia 1900. Fotografía de Pedro Román Martínez. Pueden verse casas de pescadores.
Inundación de 1947 en Toledo. Paseo de la Rosa
Barco en el Tajo de Toledo en 1944. Fotografía de Gabriel Casas i Galobardes. Arxiu Nacional de Catalunya
Barco en el Tajo de Toledo en 1944. Fotografía de Gabriel Casas i Galobardes. Arxiu Nacional de Catalunya

Pero no todo iban a ser penurias. El Tajo supuso durante siglos una de las mayores fuentes de diversión, solaz y recreo de los toledanos. En nuestros calurosos veranos era habitual bañarse en el Tajo desafiando a los peligrosos y traicioneros remolinos que casi cada año dejaban alguna víctima mortal. La fotografía histórica también ha dejado preciosas e históricas imágenes de estos momentos de recreo:
Niños se bañan en el Tajo bajo la Ermita de la Cabeza hacia 1920. Fotografía de Pedro Román Martínez
Barca en la playa de Safont de Toledo a comienzos del siglo XX
Niños bañándose en el Tajo cerca de la Playa de Safont a comienzos del siglo XX
Competición de natación en el río Tajo en Toledo. Años 20, Fotografía Rodríguez.
Bañistas en el Tajo. Foto Rodríguez
Bañistas enfrente del Baño de la Cava de Toledo hacia 1910. Foto Santiago Relanzón Almazán. Ayuntamiento de Toledo

Llegó incluso a existir el Club Náutico de Toledo, del que mi abuelo Eduardo Butragueño Bueno fue uno de los fundadores. Él mismo se hizo su propia barca -el Pichón Casero- probablememte sin imaginar que estaba descubriendo su futuro pues terminó convirtiéndose en Capitán de la Marina Mercante:
Eduardo Butragueño Bueno posa con el Pichón Casero, embarcación construida por él mismo.  Fotografía de Eduardo Butragueño Bueno

El Club Náutico dejó fotos preciosas, muchas de ellas tomadas por mi abuelo:
Jóvenes divirtiéndose en el río Tajo en Toledo en la playa de Safont. Años 20. Fotografía de Eduardo Butragueño Bueno
Eduardo Butragueño Bueno en el río Tajo. Años 30.
Andrés López Rey en el Tajo, años 30.  Fotografía de Eduardo Butragueño Bueno
Eduardo Butragueño Bueno y Andrés López Rey en el Tajo. Años 30.
Miembros del Club Náutico de Toledo en una presa en el Tajo. Años 20. Fotografía de Eduardo Butragueño Bueno
Bañistas en el Tajo, en julio de 1924. Foto Carmona
Bañistas en el Tajo, en agosto de 1924. Foto Rodríguez
Bañistas en el Tajo, en julio de 1924. Foto Carmona
Bañistas en el Tajo, en julio de 1924. Foto Carmona

Cuando se popularizó la costumbre de pasar el día en las playas, allá por los años 60, Toledo no fue una excepción y aún contábamos con un río apto para el baño. De esos días nos ha quedado el recuerdo en forma de fotografías que se han convertido ya en míticas para el toledanismo:
Bañistas en la Playa de Safont bañándose en el río Tajo en Toledo en los años 60. Foto Arribas
Bañistas en la Playa de Safont bañándose en el río Tajo en Toledo en los años 60
Toledo visto desde la Playa de Safont en abril de 1958. Fotografía de Jean Paul Margnac
Bañistas en la Playa de Safont, Toledo. Mediados del siglo XX
Bañistas en la Playa de Safont de Toledo. Años 60 del siglo XX. Cortesía de Antonio Fernández
Toledo desde la Playa de Safont hacia 1960. Foto de L. Arribas

Pero por desgracia estas imágenes tan bellas duraron muy poco. A finales de los sesenta, la creciente industrialización de Madrid y los vertidos que ello conllevaba a los afluentes del Tajo -Jarama y Henares principalmente- hicieron que las fotografías cambiasen radicalmente y pasasen a mostrar grandes manchas de espuma en las aguas del Tajo en Toledo. De este modo, desde los últimos años de los años sesenta se tomaron espeluznantes fotografías de la espuma que ocupaba gran parte del cauce. Os dejo las mejores fotografías tomadas por John Fyfe, José María Moreno y mi padre Ricardo Sánchez Candelas:
Espuma en el río Tajo a la altura del Baño de la Cava en Toledo hacia 1967. Fotografía de John Fyfe
Espuma por contaminación en el río Tajo en 1976. Fotografía de José María Moreno Santiago
Espuma por contaminación en el río Tajo en 1976. Fotografía de José María Moreno Santiago
Espuma por contaminación en el río Tajo en 1976. Fotografía de José María Moreno Santiago
Espuma por contaminación en el río Tajo en 1976. Fotografía de José María Moreno Santiago
Espuma por contaminación en el río Tajo en 1976. Fotografía de José María Moreno Santiago
Espuma por contaminación en el río Tajo en 1976. Fotografía de José María Moreno Santiago
Espuma por contaminación en el río Tajo en 1976. Fotografía de José María Moreno Santiago
Espuma por contaminación en el río Tajo en 1976. Fotografía de José María Moreno Santiago
Espuma por contaminación en el río Tajo en 1976. Fotografía de José María Moreno Santiago
Contaminación del Tajo en los años 70. Fotografía de Ricardo Sánchez Candelas
Contaminación del Tajo en los años 70. Fotografía de Ricardo Sánchez Candelas
Contaminación del Tajo en los años 70. Fotografía de Ricardo Sánchez Candelas
Contaminación del Tajo en los años 70. Fotografía de Ricardo Sánchez Candelas

En junio de 1972 quedó oficialmente prohibido el baño en el Tajo a la altura de Toledo. Al problema de la contaminación se añadió poco después la entrada en funcionamiento del Trasvase Tajo-Segura en 1979, que agravó la situación del Tajo pues mermó en gran medida el caudal del río por lo que las aguas contaminadas estaban aún más concentradas.
Después de 30 años de funcionamiento del Trasvase, nada se ha avanzado en el periodo democrático en lo referente a la derogación del Trasvase o a la compensación a la cuenca del Tajo por este enorme sacrificio. Mientras la depuración de las aguas de las industrias sí ha ido perfeccionándose, el Estado de las Autonomías no sólo no ha conseguido poner fin al Trasvase sino que lo ha agravado. A su no derogación hay que añadir obras de ampliación del Trasvase como la denominada Tubería Manchega, que convierte al Tajo en el primer río de Europa que cede sus aguas mediante trasvases a dos cuencas diferentes, el Segura y el Guadiana, por no hablar del trasvase a las Tablas de Daimiel. El Tajo siempre es el pagano.
Y es que mientras las comunidades autónomas reivindiquen absurdos derechos sobre los ríos que transitan por ellas, saltándose la más elemental lógica ecológica que habla de la importancia de la unidad de cuenca estamos ante un problema irresoluble. Hay que explicar con claridad, sin aspavientos pero sin complejos, que el agua del Tajo le es tan ajena a un ciudadano de Ciudad Real o de Albacete como lo es a un ciudadano de Burgos, Zamora...o Murcia, en tanto en cuanto pertenecen a cuencas hidrográficas diferentes. Mientras no se asuma que los derechos en primer lugar pertenecen a las poblaciones de las cuencas hidrográficas, desde Albarracín hasta Lisboa, estaremos ante un teatro que sólo puede finalizar con un gobierno central que sea firme en este sentido y frene en seco esas aspiraciones autonómicas sin ninguna base ni ecológica ni histórica. Es más, si España no toma esas medidas, las debería tomar Europa pues no podemos olvidar que se trata de un río que atraviesa dos países distintos. Utilizar fronteras políticas para gestionar recursos naturales es inconcebible, pero lo es más enarbolar banderas de supuestos derechos en base a estas fronteras, que fueron trazadas con posterioridad este trasvase -no hace falta recordar la anterior distribución regional ni la fecha de creación de nuestra autonomía- y que pueden ser eliminadas en cualquier momento. Las fronteras naturales como las cuencas hidrográficas están por encima de esos vaivenes políticos y humanos y deben ser la base legal en que se sustente la gestión de cualquier río, incluido el Tajo. Para la ciudad de Toledo en concreto ha sido un verdadero problema a la hora de defender sus derechos sobre las aguas del Tajo el ser capital de una autonomía que pretendía -y lo ha conseguido- esquilmar aún más el Tajo derivando el trasvase hacia La Mancha. Cualquier análisis lógico hace que no pueda sostenerse que un trasvase Tajo-Segura sea diabólico y sin embargo sea maravilloso un trasvase Tajo-Guadiana, por el mero hecho de estar dentro de una comunidad autónoma.
Toledo y el Tajo han perdido 30 años en esta lucha, han retrocedido y a día de hoy vemos pasar en nuestra ciudad un 80% de agua procedente del Jarama y un 20% del Tajo.
Ojala algún día el Tajo vuelva a ser la razón de la existencia de Toledo.
Por mi parte, yo me despido hasta septiembre y os deseo a todos un muy feliz verano.
© TOLEDO OLVIDADO
Maira Gall