viernes, 17 de junio de 2016

Toledo hacia 1900 fotografiado por el genial arquitecto Henri Deneux

Toledo ha atraído históricamente a multitud de personas con motivaciones muy diversas, desde las religiosas a las paisajísticas pasando por las culturales, gastronómicas o lúdicas. Ese enorme potencial de la ciudad de ser capaz de llamar a muy diferentes grupos de personas es sin duda uno de los grandes tesoros de Toledo y una de nuestras grandes oportunidades para el futuro. En el pasado, uno de los colectivos que más sintieron la necesidad de conocer la ciudad fue el de los arquitectos, historiadores y amantes de los monumentos. Por Toledo pasaron algunos de los más afamados arquitectos de la historia para conocer in situ los monumentos que aquí se conservan, pues en ninguna otra ciudad de España es posible disfrutar de notables restos prehistóricos, prerromanos, romanos, visigóticos o medievales en toda su variedad de estilos, como el islámico, mudéjar, frescos románicos, joyas góticas...y por supuesto los sucesivos estilos como el renacentista, el barroco, el neoclasicismo, el modernismo y todo el resto de tendencias arquitectónicas hasta nuestros días.
Por ello resulta indignante, absurdo e inconcebible que la facultad de Historia del Arte no se ubicara en Toledo sino en otra ciudad de la comunidad autónoma sin apenas patrimonio conservado, obligando a los alumnos (muchos de ellos toledanos) a conocer, por ejemplo, la Catedral de Toledo en diapositivas o la Mezquita del Cristo de la Luz en fotocopias y transparencias. Algo similar sucede con Geografía e Historia (¿puede haber un mejor lugar para aprender Historia que Toledo?) o Bellas Artes (al menos esa se ubicó en la bellísima Cuenca). Solo en fecha reciente se enmendó parcialmente este agravio incomprensible al crear la facultad de Arquitectura.
A comienzos del siglo XX, hacia 1900, visitó Toledo uno de los mejores arquitectos franceses de la Historia: el gran Henri Deneux.
Henri Deneux
Henri-Louis Deneux, nacido el 16 de octubre de 1874 en Reims, acudió a una escuela situada cerca de una iglesia. De niño le marcó la pintura que un cura realizó representando una casa, hasta tal punto que aquel simple detalle desencadenó su vocación como arquitecto. Pronto desarrolló una gran pasión por el dibujo y la acuarela, y sus padres descubrieron que para castigarle en su infancia no había nada más eficaz que confiscarle sus lápices de colores. Sus progenitores intentaron que estudiara diseño e ingeniería de oficinas, pero con 17 años se unió al taller de los arquitectos Thierot y Margotin, especialistas en edificios religiosos. Edward Thierot, arquitecto diocesano encargado de la catedral de Reims y profesor de la Escuela Regional de Artes Industriales abierta desde 1889, hace de Deneux su discípulo predilecto. En 1894, tras un año en la escuela, a propuesta de su maestro, fue nombrado Profesor Adjunto, cargo que compaginará con su empleo en el estudio de Thierot y Margotin hasta 1898. Entre sus clientes, se encontró con Denis Darcy, arquitecto gran conocedor de la catedral. Bajo su dirección y orientación, comenzó a conocer a fondo el templo, estudiando el trabajo de los diferentes arquitectos encargados de la catedral en el siglo XIX. Henri Deneux estaba dotado de un gran talento, que le llevó a dibujar preciosas acuarelas de la catedral. Tras ganar experiencia y reconocimiento en trabajos desarrollados en Toulouse y París, en 1912, construyó su propia casa en el 85 de la rue Belliard en París, utilizando hormigón armado y una fachada decorada con azulejos azules y verdes y empleando una innovadora cubierta plana. El edificio fue considerado de inmediato un modelo de la arquitectura de futuro y fue alabado por Anatole de Baudot, el fundador de la Unión de Arquitectos Franceses, estando hoy incluido en la bibliografía de arquitectura moderna como una obra clave.
En 1915 sucede a Paul Gout como jefe de arquitectura de la catedral de Reims. Dirige la dificilísima tarea de restaurarla tras los gravísimos daños sufridos en la Primera Guerra Mundial al ser bombardeada por los alemanes, que vieron en ella un símbolo nacional de Francia que convenía destruir.
Bombardeo de la Catedral de Reims en septiembre de 1914 por aviones alemanes (I Guerra Mundial)
Para colmo de desgracias, un andamio ubicado en la torre norte se incendió, permitiendo que el fuego se propagase por todo el armazón del edificio. Las llamas fundieron todo el plomo de la techumbre que se vertió por las gárgolas, siendo recogido por los vecinos, quienes lo restituyeron después del conflicto.
La restauración comenzó en 1919 bajo la dirección de Deneux, abriéndose al culto en 1938, gracias en parte al apoyo financiero de los Rockefeller. Los trabajos se prolongaron unos 40 años.
Deneux decidió de manera absolutamente genial e innovadora que el armazón de madera destruido fuese sustituido por una estructura más ligera no inflamable, constituida por pequeños elementos de hormigón armado, unidos por chavetas de roble para garantizar la flexibilidad del conjunto.
Henri Deneux
Deneux se encargó también de la restauración de la basílica de Saint-Remi y la iglesia de Saint-Jacques. Todos estos méritos le hicieron ser condecorado en 1927 con el título de caballero de la Legión de Honor de la República Francesa.
Cuando cumplió 65 años se retiró a su casa de París de una manera absolutamente discreta, viviendo el resto de su vida de un modo tremendamente austero, rozando la miseria, y en completa soledad desde el fallecimiento de su esposa Yvonne en 1955.
Henri Deneux falleció el 15 de abril de 1969 en medio de un completo e injusto olvido, siendo enterrado junto a los restos de su esposa tras una ceremonia en la catedral de Reims a la que solo acudieron cuarenta personas.
Deneux realizó hacia 1900 un viaje a Toledo en el que tomó casi una decena de fotografías custodiadas por el Ministerio Francés de Cultura que hoy tengo el placer de ofreceros.
En ellas demuestra ya un gran interés por la arquitectura, centrando las capturas en los diferentes estilos arquitectónicos presentes en Toledo. Comenzaremos por ver esta bella estampa del Palacio de los Duques de Maqueda con San Juan de los Reyes al fondo:
Palacio de los Duques de Maqueda y Monasterio de San Juan de los Reyes en Toledo a comienzos del siglo XX. Fotografía de Henri Deneux © Ministère de la Culture (France), Médiathèque de l'architecture et du patrimoine, Diffusion RMN-GP

Es preciosa esta vista de la Plaza del Ayuntamiento. La presencia de las grandes y viejas acacias ayuda a datar la imagen, pues fueron sustituidas en 1904. Por tanto, la visita de Deneux a Toledo se produjo antes de ese año, probablemente hacia 1900:
Plaza del Ayuntamiento y Catedral de Toledo a comienzos del siglo XX. Fotografía de Henri Deneux © Ministère de la Culture (France), Médiathèque de l'architecture et du patrimoine, Diffusion RMN-GP

Deneux se adentró en el interior de nuestra Catedral. ¿Qué impresión le causaría? ¿Le gustaría más que su amada catedral de Reims?
Catedral de Toledo a comienzos del siglo XX. Fotografía de Henri Deneux © Ministère de la Culture (France), Médiathèque de l'architecture et du patrimoine, Diffusion RMN-GP
Catedral de Toledo a comienzos del siglo XX. Fotografía de Henri Deneux © Ministère de la Culture (France), Médiathèque de l'architecture et du patrimoine, Diffusion RMN-GP

Henri Deneux se interesó también por un templo judaico como es la Sinagoga de Santa María la Blanca. Allí obtuvo esta preciosa vista:
Sinagoga de Santa María la Blanca en Toledo a comienzos del siglo XX. Fotografía de Henri Deneux © Ministère de la Culture (France), Médiathèque de l'architecture et du patrimoine, Diffusion RMN-GP

Volviendo al gótico, Deneux nos dejó esta toma del claustro del Monasterio de San Juan de los Reyes:
Claustro de San Juan de los Reyes en Toledo a comienzos del siglo XX. Fotografía de Henri Deneux © Ministère de la Culture (France), Médiathèque de l'architecture et du patrimoine, Diffusion RMN-GP

Interesado también por lo renacentista, Deneux tomó estas dos fotografías del Hospital de Santa Cruz:
Hospital de Santa Cruz en Toledo a comienzos del siglo XX. Fotografía de Henri Deneux © Ministère de la Culture (France), Médiathèque de l'architecture et du patrimoine, Diffusion RMN-GP
Hosìtal de Santa Cruz en Toledo a comienzos del siglo XX. Fotografía de Henri Deneux © Ministère de la Culture (France), Médiathèque de l'architecture et du patrimoine, Diffusion RMN-GP

Sirva esta entrada como pequeño homenaje a este genio de la arquitectura que permitió recuperar una de las joyas góticas de Europa. Estoy seguro de que su estancia en Toledo, mucho antes de aquella maldita guerra, influyó en él y perduró en su recuerdo y, ¿quien sabe?, tal vez en su titánica obra.

martes, 31 de mayo de 2016

Los rostros de las fotografías de Alfonso Begue en el Tajo en Toledo en 1864

Desde que las descubrí, llevo unos años enamorado de unas fotografías que el genial pionero toledano Alfonso Begue obtuvo del río Tajo en Toledo hacia 1864, poco antes de su prematuro fallecimiento.
Se trata de una serie de placas originales de cristal que, por razones desconocidas, se encontraban en los inmensos fondos de la Casa Rodríguez, adquiridos por la Junta de Comunidades en los años 80 del siglo XX.
Son imágenes que no fueron (hasta donde yo sé) incluidas en las series comerciales de imágenes estereoscópicas publicadas por Alfonso Begue. Más bien, parecen fotografías realizadas de manera personal para un uso restringido a su círculo más cercano. Y eso es precisamente lo que más me atrae de ellas, y probablemente lo que las confiere un valor inolvidable.
Ya sé que lo he escrito arriba, pero lo quiero repetir: son imágenes de 1864. Sí, 1864. Mil ochocientos sesenta y cuatro. ¡Mil ochocientos sesenta y cuatro!
¿Somos conscientes de lo que ello significa? Son instantes reales, coordenadas espaciotemporales inmortalizadas para la eternidad hace más de un siglo y medio. Y lo mejor de todo...su calidad y estado de conservación es excepcional. Aunque ya publiqué varias de ellas en el libro "Toledo Olvidado 2", para lo cual adquirí las copias en altísima resolución al Archivo Histórico Provincial de Toledo que es la institución que las custodia, lo cierto es que la calidad de estas placas, por una vez y sin que sirva de precedente, hace que merezca la pena verlas preferentemente en las ampliaciones que os voy a mostrar que en las versiones impresas en papel del citado libro.
Para contextualizar las fotografías, es bueno resumir la biografía de Begue para que le conozcáis mejor: Alfonso Begue Gamero nació en Toledo en 1834 y falleció a la temprana edad de 31 años en 1865. Es considerado el primer toledano en fotografiar su ciudad. La fenomenal investigación de Rafael del Cerro Malagón ha aportado datos sobre su vida. Su verdadero nombre era Ildefonso –nació un 23 de enero– pero cambió su denominación al ejercer como fotógrafo profesional. De familia más bien acomodada, permaneció con sus padres y sus tres hermanos mayores hasta 1844, desconociéndose el motivo por el que, con 12 o 13 años, abandona Toledo.
Debió ser en la capital de España donde comenzase a fotografiar. Se sabe que en 1861, con 27 años, vivía en la calle de la Luna de Madrid rodeado de una selecta vecindad y ejerciendo ya como fotógrafo. Convivía con la francesa Zenaida García Bíedeau, de 32 años, nacida en París, mujer que continuaría a su lado hasta la muerte, apareciendo luego como viuda. En 1865 se trasladó a la calle de la Montera, lo que anunció en La Correspondencia de España.
El 2 de julio de 1862, su padre Nicolás Begue de la Torre murió en Toledo procediéndose al reparto de la herencia entre los hijos. A Ildefonso (Alfonso) se le cita como soltero y fotógrafo residente en Madrid. El 31 de octubre de 1865, falleció en Toledo durante una de sus visitas debido a un “ataque cerebral fulminante”, cuando contaba tan solo con 31 años, encargándose del enterramiento sus hermanos.
Pese a morir tan joven, a Alfonso Begue le debemos algunas de las mejores fotografías de Toledo de mediados del siglo XIX, a la altura de los mejores pioneros. Se conocen varias series de fotografías estereoscópicas suyas tanto de Madrid como de Toledo –parece ser que fue el primer español en utilizar la fotografía estereoscópica–, así como algunos retratos. De impresionante calidad son los citados negativos que se conservan en el Archivo Histórico Provincial de Toledo dentro del Fondo Rodríguez. Consiguió una importante reputación como fotógrafo e incluso parece que fue un auténtico avanzado al utilizar el polvo de magnesio para iluminar ciertas tomas interiores.

La serie de fotos estereoscópicas custodiadas en el Archivo Histórico Provincial que hoy os voy a diseccionar presenta detalles absolutamente deliciosos. Comenzaremos por ver una imagen del Puente de Alcántara en la que aparece un personaje con bigote fumando un puro, vestido elegantemente y posando con un aire relajado y de complicidad con el fotógrafo. Quedaos con su cara, porque se va a repetir en muchas imágenes. ¿Quien sería? ¿Un hermano de Begue? ¿Un amigo? ¿Un voluntario? ¿El propio Begue? Todo son incógnitas, pero la estampa bien merece dejar volar la imaginación. En la imagen destaca la presencia de edificios desaparecidos como los restos del Artificio de Juanelo, el Hospital de Santiago, la Fonda de la Caridad de Lorenzana, la Plaza de Armas del Puente de Alcántara o el aspecto Alcázar, en ruinas tras la invasión napoleónica.
Puente de Alcántara de Toledo hacia 1864. Fotografía de Alfonso Begue © Fondo Rodríguez, Archivo Histórico Provincial, Junta de Comunidades de C-LM
Toledo en 1864. Detalle de una fotografía de Alfonso Begue.

Cerca de allí, Begue obtuvo esta preciosa vista de los restos del Artificio de Juanelo. Destaca, además del grupo de personas (una de las fotos de grupo más antiguas de la historia de Toledo), la solitaria presencia vegetal de una higuera en las orillas del Tajo:
Artificio de Juanelo y Puente de Alcántara en Toledo hacia 1864. Fotografía de Alfonso Begue © Fondo Rodríguez, Archivo Histórico Provincial, Junta de Comunidades de C-LM

No nos vamos a separar ya del río. Viajamos ahora hasta la zona situada enfrente de la casa del Diamantista, en el embarcadero. Allí, junto a las largas telas puestas a secar, nos llega la inquietante presencia de una persona que de no ser porque es materialmente imposible hubiera jurado que es el mismísimo Abraham Lincoln (en 1864 Lincoln vivía una histórica proclamación como presidente en plena guerra civil norteamericana) tanto por su rostro como por su barba y atuendos. Al fondo aparecen los molinos de Saelices:
Toledo hacia 1864. Fotografía de Alfonso Begue © Fondo Rodríguez, Archivo Histórico Provincial, Junta de Comunidades de C-LM
Toledo en 1864. Detalle de una fotografía de Alfonso Begue.
Toledo en 1864. Detalle de una fotografía de Alfonso Begue.

Intrigados aún por la posible identidad del personaje anterior, giremos la vista casi en ángulo recto para mirar ahora hacia la propia casa del Diamantista. En una excelsa fotografía, junto a unos bellísimos álamos blancos podemos ver la propia casa del joyero José Navarro (el famoso diamantista) tan solo dos años después de su muerte. Se observa también la presencia de dos hombres, uno muy joven y otro con gorra, de nuevo con las largas tiras de tela a sus pies:
Embarcadero de la Casa del Diamantista en Toledo hacia 1864. Fotografía de Alfonso Begue © Fondo Rodríguez, Archivo Histórico Provincial, Junta de Comunidades de C-LM
Toledo en 1864. Detalle de una fotografía de Alfonso Begue.

Pero el detalle más bello de esta imagen es uno relacionado con el río. Tras los álamos aparece una barca en la que es legible su nombre escrito en la madera con letras oscuras: "(...) DEL VALLE. AÑO (...)". Sin duda es un alusión a su cercanía a la Ermita del Valle y la fecha de su construcción:
Toledo en 1864. Detalle de una fotografía de Alfonso Begue.

Justo en la otra orilla, en las Tenerías, Begue capturó una fotografía cuyo mayor valor es retratar ya vivo el frondoso almez (Celtis australis) que aún en nuestros días vive en la Ermita del Valle, justo en la entrada del actual Restaurante la Ermita. De nuevo aprovecho para reivindicar y reclamar una mayor presencia del almez en la ciudad y un mayor protagonismo de esta especie autóctona en las plantaciones que se realicen en Toledo. Ningún árbol es más toledano que él, ningún árbol está más adaptado a nuestro clima que él. Ejemplares centenarios como este son una buena prueba de ello:
Toledo hacia 1864. Fotografía de Alfonso Begue © Fondo Rodríguez, Archivo Histórico Provincial, Junta de Comunidades de C-LM
Ermita del Valle en Toledo en 1864. Detalle de una fotografía de Alfonso Begue.
Almez de la ermita del Valle en Toledo en 1864. Detalle de una fotografía de Alfonso Begue.

En un lugar indeterminado de la ribera toledana, probablemente aguas arriba del Puente de Alcántara (o puede que aguas abajo del Cigarral del Ángel), en una zona de soto ribereño más denso que en la propia ciudad, Begue logró otra maravillosa imagen. De ella yo destacaría la enigmática identidad de un personaje que en la distancia parece una persona de raza negra, pero que en realidad me inclino a pensar que es un humilde, flaco y renegrido por el sol trabajador de alguna actividad ligada al río:
Toledo hacia 1864. Fotografía de Alfonso Begue © Fondo Rodríguez, Archivo Histórico Provincial, Junta de Comunidades de C-LM
Toledo en 1864. Detalle de una fotografía de Alfonso Begue.
Toledo en 1864. Detalle de una fotografía de Alfonso Begue.

En la foto vuelve a aparece el señor de bigote que ya vimos...
Toledo en 1864. Detalle de una fotografía de Alfonso Begue.
Toledo en 1864. Detalle de una fotografía de Alfonso Begue.

No lejos de allí, Alfonso Begue tomó esta otra fotogafía en la que de nuevo identificamos rostros que hemos visto en imágenes precedentes. Muy curiosas son las construcciones de madera situadas junto al río, tal vez efímeros pasos hechos durante la construcción de una presa o tal vez estructuras aprovechadas por pescadores. También destaca la presencia de una barca boca abajo en la orilla:
Toledo hacia 1864. Fotografía de Alfonso Begue © Fondo Rodríguez, Archivo Histórico Provincial, Junta de Comunidades de C-LM
Toledo en 1864. Detalle de una fotografía de Alfonso Begue.
Toledo en 1864. Detalle de una fotografía de Alfonso Begue.
Toledo en 1864. Detalle de una fotografía de Alfonso Begue.

Finalizaremos con la fotografía más especial de todas. Tan especial, que la elegí como portada para el libro Toledo Olvidado 2. Tan mágica que me hizo soñar con una elucubración: la posibilidad de que uno de los retratados fuese Valeriano Bécquer, hermano de Gustavo Adolfo. Un sueño que no es descartable, pues la fecha podría encajar perfectamente, el parecido de Valeriano con el hombre con perilla es innegable, Alfonso Begue era un habitual viajero del tren Toledo-Madrid que tanto usaron los Bécquer y tanto ellos como Begue eran personas conocidas en los círculos culturales toledanos y madrileños. Esta elucubración ha sido recientemente publicada en el libro "Sombras de Bécquer en Toledo" (ha sido un honor colaborar en esta obra coordinada por Francisco Carvajal y editada por La Peña Pobre) y la reproduzco a continuación, en homenaje a este pionero fotógrafo toledano que fue Alfonso Begue, de tan corta vida.

Alfonso Begue, Valeriano Bécquer y un amigo en Toledo en 1864: historia (inventada) de una fotografía.


Estamos en una tarde de agosto del año 1864, calurosa y tranquila, como son las tardes de verano en Castilla y más en Toledo. El río Tajo fluye, abrazando la ciudad, y ajeno aún a la muerte en vida a la que le sometería España algo más de un siglo después.
Allí, junto a los molinos de Azumel, bastante cerca de la Fábrica de Armas, la tarde es más apacible aún en este punto de la ribera, más arbolada de lo que suele ser habitual en aquel secarral que era España en el XIX. Hasta allí han llegado tres hombres, aún jóvenes pues rondan la treintena, para disfrutar unas horas solazándose con el rumor del agua, el canto de las cigarras y el trinar de los pájaros. En este solitario punto, además, disfrutan sin ningún pudor de un refrescante baño después de haberse quitado sus decimonónicas vestiduras para quedarse tan solo con los calzones puestos.
Toledo hacia 1864. Fotografía de Alfonso Begue © Fondo Rodríguez, Archivo Histórico Provincial, Junta de Comunidades de C-LM
Al fondo, la milenaria ciudad les observa desde el entorno de la Puerta del Cambrón y las Vistillas de San Agustín. Y ellos la observan también, en un recíproco intercambio de miradas, de esos que únicamente son posibles en algunos, no muchos, lugares del planeta –solo en aquellos en los que tenemos la certeza de que las ciudades o la naturaleza cobran personalidad e identidad propia…y Toledo es uno de ellos, y estos muchachos lo saben–. Y es que, al fin y al cabo, no son unos muchachos corrientes.
Pasan la tarde charlando sobre la precaria situación del país, sumido en la pobreza y en un interminable vaivén de intrigas y efímeros gobiernos a los que asiste aparentemente impávida la reina Isabel II, habitualmente manipulada por sus ministros y asesores. Tras la renuncia de O´Donnell en marzo de 1863, las elecciones habían sido ganadas por una coalición de progresistas, demócratas y republicanos. En animada conversación, uno de los tres jóvenes se juega una comida a que poco después subiría de nuevo al poder Narváez, como tantas otras veces había sucedido, para dictatorialmente manejar otra vez el cotarro. Dos meses después estaban invitándole en su mesón preferido de aquel Madrid en el que solían vivir los tres.
Habían llegado a Toledo en tren aquella mañana, como tantas otras veces habían hecho, para evadirse de los agobios capitalinos. Tras pasar la tarde en el río, acudirían a la Posada de la Sangre a dormir entre chinches y pulgas –esperaban que las buenas dosis de aquel tintorro que les ponían al cenar les permitieran dormir a pierna suelta ajenos a cualquier inconveniencia– y regresarían a Madrid a la mañana siguiente.
Aquella vez Ildefonso –al que todos le llamaban Alfonso– había traído consigo su voluminoso aparejo con el que tomaba fotografías y que tanta y tan buena fama le estaba haciendo ganar en Madrid. A Alfonso le encantaba enseñar las callejas y parajes de su ciudad natal, en la que aún vivían su madre y hermanos, a aquellos peculiares personajes, grandes amigos suyos, uno sevillano y otro burgalés.
El sevillano, de nombre Valeriano y gran pintor, andaba necesitado de alegrías después de que su mujer Winnefred le hubiera abandonado poco antes llevándose con ella a sus dos pequeños. Solo un hombre de su gran talento y su entusiasta carácter podría superar aquel palo de la vida como él lo estaba haciendo. Era sin duda mucho más alegre que su hermano pequeño, Gustavo Adolfo, siempre tan atribulado y pesimista…aunque más genial que Valeriano si cabe, en este caso con una pluma en la mano. La próxima vez intentarían que él también se uniera a una visita similar…al fin y al cabo Gustavo Adolfo parecía recobrar el ánimo cuando pasaba temporadas en Toledo.
En un momento de la conversación a la orilla del Tajo, Alfonso toma sus cacharros fotográficos, prepara todo lo necesario para emulsionar la delicada placa de cristal, se aleja un poco de sus dos amigos y les pide que se queden inmóviles por un momento. Así hacen. Alfonso al fin obtiene la imagen, que no verán hasta pasadas unas semanas –justo en octubre, en la comida que Valeriano les ganó a ambos al apostar por un nuevo periodo de Narváez en el poder– y que casi siglo y medio más tarde servirá de portada a un libro de fotografías de la vieja ciudad castellana.
Toledo en 1864. Detalle de una fotografía de Alfonso Begue.
Un instante, tan efímero y tan eterno a la vez, gracias a ese moderno invento llamado fotografía. En aquellos días no lo valoraban. Pensaban que lo que hacía Alfonso era maravilloso –verse retratados en aquellas reproducciones que les enseñaba les parecía casi algo mágico– pero no llegaban a comprender lo que en realidad representaba. Solo unos meses después, cuando Alfonso falleció en una de aquellas visitas a Toledo, de un repentino y fulminante ataque cerebral, comprendieron que la fotografía era lo más parecido a la inmortalidad que jamás conocerían.












domingo, 15 de mayo de 2016

Toledo en noviembre de 1961 fotografiado por Piet y Lieke Welling

Indagar en el pasado fotográfico de la ciudad de Toledo es algo muy parecido a sacar cerezas de un cuenco: agarras una pero, tras ella, enzarzadas en una madeja impredecible, vienen varias más. Así, a la labor de búsqueda que uno pueda hacer con mayor o menor ahínco, se suman las generosas aportaciones de multitud de personas que aman Toledo, a veces desde la distancia tanto física como temporal. Y es que visitar y conocer Toledo, es una experiencia que a muchos les marca de por vida y desde ese momento nuestra ciudad se incorpora a sus recuerdos y vivencias más entrañables de uno u otro modo.
Si hace quince días os pude ofrecer una valiosa serie de imágenes que el matrimonio Jacobson-Rivero obtuvo en el otoño de 1960 durante su luna de miel, hoy tengo la suerte de poder ofreceros otra serie de impagables fotografías tomadas también en su viaje de novios por el matrimonio formado por los holandeses Piet y Lieke Welling en noviembre de 1961, es decir, justo un año después de las de los Jacobson-Rivero.
Las fotografías obtenidas por Piet y Lieke Welling son de una calidad bastante buena y presentan curiosidades que os harán disfrutar. Comenzaremos por ver las imágenes de la Plaza de Zocodover. En la primera de ellas aparece una estampa muy castiza en la que vemos a un vendedor de lotería en la esquina del añorado café Español con un Seat 600 al fondo. Junto a ellos se sitúa un buzón de correos pintado como era costumbre entonces: plateado con una franja horizontal con la bandera española. La escena se completa con un cartel del Domund con el rostro del Papa Juan XXIII:
Toledo en noviembre de 1961 fotografiado por Piet Welling y Lieke Welling. Vendedor de Tabaco en Zocodover junto a un buzón. Seat 600 al fondo.

En la segunda toma de Zocodover aparece Lieke junto a unas jóvenes estudiantes de algún colegio religioso, muy sonrientes con su pelo corto junto a la recién casada. Al fondo vemos más gente sentada en el poyete y un carrito de bebé muy de la época. ¿Será alguien capaz de reconocer alguna cara? Estaría fenomenal poder poner nombre a las personas de la imagen:
Toledo en noviembre de 1961 fotografiado por Piet Welling y Lieke Welling. Plaza de Zocodover.

El matrimonio Welling se acercó hasta la carretera del Valle para inmortalizar la ciudad desde allí. De este modo tomaron esta foto de un joven, que bien podría ser un pastor, con la ciudad al fondo. Se observa perfectamente el Alcázar en plena reconstrucción y recomiendo comparar esta foto con la obtenida en 1960 por los Jacobson-Rivero para apreciar el avance de aquellas obras en el periodo de un año (otoño 1960-otoño 1961):
Toledo en noviembre de 1961 fotografiado por Piet Welling y Lieke Welling. Alcázar en reconstrucción desde el Valle.

También retrataron a una mujer subida a un burro con una buena vista de Toledo de fondo:
Toledo en noviembre de 1961 fotografiado por Piet Welling y Lieke Welling. Mujer en burro.

En un momento del día, la joven pareja decidió hacer un receso para tomar un bocadillo. En la imagen aparece Lieke preparando el pan sentada en un banco en el que casi con toda seguridad es el parque del Campo Escolar:
Toledo en noviembre de 1961 fotografiado por Piet Welling y Lieke Welling. Paseo de Merchán.

Una de las fotografías más bellas de la serie es esta, tomada en la subida desde el Puente de San Martín hacia la Venta del Alma, en la que vemos a Lieke junto a un jovencísimo arriero subido en su borrico:
Toledo en noviembre de 1961 fotografiado por Piet Welling y Lieke Welling. Muchacho en Burro en la subida a la Venta del Alma.

No lejos de allí, en la muralla situada junto al torreón interior del Puente de San Martín, los holandeses obtuvieron esta fenomenal fotografía de dos ancianas en sus casas adosadas a la muralla. Al fondo, la desértica ladera del barrio de Solanilla aparece ennegrecida, probablemente por los efectos de un incendio:
Toledo en noviembre de 1961 fotografiado por Piet Welling y Lieke Welling. Murallas junto al torreón del Puente de San Martín.

Los Welling también fotografiaron la catedral en el otoño de 1961, tanto desde la calle Santa Isabel como desde las inmediaciones de la Plaza del Ayuntamiento:
Toledo en noviembre de 1961 fotografiado por Piet Welling y Lieke Welling. Catedral vista desde Santa Isabel.
Toledo en noviembre de 1961 fotografiado por Piet Welling y Lieke Welling. Catedral.

En abril de 2016, su hijo Hans Welling ha rememorado el viaje tomando las mismas fotografías desde exactamente el mismo ángulo. El resultado es espectacular (recomiendo hacer clic para ampliar):
Murallas del torreón interior del Puente de San Martín en noviembre de 1961 y en abril de 2016 fotografiada por Piet Welling y Lieke Welling (1961) y Hans Welling (2016)
Plaza de Zocodover de Toledo en noviembre de 1961 y en abril de 2016 fotografiada por Piet Welling y Lieke Welling (1961) y Hans Welling (2016)
Plaza de Zocodover de Toledo en noviembre de 1961 y en abril de 2016 fotografiada por Piet Welling y Lieke Welling (1961) y Hans Welling (2016)
Toledo en noviembre de 1961 y en abril de 2016 fotografiado por Piet Welling y Lieke Welling (1961) y Hans Welling (2016)
Toledo en noviembre de 1961 y en abril de 2016 fotografiada por Piet Welling y Lieke Welling (1961) y Hans Welling (2016)
Catedral de Toledo en noviembre de 1961 y en abril de 2016 fotografiada por Piet Welling y Lieke Welling (1961) y Hans Welling (2016)
Catedral de Toledo en noviembre de 1961 y en abril de 2016 fotografiada por Piet Welling y Lieke Welling (1961) y Hans Welling (2016)

Agradeciendo infinitamente a Hans Welling su generosidad por ceder desinteresadamente estas fotografías de su familia, solo me queda desear que estas fenomenales imágenes os hayan hecho disfrutar tanto como a mí. Son verdaderos retratos de una época, ¿no creéis?

© TOLEDO OLVIDADO
Maira Gall