1897
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viernes, 27 de febrero de 2026

La desconocida faceta fotográfica de los hermanos Álvarez Quintero en la Semana Santa de Toledo en 1897

El descubrimiento de la faceta fotográfica de dos de los más célebres dramaturgos españoles, los hermanos Joaquín y Serafín Álvarez Quintero, ha sido una de las mayores alegrías que me da dado mi labor de investigación fotográfica en estos años. Aunque ya lo desvelé en las páginas del libro Toledo Olvidado 6, hoy os ofreceré todos los detalles del proceso que seguí hasta cerciorarme de que esta genial pareja también hizo sus pinitos en la fotografía y su escenario fue precisamente nuestra querida ciudad de Toledo.
Todo comienza en 2009, cuando hallé un reportaje publicado en la revista Nuevo Mundo el 29 de abril de 1897 que llamó mi atención básicamente por incluir las primeras fotografías de las que tenía constancia de la Semana Santa de Toledo, llamándome especialmente la atención una de ellas que mostraba el precioso Cristo del Descendimiento:
Paso del Descendimiento en la Semana Santa de Toledo de 1897 Como puede verse en la descripción del archivo, la incorporé a mi álbum de Flickr el 29 de julio de 2009, en el segundo año de andadura de este blog. En su descripción hacía referencia a un texto que me encanta de Gustavo Adolfo Bécquer dedicado en 1869 a este paso tan emblemático toledano, que me parecía como si estuviera escrito para describir precisamente lo que mostraba la citada foto tomada esta joya de la imaginería:
"(...) las imágenes de las andas se dibujan confusas y asemejan gentes vivas que miran y ven con sus ojos de vidrio, causando la impresión de algo que, semejante a la visión del sueño, flota entre el mundo real y el imaginario; el Cristo del Descendimiento, se balancea suspendido en el aire; las ropas de los que lo bajan se agitan al soplo del viento; la ilusión es completa".
Así pasaron los años, hasta que —un buen día de marzo de 2024— rastreando en casas de subastas, me topé con un grupo de fotografías en las que el vendedor se limitaba a poner unas miniaturas de los originales citando solamente que habían sido tomadas en Toledo. Al ver una de ellas, se activaron todas mis neuronas de la memoria fotográfica para recordarme que esa foto ya la había visto antes. En efecto, se trataba de aquella foto del Cristo del Descendimiento de la que os hablaba, pero en esta ocasión no era el recorte de aquel viejo periódico sino un positivo original de la época (1897). Se vendía el lote de fotografías por un precio más que razonable, por lo que me decidí al instante a comprarlo. Mientras llegaba el paquete, aquellos días decidí repasar los detalles de la publicación en la que había visto esas fotos en la revista Nuevo Mundo. Releyendo el texto —al que no había prestado mucha atención en 2009— ví que estaba firmado por un pseudónimo que se hacía llamar El Diablo Cojuelo.
Artículo publicado por los hermanos Álvarez Quintero bajo el pseudónimo de "El Diablo Cojuelo" en la Revista Nuevo Mundo, 29 de abril de 1897. Biblioteca Nacional de España. Artículo publicado por los hermanos Álvarez Quintero bajo el pseudónimo de "El Diablo Cojuelo" en la Revista Nuevo Mundo, 29 de abril de 1897. Biblioteca Nacional de España. (página segunda) Indagando acerca de la posible identidad de este —o estos—, pude comprobar que varias referencias citaban a los famosos autores Joaquín y Serafín Álvarez Quintero como las personas que estaban detrás de dicho pseudónimo.
El Diablo Cojuelo desvela su identidad, 21 marzo 1912. Hermanos Álvarez Quintero. De este modo, cuando recibí las fotos en casa, mi ilusión era máxima. Y las expectativas se vieron sobrepasadas: el número de fotografías del lote era superior al de las que se publicaron en aquel artículo de Nuevo Mundo. Sumadas a las publicadas, en el grupo de fotos había varias más que, además, encajaban a la perfección en las descripciones de los parajes y calles citadas en el texto, lo cual probaba que todos los lugares que mencionaron fueron recorridos y visitados realmente en su periplo.
En cuanto a la autoría de las imágenes, no me cabe duda de que son los hermanos también quienes las tomaron. Pese a que leyendo el texto, en algún pasaje podría parecer que vinieron acompañados por dos o tres amigos más, lo cierto es que todo hace indicar que estaban únicamente los dos hermanos. Esa apariencia de "grupo" no era más que un recurso estilístico muy utilizado por los dramaturgos, que en sus textos de viajes o estampas costumbristas creaban la sensación de que el relator forma parte de un pequeño grupo (cuatro o cinco personas), como efecto narrativo que era parte de su tono desenfadado y teatral: construían una pequeña escena o historia y el uso alternativo de la primera persona con el del plural ayudaba a dar dinamismo y juego humorístico. Ese desdoblamiento del narrador y el uso flexible del singular y el plural lo utilizaban para dar vivacidad, ironía o incluso un leve tono paródico. En el texto que nos ocupa, firmado por citado séudónimo de El Diablo Cojuelo, el viaje es esencialmente narrado en primera persona, si bien en el momento clave de la llegada a Toledo aparece el uso de este recurso literario:
“a mi compañero Polilla túrbasele el sentido; el bueno del fotógrafo que nos acompaña (…) y Ciutti pierde la cabeza…”
Así construyen deliberadamente la ilusión de una pequeña comitiva integrada por personajes imaginarios (Polilla, el fotógrafo, Ciutti y el propio narrador), si bien únicamente ellos estaban tras la realidad del texto y del viaje.
Sumado a ello, las fotografías muestran escenas en las que se deduce que iban solos, pues hay lugares fotografiados con cierta estrechez así como una imagen tomada entre las rocas de los cerros del Valle en la que vemos a una persona que probablemente es uno de los hermanos (concretamente Joaquín, a la vista de la comparativa con retratos suyos con esa edad, con el mismo bigote y perfil y vestimenta perfectamente compatible) y la sombra en el suelo de solo una persona más (el fotógrafo) que se correspondería con Serafín. El personaje retratado, además, parece llevar en la mano un portaplacas fotográficas o bien algún tipo de libreta.
Semana Santa de Toledo en 1897 el 15 y 16 de abril de ese año. Fotos de "El Diablo Cojuelo" publicadas en Nuevo Mundo el 29 de abril. Colección personal de Eduardo Sánchez Butragueño. Semana Santa de Toledo en 1897 el 15 y 16 de abril de ese año. Fotos de "El Diablo Cojuelo" publicadas en Nuevo Mundo el 29 de abril. Colección personal de Eduardo Sánchez Butragueño. Los Hermanos Serafín (i) y Joaquín (d) Álvarez Quintero en su juventud Comencemos el repaso al resto de estas impagables fotografías. La primera que os ofrezco, no publicada en el artículo, se corresponde con su llegada a la estación de ferrocarril, que en 1897 era aún la primigenia de 1858, muy distinta de la preciosa neomudéjar que disfrutamos desde 1919. La estampa captada por los hermanos sevillanos encaja a la perfección con lo expresado en el texto: una multitud que bajaba del botijo (así mencionan a este tren los dramaturgos) y que se topaba en el andén con muchos toledanos que se ofrecían para diferentes servicios. La imagen está fechada y la caligrafía es perfectamente compatible con algunos de los textos originales conocidos de los hermanos, especialmente la de Serafín.
Estación de ferrocarril en la Semana Santa de Toledo en 1897 el 15 y 16 de abril de ese año. Foto de los hermanos Álvarez Quintero publicada bajo el pseudónimo de  "El Diablo Cojuelo" en Nuevo Mundo el 29 de abril. Colección personal de Eduardo Sánchez B. En el ascenso desde la estación hasta el centro histórico, los Serafín y Joaquín se detuvieron para fotografiar el puente de Alcántara y el castillo de San Servando. Se puede apreciar una larga hilera de gente en la acera del paseo de la Rosa así como en el propio puente, realizando el mismo recorrido que los andaluces. Se aprecia bien también el chamizo por entonces existente en lo que luego sería el restaurante La Cubana:
Puente de Alcántara y Castillo de San Servando. Semana Santa de Toledo en 1897 el 15 y 16 de abril de ese año. Fotos de "El Diablo Cojuelo" publicadas en Nuevo Mundo el 29 de abril. Colección personal de Eduardo Sánchez Butragueño. Primer edificio de lo que fue el restaurante la Cubana. Foto tomada en 1897 por los hermanos Álvarez Quintero. Cuando visitaron Toledo en aquel lejano mes de abril de 1897, los hermanos contaban solo con 24 y 26 años, estando en un momento dulce de su vida y de su carrera. Habían trasladado su residencia a Madrid desde Sevilla, y ya contaban con varias obras comedias publicadas y representadas en la capital. Aquel mismo año de 1897 se produciría su primer gran éxito en Madrid con la obra El ojito derecho.
En el texto son frecuentes las menciones a la belleza de las mujeres toledanas que los hermanos Álvarez Quintero encontraron en la ciudad. Una de las imágenes insertadas en el artículo tiene como pie de foto esta frase: "Un mirador digno de ser muy bien mirado". La escasa resolución de las reproducciones gráficas de aquella época debió hacer que los lectores no entendiesen el porqué de esa descripción.
"Un mirador digno de ser muy bien mirado". Artículo de El Diablo Cojuelo en la Revista Nuevo Mundo, 29 de abril de 1897. Colección personal de Eduardo Sánchez Butragueño. El caso es que casi 130 años después podemos comprenderla gracias que esa foto es otra de las incluidas en el lote que adquirí: en dicho mirador se asoman dos jóvenes toledanas que saludaban a los andaluces.
Semana Santa de Toledo en 1897 el 15 y 16 de abril de ese año. Foto de los hermanos Álvarez Quintero publicada bajo el pseudónimo de  "El Diablo Cojuelo" en Nuevo Mundo el 29 de abril. Colección personal de Eduardo Sánchez Butragueño. Dos mujeres jovenes asomadas a un mirador. Semana Santa de Toledo en 1897 el 15 y 16 de abril de ese año. Foto de los hermanos Álvarez Quintero publicada bajo el pseudónimo de  "El Diablo Cojuelo" en Nuevo Mundo el 29 de abril. Colección personal de ESB. Las imágenes más valiosas del conjunto se corresponden con las tomadas en las procesiones de aquella Semana Santa de 1897. Comenzaremos por las del Jueves Santo en las que aparecen dos famosos y trístemente desaparecidos pasos que se conservaban en la iglesia de la Magdalena: la Elevación de la Cruz y la Calle de la Amargura, ambos datados en el siglo XVIII que eran de grandes dimensiones y poseían una gran expresividad. Pertenecían a la cofradía de la Vera Cruz y desaparecieron para siempre en 1936 con la destrucción de la iglesia de la Magdalena durante la guerra civil. En estas preciosas fotos —las más antiguas que se conservan de la Semana Santa toledana— los vemos a los pies de la catedral:
Paso de la Elevación de la Cruz. Semana Santa de Toledo en 1897 el 15 y 16 de abril de ese año. Foto de los hermanos Álvarez Quintero publicada bajo el pseudónimo de  "El Diablo Cojuelo" en Nuevo Mundo el 29 de abril. Colección personal de Eduardo S. B. Paso de la Calle de la Amargura. Semana Santa de Toledo en 1897 el 15 y 16 de abril de ese año. Foto de los hermanos Álvarez Quintero publicada bajo el pseudónimo de  "El Diablo Cojuelo" en Nuevo Mundo el 29 de abril. Colección de Eduardo Schez Butragueño Pasamos ahora al día siguiente, Viernes Santo, en el que los sevillanos nos regalaron estas excelentes imágenes tomadas probablemente en la calle de la Plata. Una de ellas se trata de la que yo tenía grabada en la memoria y que me permitió identificarla en la casa de subastas asociada al citado artículo de Nuevo Mundo: la del Cristo del Descendimiento:
Semana Santa de Toledo en 1897 el 15 y 16 de abril de ese año. Fotos de Serafín y Joaquín Álvarez Quintero publicadas bajo el pseudónimo de "El Diablo Cojuelo" en Nuevo Mundo el 29 de abril. Colección personal de Eduardo Sánchez Butragueño. En la otra foto tomada en la misma calle apreciamos los capuchones con sus tambores mientras un niño intenta que no se apague la vela que porta. En el suelo, se proyecta la sombra de un cristo de un paso precedente en el cortejo.
Semana Santa de Toledo en 1897 el 15 y 16 de abril de ese año. Fotos de "El Diablo Cojuelo" publicadas en Nuevo Mundo el 29 de abril. Colección personal de Eduardo Sánchez Butragueño. En el entorno de la catedral, los geniales hermanos fotografiaron ciertos detalles como la Puerta de los Leones:
Puerta de los Leones. Semana Santa de Toledo en 1897 el 15 y 16 de abril de ese año. Fotos de Serafín y Joaquín Álvarez Quintero publicadas bajo el pseudónimo de "El Diablo Cojuelo" en Nuevo Mundo el 29 de abril. Colección personal de Eduardo Sánchez B. En su recorrido por la ciudad, ya vimos que ascendieron a los cerros del Valle. En ese punto tomaron esta excelente perspectiva general de la ciudad.
Semana Santa de Toledo en 1897 el 15 y 16 de abril de ese año. Fotos de "El Diablo Cojuelo" publicadas en Nuevo Mundo el 29 de abril. Colección personal de Eduardo Sánchez Butragueño. En un pasaje del texto mencionan las torres mudéjares de Toledo. Ello se corresponde bien con el hecho de haber fotografiado la iglesia de San Miguel con su esbelto campanario:
Semana Santa de Toledo en 1897 el 15 y 16 de abril de ese año. Fotos de "El Diablo Cojuelo" publicadas en Nuevo Mundo el 29 de abril. Colección personal de Eduardo Sánchez Butragueño. Los jóvenes escritores descendieron también hasta la mismísima orilla del Tajo, donde obtuvieron esta fotografía de unos bueyes bebiendo las entonces limpias aguas del Tajo junto al puente de San Martín:
Semana Santa de Toledo en 1897 el 15 y 16 de abril de ese año. Fotos de "El Diablo Cojuelo" publicadas en Nuevo Mundo el 29 de abril. Colección personal de Eduardo Sánchez Butragueño. Para finalizar, os dejo con la transcripción literal completa (sin cambiar errores o usos ortográficos de entonces) del artículo publicado en Nuevo Mundo que fue ilustrado con estas fotos y varios dibujos también de su autoría. Da buena fe del humor y gracia de los hermanos y supone un retrato fresco y alegre de la Semana Santa toledana de 1897:
RECUERDOS DE TOLEDO
APUNTES DE VIAJE
¡Adiós, Madrid, que me voy a Toledo en el botijo!...
Silba el tren, como si protestara contra la carga de gente que lleva, y se arranca de mal humor y refunfuñando por el llano adelante... Dentro de tres ó cuatro horas es posible que esté en la ciudad de Garcilaso. —¿Tres ó cuatro horas he dicho? ¡Ay! ¡Me da el corazón que si llego voy á llegar hecho un higo de Fraga!
**
Mis compañeros de viaje son en extremo comunicativos y alegres. Algunos huelen, y no precisamente á ámbar. Como si obedeciesen á orden secreta, noto que todos principian á engullir al mismo tiempo. Veo tortillas que parecen babuchas morunas. Surgen botas de vino como por encanto. Una mamá me suplica que le cuente cuentos á su niño mientras ella almuerza. Un caballero se da á partir salchichón sobre uno de mis hombros, no sin decirme sonriente: —Ustez disimule la confianza.
El de enfrente me ha tomado por una boquilla de espuma de mar, y me echa á la cara todo el humo de su habano (es un decir). Cuando ninguno lo espera, un señor que va en un rincón, sin meterse con nadie, se mete con todos á la vez rompiendo á cantar por todo lo alto, con pretensiones inclusive. El coche se estremece de júbilo, y cruje y se grietea por el techo...
Acaban de introducirme por un ojo el puño de un bastón de esos de naipes. Soy feliz.
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¡Contra todas las probabilidades, he llegado! ¡Y qué llegada, santo Dios! Al bajar del sleeping (es otro decir) un enjambre de Rinconetes en agraz y Cortadillos en canuto, cae sobre los desencuadernados viajeros, como la tempestad sobre las mieses, brindándose a servir lo mismo para un barrido que para un fregado.
De pronto ¡ay! diviso en el andén dos archicelestiales toledanitas que fijo esperan á alguien que por desgracia no soy yo... Aparición tan agradable me hace dar por bueno hasta el timbre de voz del tenor de marras. De pura admiración se me cae de las manos la cartera en que tomo estas notas; á mi compañero Polilla túrbasele el sentido; el bueno del fotógrafo que nos acompaña está á punto de estropear las placas que trae, y Ciutti pierde la cabeza y el álbum de dibujo. ¡Influencia de los hechiceros ojos toledanos en las almas sensibles!...
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¡Adentro! Que aquí vale tanto como decir: ¡arriba!
Un cadete, dos cadetes, tres cadetes... Delante cadetes, detrás cadetes, á diestra y siniestra cadetes... Instintivamente miro hacia el cielo á ver si cae algún cadete… Penetro en el intrincado laberinto de calles tortuosas y estrechas que forman esta sugestiva y artística ciudad, y acompañado del cicerone más joven, más lindo y más simpático que darse puede, Pepito Infantes, voy y vengo, bajo y subo, sin tregua ni reposo... Aquí me paro ante una torrecilla mudéjar, de esas que, como nota dominante y característica, tanto abundan en Toledo; allí me detengo á admirar una portada gótica; ya paso por una calle solitaria y llena de misterioso encanto, como aquellas en que vivió la poética monja de las Tres Fechas; ya atisbo por una ventana un patio que me habla de los de mi tierra andaluza. Ora me encanto en la contemplación de San Juan de los Reyes, maravilla de maravillas; ora me extasío en la preciada y rica Catedral, dechado y ejemplo de todas las artes; ya me estremezco ante la sombría imagen del Cristo de la Vega; ya se me alegra y se me ensancha el alma trepando por las rocas bravías hacia el santuario de la Virgen del Valle, aunque no precisamente con el fin de tirar de la cuerda de la campana para conseguir casarme en este año...
Y doy la vuelta á la ciudad por la orilla del Tajo, que sosegado y tranquilo la abraza, alborotándose sólo en las presas de los molinos, como hombre de genio apacible que desea probar que también tiene sus arranques de cólera. Y unas veces pisando menuda arena, otras lastimándome los pies en las desiguales y duras piedras de afueras y calles, corro desalado por doquier queriendo ver todo lo visible, y sintiendo en el alma, á fuer de enamorado del arte, que se me queden por admirar muchas más cosas de las que admiro...
Pero ¡qué diablo! el viajar en botijo ¡alguna contra había de tener!...
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Los naturales del país me aseguraban que las procesiones del jueves no me gustarán tanto como las del viernes; pero yo confieso con sinceridad que lo mismo me han gustado unas que otras, y que me parece injusta á todas luces la preferencia que sienten por las últimas. Hoy viernes he podido verlo. La única ventaja, si vale llamarla así, de las unas sobre las otras, son los nazarenos y los armados. Por lo demás, el mismo mérito artístico ven mis profanos ojos en las imágenes de ambas; el mismo gusto y riqueza en sus ropajes y el mismo orden y la misma seriedad en su carrera.
La animación es grande de uno y otro día. Las calles por donde pasan las procesiones se llenan de gente, ansiosa de que aparezcan las renombradas imágenes ante sus ojos. A lo mejor, la anchura de un paso o la estrechez de una calle ó quizá ambas cosas á la vez, obligan á los curiosos á incrustarse materialmente en las paredes ó á entrar en los portales, volviendo luego á ocupar sus primitivos puestos y posturas hasta que llega otro paso y se repite la misma curiosa escena, por no decir el mismo paso, cuando acabo de decir que el paso es otro.
A balcones y ventanas se asoma el señorío de la capital. Las muchachas vestidas de negro, con negra mantilla á la cabeza y rosas y claveles graciosamente prendidos. La que más y la que menos tiene un cadete al margen, que estudia estrategia en los traviesos ojos de su toledana.
Las animadas conversaciones se suspenden mientras pasa la procesión, cuya presencia impone silencio y compostura, y vuelven á reanudarse á poco, bien así como en las escuelas, aunque sea extravagante el símil, la entrada del maestro pone coto á los gritos y travesuras de la chiquillería, que apenas se ve sola otra vez torna á las andadas.
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Observo que las dos toledanitas del andén fueron como lindo botón de muestra de las que en esta tierra se crían. Mucho arte antiguo hay que admirar en la ciudad del Tajo, ciertamente; pero aunque en arte moderno no hubiera más tesoro que el que constituyen las hijas del país, allá se irían tesoro con tesoro. Si la que nace hermosa fuera infeliz, como dijo el poeta, Toledo sería un mar de lágrimas.
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No quiero regresar á Madrid sin visitar la campana gorda de la torre de la Catedral. Subo por una escalerilla de caracol tan estrecha y oscura, que no puedo penetrar por ella sino á tientas y de canto. En el primer descansillo, digámoslo así, dóime de manos á boca con este letrero:
«De orden de las autoridades civil y eclesiástica se prohibe terminantemente que las personas que visiten esta torre no toquen las campanas.»
¡Ah! ¿Se me prohibe que no las toque? —me digo— Bueno, ¡pues las tocaré! ¿qué trabajo me cuesta?
Pero veo que sigue:
«A quien se permita tocarlas se le impondrá una multa de cinco pesetas.»
¿Con que se me prohibe no tocarlas y si las toco me echan un multazo? ¡Pues me voy á Madrid sin ver ese prodigio, aunque ya le he dado los diez céntimos á la campanera!
El Diablo COJUELO
Caricatura de un capuchón o nazareno en un texto firmado por "El Diablo Cojuelo". Revista Nuevo Mundo, 29 de abril de 1897 Un armado de semana santa en Toledo, caricatura en un texto firmado por "El Diablo Cojuelo". Revista Nuevo Mundo, 29 de abril de 1897 Después de aquel viaje a Toledo siendo veinteañeros, los hermanos Álvarez Quintero hicieron disfrutar sobremanera al público español con varias décadas de enorme capacidad creativa, componiendo multitud de obras que alcanzaron gran fama, como El patio (1900), Las de Caín (1908), El genio alegre (1906), Malvaloca (1912), Puebla de las mujeres (1912), Amores y amoríos (1908) o La reina mora (1903). Tras una exitosa carrera y un reconocimiento unánime, el final de la vida de los hermanos fue bastante triste. Ambos fueron apresados al comienzo de la Guerra Civil, siendo recluidos por los soldados del bando republicano en la cárcel de El Escorial. Su cautiverio duró varios meses, desde julio de 1936 hasta finales de ese mismo año, cuando lograron recuperar la libertad gracias a diversas gestiones e intercesiones. Serafín falleció aún durante la guerra en Madrid, de muerte natural, el 12 de abril de 1938, mientras que Joaquín falleció el 14 de junio de 1944, también en la capital de España. En 1940, tras la muerte de su querido hermano, tuvo ocasión de regresar a Toledo y posar en el lugar que 43 años antes fotografiaron juntos como hoy hemos podido comprobar.
Joaquín Álvarez Quintero en 1940 en la Ermita del Valle. Fototeca del diario ABC.

sábado, 20 de mayo de 2017

Toledo hacia 1897 fotografiado por Rafael Garzón

Rafael Garzón Rodríguez nació en Granada en 1863 y falleció en 1923. Fue uno de los grandes maestros de la fotografía española de la segunda mitad del siglo XIX y el primer tercio del XX. Empezó su actividad fotográfica en su ciudad natal, mostrando una natural propensión a fotografiar restos árabes tanto en Andalucía como en otras ciudades con pasado islámico como Toledo. Su estudio se situaba en la granadina calle Real de la Alhambra, número 24. En un caso parecido al de Abelardo Linares, abre una sucursal en Córdoba y otra en Sevilla, ofreciendo al público hacerse fotos disfrazados de árabe con telones de fondo que representaban paisajes de la propia Granada, de Córdoba o de Sevilla, aparentando ser el patio de una casa árabe. En Toledo tomó una serie de fotografías muy bellas hacia 1897, pues se sabe que Garzón estuvo en la ciudad en agosto de ese año por la correspondencia que su nieto ha podido recopilar y catalogar. Se trata de unas 200 vistas de Toledo de una calidad técnica y compositiva muy alta, fiel reflejo de la ciudad que se disponía a despedir el siglo XIX. Sus fotografías ilustraron múltiples publicaciones de la época como Panorama Nacional, Maravillas de España o España Artística y Monumental. Del mismo modo, sus fotografías se incluyeron en libros tanto españoles como extranjeros y se mostraron asimismo en tarjetas postales que él mismo editaba en ocasiones.
Retrato de Rafael Garzón Rodríguez Fue también fotógrafo real, realizando retratos oficiales del rey Alfonso XIII. En el extranjero, cabe destacar su trabajo en Marruecos, obteniendo fotografías con un marcado tinte etnográfico. Falleció en 1923, pero sus estudios se mantuvieron abiertos hasta 1935.
Hoy tengo el placer de ofreceros una selección de las mejores fotografías que Rafael Garzón tomó en Toledo. Comenzaremos por esta maravillosa vista del Puente de Alcántara:
Puente de Alcántara en 1897. Fotografía de Rafael Garzón

Su contemplación detallada es una gozada. Deja detalles tan impresionantes como estos bueyes bebiendo en el Tajo. Si hoy bebieran bueyes en el Tajo en Toledo probablemente sería lo último que harían en su vida. El agua cristalina de Entrepeñas y Buendía riega campos de golf en Murcia.
Puente de Alcántara en 1897. Fotografía de Rafael Garzón

Otros detalles de la foto son los arrieros que suben a Doce Cantos y, al fondo, la huerta del Granadal junto al frondoso soto del Tajo:
Puente de Alcántara en 1897. Fotografía de Rafael Garzón

Es muy curioso el hecho de que se conserven fotos muy similares de Garzón desde este punto. Probablemente tomada instantes antes o después que la anterior es esta, en la que ya no se ven ni arrieros ni bueyes:
Puente de Alcántara hacia 1897 por Rafael Garzón

Sí se ven, por contra, una barca cruzando el río y unas casetas de pescadores o de baños a la derecha:
Puente de Alcántara en 1897. Fotografía de Rafael Garzón

Una tercera toma muy similar y del mismo autor, en el mismo día, es esta:
Puente de Alcántara hacia 1895. Fotografía de Rafael Garzón

Otra imagen del Puente de Alcántara, en concreto uno de sus torreones:
Puente de Alcántara en 1897 por Rafael Garzón Una de las fotografías más curiosas de Garzón en Toledo es esta excelsa vista del Arco de la Sangre. Podéis ver en la esquina del la calle junto al arco un urinario de los varios que existían en la ciudad en "puntos estratégicos":
Arco de la Sangre en 1897 por Rafael Garzón
Urinario junto al Arco de la Sangre (Toledo) a finales del siglo XIX. Fotografía de Rafael Garzón (detalle)

Son preciosas las vistas que obtuvo de la Puerta del Cambrón:
garzón
Puerta del Cambrón en 1897 por Rafael Garzón

El ábside de San Juan de los Reyes es una de sus fotografías toledanas más aclamadas:
Ábside de San Juan de los Reyes por Rafael Garzón hacia 1897

Esta es una muy bella vista de la Escuela de Artes aún en obras:
Escuela de Artes de Toledo en 1897. Fotografía de Rafael Garzón

La torre de la Iglesia de Santo Tomé aparece majestuosa en esta imagen de Garzón:
Torre de Santo Tomé en 1897 por Rafael Garzón

El Hospital de Santa Cruz en curiosas tomas:
Hospital de Santa Cruz en 1897. Fotografía de Rafael Garzón. "Fachada de Santa Cruz. Nº 1713"
Detalle del Hospital de Santa Cruz (fachada) en 1897 por Rafael Garzón
Hospital de Santa Cruz. Fotografía de Rafael Garzón
Militares con un tambor en la fachada del Hospital de Santa Cruz en 1897 por Rafael Garzón (detalle)
Hospital de Santa Cruz  en 1897 por Rafael Garzón

Esta es una bella vista de Zocodover, engalanada con motivo de las fiestas de la Virgen del Sagrario:
Verbena en Zocodover a finales del siglo XIX. Fotografía de Rafael Garzón

Una toma inversa es esta, con la multitud al fondo agolpada en torno a un punto (desconozco el por qué):
Zocodover a finales del siglo XIX. Fotografía de Rafael Garzón

Esta otra toma es probable que también sea de su autoría:
Plaza de Zocodover de Toledo a finales del siglo XIX. Fotografía de Rafael Garzón.

Cerca de Zocodover, Garzón inmortalizó la Posada de la Sangre:
Patio de la Posada de la Sangre hacia 1885. Fotografía Rafael Garzón. The Hispanic Society of America

Es muy bella esta vista en la que se observa en primer término el Paseo del Carmen y al fondo el Alcázar en pleno proceso de reconstrucción tras el incendio de 1887:
Alcázar de Toledo a finales del siglo XIX. Fotografía de Rafael Garzón

Son muy interesantes las diferentes tomas de la Catedral, interiores y exteriores:
Catedral en 1897 por Rafael Garzón
Fachada de la Catedral de Toledo a finales del siglo XIX. Fotografía de Rafael Garzón
Sepulcro en la Catedral de Toledo a finales del siglo XIX. Fotografía de Rafael Garzón
Catedral de Toledo con su cimborrio aún en pie a finales del siglo XIX. Fotografía de Rafael Garzón
Catedral de Toledo hacia 1897. Fotografía de Rafael Garzón.  Bibliothèque Nationale de France
Catedral de Toledo  en 1897 por Rafael Garzón

La Plaza del Ayuntamiento:
Ayuntamiento de Toledo  en 1897 por Rafael Garzón

Un arriero en el Puente de San Martín:
Puente de San Martín hacia 1897. Fotografía de Rafael Garzón

Es absolutamente soberbia esta vista de la portada del Palacio de Fuensalida:
Palacio de Fuensalida en 1897 por Rafael Garzón

En esta vista desde Solanilla se ve que aún están en construcción tanto el Matadero Municipal (actual Instituto Sefarad) como la Diputación Provincial:
Toledo visto desde el barrio de Solanilla-Olivilla hacia 1897. Fotografía de Rafael Garzón.  Bibliothèque Nationale de France
Vista de Toledo desde el oeste hacia 1897. Fotografía de Rafael Garzón (BNF)
Vista de Toledo desde el oeste hacia 1897. Fotografía de Rafael Garzón (BNF)

Una vista muy bella del Salón de la Casa de Mesa:
Casa de Mesa. Rafael Garzón. Biblioteca Nacional

Aquí tenemos una preciosa vista de la Puerta del Sol:
Puerta del Sol hacia 1897 por Rafael Garzón

Es posible que esta foto de la llamada Casa del Greco fuese tomada por Garzón:
Casa del Greco hacia 1900


Una bella vista de la Sinagoga de Santa María la Blanca:
Sinagoga de Santa María la Blanca hacia 1897. Fotografía de Rafael Garzón

El precioso patio del Hotel Castilla, hoy Tesorería de la Seguridad Social:
Patio del Hotel Castilla a finales del siglo XIX. Fotografía de Rafael Garzón

Esta vista del Castillo de San Servando es sencillamente espectacular:
Castillo de San Servando (Toledo) a finales del siglo XIX. Fotografía de Rafael Garzón

La casa del pintor Ricardo Barajas en la calle del Cristo de la Luz:
Patio de una casa toledana a finales del siglo XIX. Era propiedad de Ricardo Barajas, pintor y está en la Calle Cristo de la Luz. Fotografía de Rafael Garzón

Aquí vemos el claustro gótico de San Juan de los Reyes:
Monasterio de San Juan de Los Reyes a finales del siglo XIX. Fotografía de Rafael Garzón
Monasterio de San Juan de Los Reyes a finales del siglo XIX. Fotografía de Rafael Garzón.

Una vista desde el Valle:
Vista de Toledo en 1897 por Rafael Garzón

Otra toma del Puente de Alcántara:
Puente de Alcántara y Alcázar  en 1897 por Rafael Garzón

La Posada de la Hermandad:
Posada de la Hermandad. Fotografía de Rafael Garzón en 1897. Archivo Municipal de Toledo. El Cristo de la Vega:
Ábside de la ermita del Cristo de la Vega (Basílica de santa Leocadia). Fotografía de Rafael Garzón en 1897. Archivo Municipal de Toledo. El Hotel Castilla:
Fachada del Gran Hotel de Castilla. Fotografía de Rafael Garzón en 1897. Archivo Municipal de Toledo. El Paseo del Miradero:
Paseo del Miradero. Fotografía de Rafael Garzón en 1897. Archivo Municipal de Toledo. Una vista general desde el Alcázar:
Vista de Toledo desde el Alcázar hacia 1897. Fotografía de Rafael Garzón

La Puerta de Bisagra:
Interior de la Puerta de Bisagra  en 1897 por Rafael Garzón

Como veis, estamos ante un fotógrafo de quitarse el sombrero, probablemente uno de los mejores de España en la transición del siglo XIX al XX. Esperando que os hayan gustado las fotos seleccionadas de su extensa obra, solo me queda recordaros que aún restan más de 20 días para poder ser mecenas del próximo libro, la edición especial conmemorativa del 10º aniversario de Toledo Olvidado. Una vez más, no tengo palabras para agradeceros la acogida que está teniendo y vuestra generosidad que permitirá, de nuevo, que un libro de fotografía histórica de Toledo vea la luz.
© TOLEDO OLVIDADO
Maira Gall