1864
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jueves, 30 de abril de 2026

La primera (y, probablemente, única) fotografía antigua de la ermita de la Virgen de Gracia

Existen rincones de Toledo que siguen escondiendo edificios prácticamente desconocidos, pese a que alguno de ellos esté profundamente arraigado en la toponimia de la ciudad. Uno de ellos es, sin duda, la ermita de la Virgen de Gracia, que da nombre a toda una zona del centro histórico de la vieja ciudad castellana.
Las razones de su actual paso desapercibido para la inmensa mayoria de residentes y visitantes se deben a su ocultamiento por otros edificios desde hace ya muchas décadas. Es por ello, en mi opinión, muy relevante poder haceros partícipes a través de este blog de un hallazgo que he tenido la ocasión de realizar tras mirar con mucho detenimiento una antigua fotografía de 1864 tomada por Alfonso Begue, conservada en el Archivo Histórico Provincial.
Pero, antes de mostrárosla, os contaré resumidamente la historia de esta desconocida ermita de la Virgen de Gracia. Según nos cuenta Julio Porres Martín-Cleto en su célebre obra Historia de las Calles de Toledo, sabemos que el edificio estaba ya en pie al menos desde 1776, pues es mencionada en un documento redactado ese año a modo de catastro por alarifes municipales. Su origen exacto, según narraron en el siglo XIX autores Sixto Ramón Parro y el vizconde de Palazuelos, podría remontarse a finales del siglo XVII o comienzos del XVIII. El elevado lugar en el que se erige se conocía desde tiempos de Alfonso VI como Acaba, citándose también la plaza de Abensosán al final de la subida, como también nos recuerda Porres. En toda la zona se levantaba una manzana de viviendas aún en pie en épooca del Greco, pero que poco a poco fueron arruinándose, transformando la zona en un derrumbadero o escombrera, a modo de "rodadero interior" parecido a los que vertian hacia el Tajo en los bordes de la ciudad.
Vista de Toledo desde la vega del Tajo. Detalle del fresco de Luca Giordano (Lucas Jordán) de la sacristía de la Catedral de Toledo realizado en 1697. Foto de Eduardo Sánchez Butragueño. El caso es que el edificio fue descrito con poco entusiasmo por Parro de este modo:
Descripción de la ermita de la Virgen de Gracia por Sixto Ramón Parro en Toledo en la Mano Descripción de la ermita de la Virgen de Gracia por Sixto Ramón Parro en Toledo en la Mano (2) Descripción de la ermita de la Virgen de Gracia por Sixto Ramón Parro en Toledo en la Mano (3) No menos crítico fue Palazuelos, que llegó a calificar en 1894 de "perverso" el gusto del retablo que adornaba la ermita.
Sea como fuere, el rastro documental del edificio se pierde casi por completo a partir de 1901, fecha en que las Damas Catequistas compran la finca y construyen sus dependencias alrededor de la ermita, que quedó desde entonces oculta a la vista desde la calle, integrada en el jardín interior del complejo de esta congregación religiosa benéfica.
Por lo tanto, debido al escaso renombre o fama artística de la ermita, y a la desaparición de su apertura visual hacia la calle desde las citadas obras de 1901, no existían hasta hoy fotografías antiguas conocidas del inmueble. Sin embargo, en fechas recientes, decidí escudriñar detenidamente la foto de Alfonso Begue de la que os hablaba al principio. Se trata de una imagen muy querida para mí, pues la elegí como portada del libro Toledo Olvidado 2 y muestra a unos bañistas a la orilla del Tajo nada menos que en 1864. Dado que obtuve copia en alta resolución del cristal original por parte del Archivo Histórico Provincial, pude detenerme a ampliar los detalles de la imagen. Cuando vi el edificio, mi primera impresión fue de sorpresa. ¿Qué era esa espadaña que asomaba por encima de la puerta del Cambrón? Fue así como me detuve a analizar la perspectiva, llegando a la conclusión de que se trataba de manera inequívoca de la ermita de la Virgen de Gracia en aquel ya lejano 1864. Os dejo la secuencia de ampliaciones, partiendo de la toma general hasta llegar a la ermita:
Bañistas en el Tajo en 1864. Fotografía de Alfonso Begue © Fondo Rodríguez. Archivo Histórico Provincial. JCCM Ermita de la Virgen de Gracia en 1864. Detalle de una fotografía de Alfonso Begue. Ermita de la Virgen de Gracia en 1864. Detalle de una fotografía de Alfonso Begue. La prueba definitiva de que se trataba de esta ermita fue su comparación con las fotos actuales del patio, en el que las damas siguen desarrollando su encomiable labor a través de la fundación Dolores Sopeña. Se aprecia perfectamente cómo la fachada y la espadaña se mantienen sin apenas modificaciones, siendo un curioso caso de edificio ciertamente congelado en el tiempo, encapsulado entre altos muros sin apenas ser visto por nadie.
Ermita de la Virgen de Gracia. Asociación de Amigos de los patios de Toledo. Ermita de la Virgen de Gracia. Foto de Manuel Pellicer. Ermita de la Virgen de Gracia. Asociación de Amigos de los patios de Toledo. Pintura de la virgen en la ermita de Nuestra Señora de Gracia de Toledo. Colección Luis Alba. Archivo Municipal de Toledo. Pintura de la virgen en la ermita de Nuestra Señora de Gracia de Toledo. Colección Luis Alba. Archivo Municipal de Toledo. Pintura de la virgen en la ermita de Nuestra Señora de Gracia de Toledo. Colección Luis Alba. Archivo Municipal de Toledo. Retablo del interior de la Ermita de la Virgen de Gracia. Fundación Dolores Sopeña. Emita de la Virgen de Gracia (Google Maps) Ermita de la Virgen de Gracia vista desde un Globo hacia 1990. Colección personal de Eduardo Sánchez Butragueño. En cuanto al actual paseo que lleva el nombre de la Virgen de Gracia, decir que fue a comienzos del siglo XX cuando se sujetó el derrumbadero con un sólido pretil, capaz de generar el actual paseo-mirador arbolado, punto destacado de encuentro vecinal para los habitantes del barrio. Existen bonitas fotografías antiguas de este enclave.
Una multitud con banda municipal asiste a la plantación de árboles en la Fiesta del Árbol el 21 de febrero de 1925 en el paseo de la Virgen de Gracia. Foto de Rodríguez. Fototeca del diario ABC. Nevada en el paseo Virgen de Gracia en los años 40. Donación de Fernando Riaño Sánchez de la Poza Mirador en el paseo de la Virgen de Gracia en 1980. Archivo Fotográfico Luis B. Lluch Garín Desde este paseo se han obtenido a lo largo de la historia algunas de las mejores fotos de San Juan de los Reyes, pues lo elevado del cerro y la cercanía al monasterio gótico hacen de este lugar la mejor atalaya para fotografiarlo:
Vista de San Juan de los Reyes hacia 1900 por Alois Beer desde el cerro de la Virgen de Gracia San Juan de los Reyes desde la Virgen de Gracia. Fotografía de Pedro Román Martínez publicada en "La Hormiga de Oro" el 20 de abril de 1918. Colección personal de Eduardo Sánchez Butragueño. Vista desde el Cerro de la Virgen de Gracia San Juan de los Reyes desde el cerro de la Virgen de Gracia. Fotografía de Gabriel Pinto La festividad de la Virgen de Gracia se celebraba el 15 de septiembre y se otorgaban indulgencias ligadas a ella:
Gracias e indulgencias otorgadas por la hermandad de la Virgen de Gracia de Toledo en el siglo XIX. Esperando que el descubrimiento de esta única foto de una ermita tan desconocida os haya gustado, solo me queda agradecer la labor diaria de la fundación Dolores Sopeña, verdaderamente admirable desde hace más de un siglo en Toledo.

martes, 31 de mayo de 2016

Los rostros de las fotografías de Alfonso Begue en el Tajo en Toledo en 1864

Desde que las descubrí, llevo unos años enamorado de unas fotografías que el genial pionero toledano Alfonso Begue obtuvo del río Tajo en Toledo hacia 1864, poco antes de su prematuro fallecimiento.
Se trata de una serie de placas originales de cristal que, por razones desconocidas, se encontraban en los inmensos fondos de la Casa Rodríguez, adquiridos por la Junta de Comunidades en los años 80 del siglo XX.
Son imágenes que no fueron (hasta donde yo sé) incluidas en las series comerciales de imágenes estereoscópicas publicadas por Alfonso Begue. Más bien, parecen fotografías realizadas de manera personal para un uso restringido a su círculo más cercano. Y eso es precisamente lo que más me atrae de ellas, y probablemente lo que las confiere un valor inolvidable.
Ya sé que lo he escrito arriba, pero lo quiero repetir: son imágenes de 1864. Sí, 1864. Mil ochocientos sesenta y cuatro. ¡Mil ochocientos sesenta y cuatro!
¿Somos conscientes de lo que ello significa? Son instantes reales, coordenadas espaciotemporales inmortalizadas para la eternidad hace más de un siglo y medio. Y lo mejor de todo...su calidad y estado de conservación es excepcional. Aunque ya publiqué varias de ellas en el libro "Toledo Olvidado 2", para lo cual adquirí las copias en altísima resolución al Archivo Histórico Provincial de Toledo que es la institución que las custodia, lo cierto es que la calidad de estas placas, por una vez y sin que sirva de precedente, hace que merezca la pena verlas preferentemente en las ampliaciones que os voy a mostrar que en las versiones impresas en papel del citado libro.
Para contextualizar las fotografías, es bueno resumir la biografía de Begue para que le conozcáis mejor: Alfonso Begue Gamero nació en Toledo en 1834 y falleció a la temprana edad de 31 años en 1865. Es considerado el primer toledano en fotografiar su ciudad. La fenomenal investigación de Rafael del Cerro Malagón ha aportado datos sobre su vida. Su verdadero nombre era Ildefonso –nació un 23 de enero– pero cambió su denominación al ejercer como fotógrafo profesional. De familia más bien acomodada, permaneció con sus padres y sus tres hermanos mayores hasta 1844, desconociéndose el motivo por el que, con 12 o 13 años, abandona Toledo.
Debió ser en la capital de España donde comenzase a fotografiar. Se sabe que en 1861, con 27 años, vivía en la calle de la Luna de Madrid rodeado de una selecta vecindad y ejerciendo ya como fotógrafo. Convivía con la francesa Zenaida García Bíedeau, de 32 años, nacida en París, mujer que continuaría a su lado hasta la muerte, apareciendo luego como viuda. En 1865 se trasladó a la calle de la Montera, lo que anunció en La Correspondencia de España.
El 2 de julio de 1862, su padre Nicolás Begue de la Torre murió en Toledo procediéndose al reparto de la herencia entre los hijos. A Ildefonso (Alfonso) se le cita como soltero y fotógrafo residente en Madrid. El 31 de octubre de 1865, falleció en Toledo durante una de sus visitas debido a un “ataque cerebral fulminante”, cuando contaba tan solo con 31 años, encargándose del enterramiento sus hermanos.
Pese a morir tan joven, a Alfonso Begue le debemos algunas de las mejores fotografías de Toledo de mediados del siglo XIX, a la altura de los mejores pioneros. Se conocen varias series de fotografías estereoscópicas suyas tanto de Madrid como de Toledo –parece ser que fue el primer español en utilizar la fotografía estereoscópica–, así como algunos retratos. De impresionante calidad son los citados negativos que se conservan en el Archivo Histórico Provincial de Toledo dentro del Fondo Rodríguez. Consiguió una importante reputación como fotógrafo e incluso parece que fue un auténtico avanzado al utilizar el polvo de magnesio para iluminar ciertas tomas interiores.

La serie de fotos estereoscópicas custodiadas en el Archivo Histórico Provincial que hoy os voy a diseccionar presenta detalles absolutamente deliciosos. Comenzaremos por ver una imagen del Puente de Alcántara en la que aparece un personaje con bigote fumando un puro, vestido elegantemente y posando con un aire relajado y de complicidad con el fotógrafo. Quedaos con su cara, porque se va a repetir en muchas imágenes. ¿Quien sería? ¿Un hermano de Begue? ¿Un amigo? ¿Un voluntario? ¿El propio Begue? Todo son incógnitas, pero la estampa bien merece dejar volar la imaginación. En la imagen destaca la presencia de edificios desaparecidos como los restos del Artificio de Juanelo, el Hospital de Santiago, la Fonda de la Caridad de Lorenzana, la Plaza de Armas del Puente de Alcántara o el aspecto Alcázar, en ruinas tras la invasión napoleónica.
Puente de Alcántara de Toledo hacia 1864. Fotografía de Alfonso Begue © Fondo Rodríguez, Archivo Histórico Provincial, Junta de Comunidades de C-LM
Toledo en 1864. Detalle de una fotografía de Alfonso Begue.

Cerca de allí, Begue obtuvo esta preciosa vista de los restos del Artificio de Juanelo. Destaca, además del grupo de personas (una de las fotos de grupo más antiguas de la historia de Toledo), la solitaria presencia vegetal de una higuera en las orillas del Tajo:
Artificio de Juanelo y Puente de Alcántara en Toledo hacia 1864. Fotografía de Alfonso Begue © Fondo Rodríguez, Archivo Histórico Provincial, Junta de Comunidades de C-LM

No nos vamos a separar ya del río. Viajamos ahora hasta la zona situada enfrente de la casa del Diamantista, en el embarcadero. Allí, junto a las largas telas puestas a secar, nos llega la inquietante presencia de una persona que de no ser porque es materialmente imposible hubiera jurado que es el mismísimo Abraham Lincoln (en 1864 Lincoln vivía una histórica proclamación como presidente en plena guerra civil norteamericana) tanto por su rostro como por su barba y atuendos. Al fondo aparecen los molinos de Saelices:
Toledo hacia 1864. Fotografía de Alfonso Begue © Fondo Rodríguez, Archivo Histórico Provincial, Junta de Comunidades de C-LM
Toledo en 1864. Detalle de una fotografía de Alfonso Begue.
Toledo en 1864. Detalle de una fotografía de Alfonso Begue.

Intrigados aún por la posible identidad del personaje anterior, giremos la vista casi en ángulo recto para mirar ahora hacia la propia casa del Diamantista. En una excelsa fotografía, junto a unos bellísimos álamos blancos podemos ver la propia casa del joyero José Navarro (el famoso diamantista) tan solo dos años después de su muerte. Se observa también la presencia de dos hombres, uno muy joven y otro con gorra, de nuevo con las largas tiras de tela a sus pies:
Embarcadero de la Casa del Diamantista en Toledo hacia 1864. Fotografía de Alfonso Begue © Fondo Rodríguez, Archivo Histórico Provincial, Junta de Comunidades de C-LM
Toledo en 1864. Detalle de una fotografía de Alfonso Begue.

Pero el detalle más bello de esta imagen es uno relacionado con el río. Tras los álamos aparece una barca en la que es legible su nombre escrito en la madera con letras oscuras: "(...) DEL VALLE. AÑO (...)". Sin duda es un alusión a su cercanía a la Ermita del Valle y la fecha de su construcción:
Toledo en 1864. Detalle de una fotografía de Alfonso Begue.

Justo en la otra orilla, en las Tenerías, Begue capturó una fotografía cuyo mayor valor es retratar ya vivo el frondoso almez (Celtis australis) que aún en nuestros días vive en la Ermita del Valle, justo en la entrada del actual Restaurante la Ermita. De nuevo aprovecho para reivindicar y reclamar una mayor presencia del almez en la ciudad y un mayor protagonismo de esta especie autóctona en las plantaciones que se realicen en Toledo. Ningún árbol es más toledano que él, ningún árbol está más adaptado a nuestro clima que él. Ejemplares centenarios como este son una buena prueba de ello:
Toledo hacia 1864. Fotografía de Alfonso Begue © Fondo Rodríguez, Archivo Histórico Provincial, Junta de Comunidades de C-LM
Ermita del Valle en Toledo en 1864. Detalle de una fotografía de Alfonso Begue.
Almez de la ermita del Valle en Toledo en 1864. Detalle de una fotografía de Alfonso Begue.

En un lugar indeterminado de la ribera toledana, probablemente aguas arriba del Puente de Alcántara (o puede que aguas abajo del Cigarral del Ángel), en una zona de soto ribereño más denso que en la propia ciudad, Begue logró otra maravillosa imagen. De ella yo destacaría la enigmática identidad de un personaje que en la distancia parece una persona de raza negra, pero que en realidad me inclino a pensar que es un humilde, flaco y renegrido por el sol trabajador de alguna actividad ligada al río:
Toledo hacia 1864. Fotografía de Alfonso Begue © Fondo Rodríguez, Archivo Histórico Provincial, Junta de Comunidades de C-LM
Toledo en 1864. Detalle de una fotografía de Alfonso Begue.
Toledo en 1864. Detalle de una fotografía de Alfonso Begue.

En la foto vuelve a aparece el señor de bigote que ya vimos...
Toledo en 1864. Detalle de una fotografía de Alfonso Begue.
Toledo en 1864. Detalle de una fotografía de Alfonso Begue.

No lejos de allí, Alfonso Begue tomó esta otra fotografía en la que de nuevo identificamos rostros que hemos visto en imágenes precedentes. Muy curiosas son las construcciones de madera situadas junto al río, tal vez efímeros pasos hechos durante la construcción de una presa o tal vez estructuras aprovechadas por pescadores. También destaca la presencia de una barca boca abajo en la orilla:
Toledo hacia 1864. Fotografía de Alfonso Begue © Fondo Rodríguez, Archivo Histórico Provincial, Junta de Comunidades de C-LM
Toledo en 1864. Detalle de una fotografía de Alfonso Begue.
Toledo en 1864. Detalle de una fotografía de Alfonso Begue.
Toledo en 1864. Detalle de una fotografía de Alfonso Begue.

Finalizaremos con la fotografía más especial de todas. Tan especial, que la elegí como portada para el libro Toledo Olvidado 2. Tan mágica que me hizo soñar con una elucubración: la posibilidad de que uno de los retratados fuese Valeriano Bécquer, hermano de Gustavo Adolfo. Un sueño que no es descartable, pues la fecha podría encajar perfectamente, el parecido de Valeriano con el hombre con perilla es innegable, Alfonso Begue era un habitual viajero del tren Toledo-Madrid que tanto usaron los Bécquer y tanto ellos como Begue eran personas conocidas en los círculos culturales toledanos y madrileños. Esta elucubración ha sido recientemente publicada en el libro "Sombras de Bécquer en Toledo" (ha sido un honor colaborar en esta obra coordinada por Francisco Carvajal y editada por La Peña Pobre) y la reproduzco a continuación, en homenaje a este pionero fotógrafo toledano que fue Alfonso Begue, de tan corta vida.

Alfonso Begue, Valeriano Bécquer y un amigo en Toledo en 1864: historia (inventada) de una fotografía.


Estamos en una tarde de agosto del año 1864, calurosa y tranquila, como son las tardes de verano en Castilla y más en Toledo. El río Tajo fluye, abrazando la ciudad, y ajeno aún a la muerte en vida a la que le sometería España algo más de un siglo después.
Allí, junto a los molinos de Azumel, bastante cerca de la Fábrica de Armas, la tarde es más apacible aún en este punto de la ribera, más arbolada de lo que suele ser habitual en aquel secarral que era España en el XIX. Hasta allí han llegado tres hombres, aún jóvenes pues rondan la treintena, para disfrutar unas horas solazándose con el rumor del agua, el canto de las cigarras y el trinar de los pájaros. En este solitario punto, además, disfrutan sin ningún pudor de un refrescante baño después de haberse quitado sus decimonónicas vestiduras para quedarse tan solo con los calzones puestos.
Toledo hacia 1864. Fotografía de Alfonso Begue © Fondo Rodríguez, Archivo Histórico Provincial, Junta de Comunidades de C-LM
Al fondo, la milenaria ciudad les observa desde el entorno de la Puerta del Cambrón y las Vistillas de San Agustín. Y ellos la observan también, en un recíproco intercambio de miradas, de esos que únicamente son posibles en algunos, no muchos, lugares del planeta –solo en aquellos en los que tenemos la certeza de que las ciudades o la naturaleza cobran personalidad e identidad propia…y Toledo es uno de ellos, y estos muchachos lo saben–. Y es que, al fin y al cabo, no son unos muchachos corrientes.
Pasan la tarde charlando sobre la precaria situación del país, sumido en la pobreza y en un interminable vaivén de intrigas y efímeros gobiernos a los que asiste aparentemente impávida la reina Isabel II, habitualmente manipulada por sus ministros y asesores. Tras la renuncia de O´Donnell en marzo de 1863, las elecciones habían sido ganadas por una coalición de progresistas, demócratas y republicanos. En animada conversación, uno de los tres jóvenes se juega una comida a que poco después subiría de nuevo al poder Narváez, como tantas otras veces había sucedido, para dictatorialmente manejar otra vez el cotarro. Dos meses después estaban invitándole en su mesón preferido de aquel Madrid en el que solían vivir los tres.
Habían llegado a Toledo en tren aquella mañana, como tantas otras veces habían hecho, para evadirse de los agobios capitalinos. Tras pasar la tarde en el río, acudirían a la Posada de la Sangre a dormir entre chinches y pulgas –esperaban que las buenas dosis de aquel tintorro que les ponían al cenar les permitieran dormir a pierna suelta ajenos a cualquier inconveniencia– y regresarían a Madrid a la mañana siguiente.
Aquella vez Ildefonso –al que todos le llamaban Alfonso– había traído consigo su voluminoso aparejo con el que tomaba fotografías y que tanta y tan buena fama le estaba haciendo ganar en Madrid. A Alfonso le encantaba enseñar las callejas y parajes de su ciudad natal, en la que aún vivían su madre y hermanos, a aquellos peculiares personajes, grandes amigos suyos, uno sevillano y otro burgalés.
El sevillano, de nombre Valeriano y gran pintor, andaba necesitado de alegrías después de que su mujer Winnefred le hubiera abandonado poco antes llevándose con ella a sus dos pequeños. Solo un hombre de su gran talento y su entusiasta carácter podría superar aquel palo de la vida como él lo estaba haciendo. Era sin duda mucho más alegre que su hermano pequeño, Gustavo Adolfo, siempre tan atribulado y pesimista…aunque más genial que Valeriano si cabe, en este caso con una pluma en la mano. La próxima vez intentarían que él también se uniera a una visita similar…al fin y al cabo Gustavo Adolfo parecía recobrar el ánimo cuando pasaba temporadas en Toledo.
En un momento de la conversación a la orilla del Tajo, Alfonso toma sus cacharros fotográficos, prepara todo lo necesario para emulsionar la delicada placa de cristal, se aleja un poco de sus dos amigos y les pide que se queden inmóviles por un momento. Así hacen. Alfonso al fin obtiene la imagen, que no verán hasta pasadas unas semanas –justo en octubre, en la comida que Valeriano les ganó a ambos al apostar por un nuevo periodo de Narváez en el poder– y que casi siglo y medio más tarde servirá de portada a un libro de fotografías de la vieja ciudad castellana.
Toledo en 1864. Detalle de una fotografía de Alfonso Begue.
Un instante, tan efímero y tan eterno a la vez, gracias a ese moderno invento llamado fotografía. En aquellos días no lo valoraban. Pensaban que lo que hacía Alfonso era maravilloso –verse retratados en aquellas reproducciones que les enseñaba les parecía casi algo mágico– pero no llegaban a comprender lo que en realidad representaba. Solo unos meses después, cuando Alfonso falleció en una de aquellas visitas a Toledo, de un repentino y fulminante ataque cerebral, comprendieron que la fotografía era lo más parecido a la inmortalidad que jamás conocerían.












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