El antecedente remoto se encuentra en el Hospital de la Misericordia, institución documentada en Toledo desde el siglo XV y tradicionalmente vinculada a doña Guiomar de Meneses, quien en 1459 confirmó la donación de sus bienes para sostenerlo. A comienzos del siglo XVII, el hospital abandonó su emplazamiento original y en 1618 se instaló en las casas de los condes de Arcos, junto a la actual plaza de Padilla. Allí permanecería durante más de tres siglos.
El edificio de Padilla fue suficiente durante mucho tiempo, pero con el paso de los siglos comenzó a resultar cada vez menos adecuado. Tras la organización de la Beneficencia provincial, la Diputación asumió su gestión en el siglo XIX y el establecimiento fue adquiriendo una dimensión propiamente provincial. A finales de aquella centuria ya se señalaban sus deficiencias: aunque disponía de salones separados para hombres y mujeres, su distribución era compleja, con numerosas estancias, patios y escaleras, y durante los primeros años del siglo XX aumentaron las críticas por la falta de ventilación y las condiciones de salubridad.La necesidad de construir un nuevo hospital empezó así a plantearse con insistencia. En 1902 ya se discutía públicamente el traslado del viejo establecimiento. Incluso se contempló la posibilidad de aprovechar el Hospital de Santa Cruz, pero acabó imponiéndose la idea de levantar un edificio completamente nuevo, concebido de acuerdo con los criterios sanitarios modernos.
En 1909 la Diputación dio un primer paso formal al aprobar una partida de 20.000 pesetas para construir «un hospital a la moderna por el sistema de pabellones». Durante los años siguientes surgieron distintas propuestas y ubicaciones. En 1911 llegó a parecer que el problema estaba resuelto cuando la familia Leyún ofreció gratuitamente cuatro hectáreas de terreno en la salida hacia Madrid, en la zona que actualmente ocupa el estadio Salto del Caballo o el edificio Toletum. Se encargó incluso un anteproyecto al arquitecto Pedro Vidal y Rodríguez Barba. Sin embargo, el proyecto resultó económicamente inasumible: su presupuesto alcanzaba 1.600.000 pesetas. La iniciativa quedó paralizada y el viejo hospital de Padilla continuó funcionando.
La solución definitiva comenzó a tomar forma a partir de 1915. La Diputación constituyó una comisión para estudiar nuevamente el problema y planteó un concurso para un hospital de 250 camas, diseñado según el entonces moderno sistema de pabellones. En 1916 se fijó además el emplazamiento que acabaría convirtiéndose en definitivo: los denominados cerros de San Blas, junto al castillo de San Servando, un lugar abierto y ventilado, muy alejado de la estrechez y las deficientes condiciones higiénicas del viejo edificio de la plaza de Padilla.
Pero todavía habría que esperar. La finca elegida, conocida como Cigarral del Alcázar, tenía una interesante historia anterior y conservaba importantes restos de una destacada y antigua construcción religiosa: el Monasterio de San Servando:
La Diputación no pudo cerrar su adquisición hasta el 8 de julio de 1925, cuando compró los terrenos a Jesús Echevarría Sainz de la Maza por 45.000 pesetas. La operación permitió finalmente disponer del solar sobre el que levantar el nuevo establecimiento.
A partir de entonces, el proyecto avanzó con rapidez. En 1926 se resolvió el concurso a favor de los arquitectos Manuel Sánchez Arcas, Luis Lacasa y Francisco Solana, y en octubre se adjudicaron las obras por 1.674.922,91 pesetas. El 31 de marzo de 1927 se colocó solemnemente la primera piedra, con la presencia del ministro de la Gobernación, Severiano Martínez Anido. Habían transcurrido casi dos décadas desde aquellas primeras iniciativas de 1909.
Como indicaba anteriormente, el proyecto vencedor fue el presentado por Manuel Sánchez Arcas, Luis Lacasa y Francisco Solana, tres profesionales vinculados a la renovación de la arquitectura española de las décadas de 1920 y 1930. Su propuesta respondía a los principios entonces considerados más avanzados para la construcción hospitalaria: una organización racional de los distintos servicios y la disposición de pabellones especializados, conectados entre sí y adaptados a las diferentes necesidades asistenciales. El programa contemplaba, entre otras dependencias, áreas de Medicina General, Cirugía, enfermedades infectocontagiosas y tuberculosis, además de los servicios generales y espacios destinados al personal religioso encargado de la asistencia.La elección del equipo resulta especialmente significativa desde el punto de vista de la historia de la arquitectura española. Sánchez Arcas y Lacasa desarrollarían posteriormente una importante trayectoria vinculada a la arquitectura racionalista y a la renovación de la arquitectura hospitalaria. El Hospital Provincial de Toledo constituye, por tanto, una de sus primeras experiencias relevantes en este campo y debe entenderse dentro del proceso de modernización de los equipamientos públicos que se produjo durante el primer tercio del siglo XX.
Por ello resultan de gran interés los fondos conservados en la biblioteca de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Politécnica, a los que he tenido acceso y que hoy os muestro en esta entrada del blog. En primer lugar, destacaré las fotografías en las que se observan aún las ruinas del monasterio y los trabajos previos de edificación del hospital:
La construcción se prolongó durante los años siguientes y atravesó un periodo de profundas transformaciones políticas. El edificio comenzó a levantarse durante la Dictadura de Primo de Rivera y su culminación sucedió ya durante la Segunda República. De este modo, el Hospital Provincial constituye también un interesante testimonio material de la transición entre dos regímenes políticos y de la continuidad de determinados proyectos de modernización de las infraestructuras públicas por encima de los cambios institucionales.Finalmente, el nuevo Hospital Provincial Nuestra Señora de la Misericordia quedó concluido y fue inaugurado oficialmente en enero de 1933. El acto tuvo una especial relevancia política, pues contó con la presencia del presidente de la República, Niceto Alcalá-Zamora, y del presidente del Gobierno, Manuel Azaña. La inauguración simbolizaba así la culminación de un proyecto que constituía uno de los principales equipamientos sanitarios de la provincia.
El nuevo Hospital Provincial de la Misericordia representaba, por tanto, mucho más que un cambio de ubicación. Era la respuesta de la Toledo del primer tercio del siglo XX a una concepción moderna de la asistencia sanitaria: espacios amplios, ventilados y organizados mediante pabellones, concebidos específicamente para atender las necesidades de un hospital contemporáneo. Así queda de manifiesto en el extraordinario álbum fotográfico de la obra conservado en la citada bibloteca universitaria (solo pongo una selección de las mejores fotos, dada su extensión).
Así terminó el largo viaje de la Misericordia desde sus orígenes medievales hasta los cerros de San Blas. El edificio que todavía hoy reconocemos junto a San Servando es, en realidad, el resultado visible de una historia mucho más antigua: la de una institución que durante siglos fue adaptándose a las necesidades de los toledanos y que, después de más de trescientos años en la plaza de Padilla, encontró por fin un espacio acorde con la medicina de su tiempo.
Estas son fotos publicadas en el año 1949, tras la Guerra Civil, aunque es probable que fueran tomadas también al poco de la inauguración en 1933:
Más allá de su función asistencial, el edificio representa un episodio destacado de la modernización arquitectónica de Toledo. Su implantación en los cerros de San Servando, su concepción funcional y su sistema de pabellones respondían a criterios sanitarios muy alejados del modelo tradicional del antiguo hospital urbano. El conjunto se integró además en un paisaje estratégico de la ciudad, junto al castillo de San Servando y frente al perfil monumental de Toledo, configurando desde entonces una de las imágenes más reconocibles de la ciudad contemporánea. En la actualidad, el Hospital Provincial continúa figurando entre los centros sanitarios de Toledo, manteniendo su emplazamiento histórico en la subida al castillo de San Servando.Con mi agradecimiento a la ETSAM por su labor preservadora de este legado, me despido por hoy.