viernes, 27 de febrero de 2026

La desconocida faceta fotográfica de los hermanos Álvarez Quintero en la Semana Santa de Toledo en 1897

El descubrimiento de la faceta fotográfica de dos de los más célebres dramaturgos españoles, los hermanos Joaquín y Serafín Álvarez Quintero, ha sido una de las mayores alegrías que me da dado mi labor de investigación fotográfica en estos años. Aunque ya lo desvelé en las páginas del libro Toledo Olvidado 6, hoy os ofreceré todos los detalles del proceso que seguí hasta cerciorarme de que esta genial pareja también hizo sus pinitos en la fotografía y su escenario fue precisamente nuestra querida ciudad de Toledo.
Todo comienza en 2009, cuando hallé un reportaje publicado en la revista Nuevo Mundo el 29 de abril de 1897 que llamó mi atención básicamente por incluir las primeras fotografías de las que tenía constancia de la Semana Santa de Toledo, llamándome especialmente la atención una de ellas que mostraba el precioso Cristo del Descendimiento:
Paso del Descendimiento en la Semana Santa de Toledo de 1897 Como puede verse en la descripción del archivo, la incorporé a mi álbum de Flickr el 29 de julio de 2009, en el segundo año de andadura de este blog. En su descripción hacía referencia a un texto que me encanta de Gustavo Adolfo Bécquer dedicado en 1869 a este paso tan emblemático toledano, que me parecía como si estuviera escrito para describir precisamente lo que mostraba la citada foto tomada esta joya de la imaginería:
"(...) las imágenes de las andas se dibujan confusas y asemejan gentes vivas que miran y ven con sus ojos de vidrio, causando la impresión de algo que, semejante a la visión del sueño, flota entre el mundo real y el imaginario; el Cristo del Descendimiento, se balancea suspendido en el aire; las ropas de los que lo bajan se agitan al soplo del viento; la ilusión es completa".
Así pasaron los años, hasta que —un buen día de marzo de 2024— rastreando en casas de subastas, me topé con un grupo de fotografías en las que el vendedor se limitaba a poner unas miniaturas de los originales citando solamente que habían sido tomadas en Toledo. Al ver una de ellas, se activaron todas mis neuronas de la memoria fotográfica para recordarme que esa foto ya la había visto antes. En efecto, se trataba de aquella foto del Cristo del Descendimiento de la que os hablaba, pero en esta ocasión no era el recorte de aquel viejo periódico sino un positivo original de la época (1897). Se vendía el lote de fotografías por un precio más que razonable, por lo que me decidí al instante a comprarlo. Mientras llegaba el paquete, aquellos días decidí repasar los detalles de la publicación en la que había visto esas fotos en la revista Nuevo Mundo. Releyendo el texto —al que no había prestado mucha atención en 2009— ví que estaba firmado por un pseudónimo que se hacía llamar El Diablo Cojuelo.
Artículo publicado por los hermanos Álvarez Quintero bajo el pseudónimo de "El Diablo Cojuelo" en la Revista Nuevo Mundo, 29 de abril de 1897. Biblioteca Nacional de España. Artículo publicado por los hermanos Álvarez Quintero bajo el pseudónimo de "El Diablo Cojuelo" en la Revista Nuevo Mundo, 29 de abril de 1897. Biblioteca Nacional de España. (página segunda) Indagando acerca de la posible identidad de este —o estos—, pude comprobar que varias referencias citaban a los famosos autores Joaquín y Serafín Álvarez Quintero como las personas que estaban detrás de dicho pseudónimo.
El Diablo Cojuelo desvela su identidad, 21 marzo 1912. Hermanos Álvarez Quintero. De este modo, cuando recibí las fotos en casa, mi ilusión era máxima. Y las expectativas se vieron sobrepasadas: el número de fotografías del lote era superior al de las que se publicaron en aquel artículo de Nuevo Mundo. Sumadas a las publicadas, en el grupo de fotos había varias más que, además, encajaban a la perfección en las descripciones de los parajes y calles citadas en el texto, lo cual probaba que todos los lugares que mencionaron fueron recorridos y visitados realmente en su periplo.
En cuanto a la autoría de las imágenes, no me cabe duda de que son los hermanos también quienes las tomaron. Pese a que leyendo el texto, en algún pasaje podría parecer que vinieron acompañados por dos o tres amigos más, lo cierto es que todo hace indicar que estaban únicamente los dos hermanos. Esa apariencia de "grupo" no era más que un recurso estilístico muy utilizado por los dramaturgos, que en sus textos de viajes o estampas costumbristas creaban la sensación de que el relator forma parte de un pequeño grupo (cuatro o cinco personas), como efecto narrativo que era parte de su tono desenfadado y teatral: construían una pequeña escena o historia y el uso alternativo de la primera persona con el del plural ayudaba a dar dinamismo y juego humorístico. Ese desdoblamiento del narrador y el uso flexible del singular y el plural lo utilizaban para dar vivacidad, ironía o incluso un leve tono paródico. En el texto que nos ocupa, firmado por citado séudónimo de El Diablo Cojuelo, el viaje es esencialmente narrado en primera persona, si bien en el momento clave de la llegada a Toledo aparece el uso de este recurso literario:
“a mi compañero Polilla túrbasele el sentido; el bueno del fotógrafo que nos acompaña (…) y Ciutti pierde la cabeza…”
Así construyen deliberadamente la ilusión de una pequeña comitiva integrada por personajes imaginarios (Polilla, el fotógrafo, Ciutti y el propio narrador), si bien únicamente ellos estaban tras la realidad del texto y del viaje.
Sumado a ello, las fotografías muestran escenas en las que se deduce que iban solos, pues hay lugares fotografiados con cierta estrechez así como una imagen tomada entre las rocas de los cerros del Valle en la que vemos a una persona que probablemente es uno de los hermanos (concretamente Joaquín, a la vista de la comparativa con retratos suyos con esa edad, con el mismo bigote y perfil y vestimenta perfectamente compatible) y la sombra en el suelo de solo una persona más (el fotógrafo) que se correspondería con Serafín. El personaje retratado, además, parece llevar en la mano un portaplacas fotográficas o bien algún tipo de libreta.
Semana Santa de Toledo en 1897 el 15 y 16 de abril de ese año. Fotos de "El Diablo Cojuelo" publicadas en Nuevo Mundo el 29 de abril. Colección personal de Eduardo Sánchez Butragueño. Semana Santa de Toledo en 1897 el 15 y 16 de abril de ese año. Fotos de "El Diablo Cojuelo" publicadas en Nuevo Mundo el 29 de abril. Colección personal de Eduardo Sánchez Butragueño. Los Hermanos Serafín (i) y Joaquín (d) Álvarez Quintero en su juventud Comencemos el repaso al resto de estas impagables fotografías. La primera que os ofrezco, no publicada en el artículo, se corresponde con su llegada a la estación de ferrocarril, que en 1897 era aún la primigenia de 1858, muy distinta de la preciosa neomudéjar que disfrutamos desde 1919. La estampa captada por los hermanos sevillanos encaja a la perfección con lo expresado en el texto: una multitud que bajaba del botijo (así mencionan a este tren los dramaturgos) y que se topaba en el andén con muchos toledanos que se ofrecían para diferentes servicios. La imagen está fechada y la caligrafía es perfectamente compatible con algunos de los textos originales conocidos de los hermanos, especialmente la de Serafín.
Estación de ferrocarril en la Semana Santa de Toledo en 1897 el 15 y 16 de abril de ese año. Foto de los hermanos Álvarez Quintero publicada bajo el pseudónimo de  "El Diablo Cojuelo" en Nuevo Mundo el 29 de abril. Colección personal de Eduardo Sánchez B. En el ascenso desde la estación hasta el centro histórico, los Serafín y Joaquín se detuvieron para fotografiar el puente de Alcántara y el castillo de San Servando. Se puede apreciar una larga hilera de gente en la acera del paseo de la Rosa así como en el propio puente, realizando el mismo recorrido que los andaluces. Se aprecia bien también el chamizo por entonces existente en lo que luego sería el restaurante La Cubana:
Puente de Alcántara y Castillo de San Servando. Semana Santa de Toledo en 1897 el 15 y 16 de abril de ese año. Fotos de "El Diablo Cojuelo" publicadas en Nuevo Mundo el 29 de abril. Colección personal de Eduardo Sánchez Butragueño. Primer edificio de lo que fue el restaurante la Cubana. Foto tomada en 1897 por los hermanos Álvarez Quintero. Cuando visitaron Toledo en aquel lejano mes de abril de 1897, los hermanos contaban solo con 24 y 26 años, estando en un momento dulce de su vida y de su carrera. Habían trasladado su residencia a Madrid desde Sevilla, y ya contaban con varias obras comedias publicadas y representadas en la capital. Aquel mismo año de 1897 se produciría su primer gran éxito en Madrid con la obra El ojito derecho.
En el texto son frecuentes las menciones a la belleza de las mujeres toledanas que los hermanos Álvarez Quintero encontraron en la ciudad. Una de las imágenes insertadas en el artículo tiene como pie de foto esta descripción: "Un mirador digno de ser mirado". La escasa resolución de las reproducciones gráficas de aquella época debió hacer que los lectores no entendiesen el porqué de esa descripción.
"Un mirador digno de ser muy bien mirado". Artículo de El Diablo Cojuelo en la Revista Nuevo Mundo, 29 de abril de 1897. Colección personal de Eduardo Sánchez Butragueño. El caso es que casi 130 años después podemos comprenderla gracias que esa foto es otra de las incluidas en el lote que adquirí: en dicho mirador se asoman dos jóvenes toledanas que saludaban a los andaluces.
Semana Santa de Toledo en 1897 el 15 y 16 de abril de ese año. Foto de los hermanos Álvarez Quintero publicada bajo el pseudónimo de  "El Diablo Cojuelo" en Nuevo Mundo el 29 de abril. Colección personal de Eduardo Sánchez Butragueño. Dos mujeres jovenes asomadas a un mirador. Semana Santa de Toledo en 1897 el 15 y 16 de abril de ese año. Foto de los hermanos Álvarez Quintero publicada bajo el pseudónimo de  "El Diablo Cojuelo" en Nuevo Mundo el 29 de abril. Colección personal de ESB. Las imágenes más valiosas del conjunto se corresponden con las tomadas en las procesiones de aquella Semana Santa de 1897. Comenzaremos por las del Jueves Santo en las que aparecen dos famosos y trístemente desaparecidos pasos que se conservaban en la iglesia de la Magdalena: la Elevación de la Cruz y la Calle de la Amargura, ambos datados en el siglo XVIII que eran de grandes dimensiones y poseían una gran expresividad. Pertenecían a la cofradía de la Vera Cruz y desaparecieron para siempre en 1936 con la destrucción de la iglesia de la Magdalena durante la guerra civil. En estas preciosas fotos —las más antiguas que se conservan de la Semana Santa toledana— los vemos a los pies de la catedral:
Paso de la Elevación de la Cruz. Semana Santa de Toledo en 1897 el 15 y 16 de abril de ese año. Foto de los hermanos Álvarez Quintero publicada bajo el pseudónimo de  "El Diablo Cojuelo" en Nuevo Mundo el 29 de abril. Colección personal de Eduardo S. B. Paso de la Calle de la Amargura. Semana Santa de Toledo en 1897 el 15 y 16 de abril de ese año. Foto de los hermanos Álvarez Quintero publicada bajo el pseudónimo de  "El Diablo Cojuelo" en Nuevo Mundo el 29 de abril. Colección de Eduardo Schez Butragueño Pasamos ahora al día siguiente, Viernes Santo, en el que los sevillanos nos regalaron estas excelentes imágenes tomadas probablemente en la calle de la Plata. Una de ellas se trata de la que yo tenía grabada en la memoria y que me permitió identificarla en la casa de subastas asociada al citado artículo de Nuevo Mundo: la del Cristo del Descendimiento:
Semana Santa de Toledo en 1897 el 15 y 16 de abril de ese año. Fotos de Serafín y Joaquín Álvarez Quintero publicadas bajo el pseudónimo de "El Diablo Cojuelo" en Nuevo Mundo el 29 de abril. Colección personal de Eduardo Sánchez Butragueño. En la otra foto tomada en la misma calle apreciamos los capuchones con sus tambores mientras un niño intenta que no se apague la vela que porta. En el suelo, se proyecta la sombra de un cristo de un paso precedente en el cortejo.
Semana Santa de Toledo en 1897 el 15 y 16 de abril de ese año. Fotos de "El Diablo Cojuelo" publicadas en Nuevo Mundo el 29 de abril. Colección personal de Eduardo Sánchez Butragueño. En el entorno de la catedral, los geniales hermanos fotografiaron ciertos detalles como la Puerta de los Leones:
Puerta de los Leones. Semana Santa de Toledo en 1897 el 15 y 16 de abril de ese año. Fotos de Serafín y Joaquín Álvarez Quintero publicadas bajo el pseudónimo de "El Diablo Cojuelo" en Nuevo Mundo el 29 de abril. Colección personal de Eduardo Sánchez B. En su recorrido por la ciudad, ya vimos que ascendieron a los cerros del Valle. En ese punto tomaron esta excelente perspectiva general de la ciudad.
Semana Santa de Toledo en 1897 el 15 y 16 de abril de ese año. Fotos de "El Diablo Cojuelo" publicadas en Nuevo Mundo el 29 de abril. Colección personal de Eduardo Sánchez Butragueño. En un pasaje del texto mencionan las torres mudéjares de Toledo. Ello se corresponde bien con el hecho de haber fotografiado la iglesia de San Miguel con su esbelto campanario:
Semana Santa de Toledo en 1897 el 15 y 16 de abril de ese año. Fotos de "El Diablo Cojuelo" publicadas en Nuevo Mundo el 29 de abril. Colección personal de Eduardo Sánchez Butragueño. Los jóvenes escritores descendieron también hasta la mismísima orilla del Tajo, donde obtuvieron esta fotografía de unos bueyes bebiendo las entonces limpias aguas del Tajo junto al puente de San Martín:
Semana Santa de Toledo en 1897 el 15 y 16 de abril de ese año. Fotos de "El Diablo Cojuelo" publicadas en Nuevo Mundo el 29 de abril. Colección personal de Eduardo Sánchez Butragueño. Para finalizar, os dejo con la transcripción literal completa (sin cambiar errores o usos ortográficos de entonces) del artículo publicado en Nuevo Mundo que fue ilustrado con estas fotos y varios dibujos también de su autoría. Da buena fe del humor y gracia de los hermanos y supone un retrato fresco y alegre de la Semana Santa toledana de 1897:
RECUERDOS DE TOLEDO
APUNTES DE VIAJE
¡Adiós, Madrid, que me voy a Toledo en el botijo!...
Silba el tren, como si protestara contra la carga de gente que lleva, y se arranca de mal humor y refunfuñando por el llano adelante... Dentro de tres ó cuatro horas es posible que esté en la ciudad de Garcilaso. —¿Tres ó cuatro horas he dicho? ¡Ay! ¡Me da el corazón que si llego voy á llegar hecho un higo de Fraga!
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Mis compañeros de viaje son en extremo comunicativos y alegres. Algunos huelen, y no precisamente á ámbar. Como si obedeciesen á orden secreta, noto que todos principian á engullir al mismo tiempo. Veo tortillas que parecen babuchas morunas. Surgen botas de vino como por encanto. Una mamá me suplica que le cuente cuentos á su niño mientras ella almuerza. Un caballero se da á partir salchichón sobre una de mis botas, no sin decirme sonriente: —Ustez disimule la confianza.
El de enfrente me ha tomado por una botella de espuma de mar, y me echa á la cara todo el humo de su habano (es un decir). Cuando ninguno lo espera, un señor que va en un rincón, sin meterse con nadie, se mete con todos á la vez rompiendo á cantar por todo lo alto, con pretensiones inclusive. El coche se estremece de júbilo, y cruje y se grietea por el techo...
Acaban de introducirme por un ojo el puño de un bastón de esos de naipes. Soy feliz.
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¡Contra todas las probabilidades, he llegado! ¡Y qué llegada, santo Dios! Al bajar del sleeping (es otro decir) un enjambre de Rinconetes en agraz y Cortadillos en canto, cae sobre los desencuadernados viajeros, como la tempestad sobre las mieses, brindándome a servir lo mismo para un barrido que para un fregado.
De pronto ¡ay! diviso en el andén dos archicelestiales toledanitas que fijo esperan á alguien que por desgracia no soy yo... Aparición tan agradable me hace dar por bueno hasta el timbre de voz del tenor de marras. De pura admiración se me cae de las manos la cartera en que tomo estas notas; á mi compañero Polilla túrbasele el sentido; el bueno del fotógrafo que nos acompaña está á punto de estropear las placas que trae, y Ciutti pierde la cabeza y el álbum de dibujo. ¡Influencia de los hechiceros ojos toledanos en las almas sensibles!...
¡Adentro! Que aquí vale tanto como decir: ¡arriba!
Un cadete, dos cadetes, tres cadetes... Delante cadetes, detrás cadetes, á diestra y siniestra cadetes... Instintivamente miro hacia el cielo á ver si cae algún cadete… Penetro en el intrincado laberinto de calles tortuosas y estrechas que forman esta sugestiva y artística ciudad, y acompañado del cicerone más joven, más lindo y más simpático que darse puede, Pepito Infantes, voy y vengo, bajo y subo, sin tregua ni reposo... Aquí me paro ante una torrecilla mudéjar, de esas que, como nota dominante y característica, tanto abundan en Toledo; allí me detengo á admirar una portada gótica; ya paso por una calle solitaria y llena de misterioso encanto, como aquellas en que vivió la poetisa monja de las Tres Fechas; ya atisbo por una ventana un patio que me habla de los de mi tierra andaluza. Ora me encanto en la contemplación de San Juan de los Reyes, maravilla de maravillas; ora me extasío en la preciada y rica Catedral, dechado y ejemplo de todas las artes; ya me estremezco ante la sombría imagen del Cristo de la Vega; ya se me alegra y se me ensancha el alma trepando por las rocas bravías hacia el santuario de la Virgen del Valle, aunque no precisamente con el fin de tirar de la cuerda de la campana para conseguir casarme en este año...
Y doy la vuelta á la ciudad por la orilla del Tajo, que sosegado y tranquilo la abraza, alborotándose sólo en las presas de los molinos, como hombre de genio apacible que desea probar que también tiene sus arranques de cólera. Y unas veces pisando menuda arena, otras lastimándome los pies en las desiguales y duras piedras de afueras y calles, corro desalado por doquier queriendo ver todo lo visible, y sintiendo en el alma, á fuer de enamorado del arte, que se me quedaba por admirar muchas más cosas de las que admiro...
Pero ¡qué diablo! el viajar en botijo ¡alguna contra había de tener!...
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Los naturales del país me aseguraban que las procesiones del jueves no me gustarán tanto como las del viernes; pero yo confieso con sinceridad que lo mismo me han gustado unas que otras, y que me parece injusta á todas luces la preferencia que sienten por las últimas. Hoy viernes he podido verlo. La única ventaja, si vale llamarla así, de las unas sobre las otras, son los nazarenos y los armados. Por lo demás, el mismo mérito artístico ven mis profanos ojos en las imágenes de ambas; el mismo gusto y riqueza en sus ropajes y el mismo orden y la misma seriedad en su carrera.
La animación es grande de uno y otro día. Las calles por donde pasan las procesiones se llenan de gente, ansiosa de que aparezcan las renombradas imágenes ante sus ojos. A lo mejor, la anchura de un paso o la estrechez de una calle ó quizá ambas cosas á la vez, obligan á los curiosos á incrustarse materialmente en las paredes ó á entrar en los portales, volviendo luego á ocupar sus primitivos puestos y posturas hasta que llega otro paso y se repite la misma curiosa escena, por no decir el mismo paso, cuando acabo de decir que el paso es otro.
A balcones y ventanas se asoma el señorío de la capital. Las muchachas vestidas de negro, con negra mantilla á la cabeza y rosas y claveles graciosamente prendidos. La que más y la que menos tiene un cadete al margen, que estudia estrategia en los traviesos ojos de su toledana.
Las animadas conversaciones se suspenden mientras pasa la procesión, cuya presencia impone silencio y compostura, y vuelven á reanudarse á poco, bien así como en las escuelas, aunque sea extravagante el símil, la entrada del maestro pone coto á los gritos y travesuras de la chiquillería, que apenas se ve sola otra vez torna á las andadas.
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Observo que las dos toledanitas del andén fueron como lindo botón de muestra de las que en esta tierra se crían. Mucho arte antiguo hay que admirar en la ciudad del Tajo, ciertamente; pero aunque en arte moderno no hubiera más tesoro que el que constituyen las hijas del país, allá se irían tesoro con tesoro. Si la que nace hermosa fuera infeliz, como dijo el poeta, Toledo sería un mar de lágrimas.
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No quiero regresar á Madrid sin visitar la campana gorda de la torre de la Catedral. Subo por una escalerilla de caracol tan estrecha y oscura, que no puedo penetrar por ella sino á tientas y de canto. En el primer descansillo, digámoslo así, dóime de manos á boca con este letrero:
«De orden de las autoridades civil y eclesiástica se prohibe terminantemente que las personas que visiten esta torre no toquen las campanas.»
¡Ah! ¿Se me prohibe que no las toque? —me digo— Bueno, ¡pues las tocaré! ¿qué trabajo me cuesta?
Pero veo que sigue:
«A quien se permita tocarlas se le impondrá una multa de cinco pesetas.»
¿Con que se me prohibe no tocarlas y si las toco me echan un multazo? ¡Pues me voy á Madrid sin ver ese prodigio, aunque ya le he dado los diez céntimos á la campanera!
El Diablo COJUELO
Caricatura de un capuchón o nazareno en un texto firmado por "El Diablo Cojuelo". Revista Nuevo Mundo, 29 de abril de 1897 Un armado de semana santa en Toledo, caricatura en un texto firmado por "El Diablo Cojuelo". Revista Nuevo Mundo, 29 de abril de 1897 Después de aquel viaje a Toledo siendo veinteañeros, los hermanos Álvarez Quintero hicieron disfrutar sobremanera al público español con varias décadas de enorme capacidad creativa, componiendo multitud de obras que alcanzaron gran fama, como El patio (1900), Las de Caín (1908), El genio alegre (1906), Malvaloca (1912), Puebla de las mujeres (1912), Amores y amoríos (1908) o La reina mora (1903). Tras una exitosa carrera y un reconocimiento unánime, el final de la vida de los hermanos fue bastante triste. Ambos fueron apresados al comienzo de la Guerra Civil, siendo recluidos por los soldados del bando republicano en la cárcel de El Escorial. Su cautiverio duró varios meses, desde julio de 1936 hasta finales de ese mismo año, cuando lograron recuperar la libertad gracias a diversas gestiones e intercesiones. Serafín falleció aún durante la guerra en Madrid, de muerte natural, el 12 de abril de 1938, mientras que Joaquín falleció el 14 de junio de 1944, también en la capital de España. En 1940, tras la muerte de su querido hermano, tuvo ocasión de regresar a Toledo y posar en el lugar que 43 años antes fotografiaron juntos como hoy hemos podido comprobar.
Joaquín Álvarez Quintero en 1940 en la Ermita del Valle. Fototeca del diario ABC.

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