Eran las siete de la tarde del sábado 20 de febrero de 1909 cuando daba comienzo la inauguración oficial del café "El Español" en la Plaza de Zocodover de Toledo, esquina calle Comercio. Una muchedumbre abarrotaba el local en aquella tarde del sábado de Carnaval deseosa de contemplar una obra que había despertado gran expectación en la ciudad.
Un lujoso salón, adornado con preciosas pinturas en el techo obra del afamado pintor local José Vera (ayudado por su hijo Enrique Vera y por el también pintor Sr. Barajas) se abría ante los ojos de la estupefacta clientela, que degustaba de paso los habanos y licores con que el dueño, D. Ramón Gálvez Medina, agasajaba a los presentes. En un lugar destacado, el pianista Antonio Medina amenizaba la velada dando un toque de distinción al evento.
La prensa local, se hizo eco del acontecimiento tanto en la víspera como en los días sucesivos. Aquí tenéis por ejemplo lo escrito en La Campana Gorda:
Esto es lo que dijo El Castellano:
El Día de Toledo:
La Tarde:
La Justicia:
Nacía así un café que se convertiría en toda una referencia para varias generaciones, marcando un antes y un después en la hostelería toledana. En esta imagen podemos observar su interior y alguno de sus empleados el mismo día de su inauguración:
Se situó en un bello edificio, construido en 1907 por obra del arquitecto Ezequiel Martín, con adornos de estilo plateresco y miradores con predominio del metal y las cristaleras.
Esta imagen de autor anónimo datada inicialmente hacia 1890 ya presenta el Café Español, por lo que sin duda se trata de un error en la datación:
Aquí tenéis algo de publicidad relativa a él (algunos negocios lo usaban como dirección social, tal era su concurrencia):
"El Español" era tan popular que los periódicos locales colgaban en su fachada la lista de números premiados en la Lotería de Navidad. La gente se agolpaba ante las listas para comprobar sus participaciones:
Tras los años de esplendor anteriores a la Guerra Civil, el Café Español vivió sus días más duros en 1936. Forzados sus cierres y saqueado su interior por los milicianos, sus sillas de época sirvieron a éstos como asiento desde donde disparaban al Alcázar parapetados tras sacos terreros.
Pero tras la contienda civil, el Café Español volvió a la actividad normal varias décadas más:
Su claro sabor costumbrista no pasó desapercibido a Luís Buñuel, que le sacó mucho partido en 1969 en el rodaje de Tristana. Sin embargo, hubo un pequeño problema: sus techos demasiado bajos no permitían planos del gusto del genio de Calanda y el Café Español hubo de ser recreado en un estudio por el prestigioso decorador Alarcón. De este modo, las escenas del interior del café se convirtieron en las únicas de toda la película rodadas en un lugar no original. Sin embargo, el exterior del café sí apareció en la película perfectamente ambientado:
En estas capturas podemos ver la estupenda recreación del interior a cargo de Alarcón:
Este era el aspecto de su interior a todo color en 1974:
Pero desgraciadamente en 1982 el Café Español sucumbió a más de siete décadas de historia y terminó sus días reconvertido en oficinas de la Caja Rural, actividad que hoy mantiene y donde aún pueden admirarse sus pinturas en el techo y sus elegantes columnas metálicas.
Como curiosidad final, os dejo imágenes del negocio que existía sobre el Café Español: se trataba de la famosa Sastrería Arcal.
Sirva esta entrada de homenaje a uno de los locales que han marcado una época en Toledo, con el deseo de que algún día vuelva a tener un uso similar alejado del actual como oficina bancaria, un tanto insulso aunque repetuoso con el patrimonio que atesora y con su pasado.
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12 comentarios
¡Recuerdos de El Español! ¡Son tantos! ¿Por dónde empezar para no dejarnos ganar demasiado por la nostalgia? Podría decirse que, en cierto modo, antes de escribir la historia de Toledo del pasado siglo habría que escribir la historia del café Español, al menos como escenario de lo que, durante todos esos años, fue el centro del pulso más vital de la ciudad, con todas sus grandezas y miserias. Bajo sus nobles techos, primorosamente pintados por los Vera, entre los fustes clásicos de sus estriadas columnas, tras las cristaleras de sus amplios y luminosos ventanales sobre los soportales, ¡cuánto brujuleo político, cuánto trapicheo mercantil, cuanto chismorreo de dimes y diretes, cuantas citas temidas o deseadas! ¡Ah, y también, cómo no, cuántos encuentros o distancias al impulso de los sentimientos! Por allí pasaban artistas y tratantes, industriales y ganaderos, funcionarios y paseantes de calle, todo el elenco, en fin, de una ciudad que ni acababa de salir de su decimonónica decadencia ni de entrar en lo que algunos le prometían ya como tiempos de progreso. Todo era o todo pasaba en El Español, como en una especie de templo laico sin ninguna necesidad de ser declarado centro de educación para la ciudadanía.
Si echo mano de recuerdos, el primero es el de mi padre. El, que nunca fue demasiado partidario de bares y cafés, en los últimos años de su vida se hizo adicto fiel de El Español, y allí, en una mesa junto a los ventanales, pasaba un buen rato de la mañana, echando una ojeada a la prensa, pitillo va pitillo viene, sin demasiado respeto a las recomendaciones del doctor Fando, y con el módico consumo, capaz desde luego de arruinar a cualquier negocio hostelero, de un café cortado. En estos días aún lo recordaba con Gregorio, Gorito para los amigos, el último camarero del establecimiento, que resistió hasta el mismo dia del cierre, después de que tres generaciones de la familia Gálvez Medina, ante la estimable oferta de la Caja Postal, no tuvieran más remedio que bajar definitivamente los correderas metálicas de El Español. ¡Bastante mérito tuvo mantenerle hasta entonces con los nuevos tiempos que corrían!¡Bien merecido habrían tenido un homenaje! Hoy, ya casi treinta años despúes, sólo nos queda a algunos traer a nuestra memoria el recuerdo de ese buque insignia de nuestros mejores tiempos de juventud. Quizá, y por no alargar este comentario demasiado, en esta misma entrega semanal del blog de Eduardo, me anime a describir alguna de las escenas y de los personajes que quedaron grabados en mi memoria en ese irrepetible escenario de El Español.
Ya está tardando usted en escribir esas vivencias, Don Ricardo. Pocas personas tienen su capacidad descriptiva y evocadora a través del lenguaje.
Abrazos y mi enhorabuena al autor del blog también.
Me sumo a la petición de Carlos.
Muchas gracias, queridos Carlos y Liñan de Riaza, por vuestras palabras de ánimo y vuestra invitación a decidirme a darle a la tecla. Estoy, estoy en ello. Pero hasta que llegue ese momento, me sirvo de esta tribuna de "toledo olvidado", magnífica tribuna, por cierto, tanto más cuanto se comparte con tan extraordinarios participantes. Y en esta ocasión, para continuar con alguna otra semblanza del inolvidable Café Español que, aunque breve, ya quedaba más que señalada en "De árboles en Toledo", (pag. 81), donde ya tuve mi primer desahogo de añoranza por su lamentable desaparición. Así es que, vamos a ello:
Más que por la reposición del Don Juan o por la llegada de alguna compañía de zarzuela en el Rojas, sabíamos, por ejemplo,que había llegado el invierno, o que estaba a punto de llegar, porque la puerta de dos hojas que daba acceso al salón era sustituída por una giratoria, y era cosa notoria porque, salvo otra que había en la Diputación, era este el único lugar de la ciudad en que nos topábamos - y, a veces, hasta física y literalmente - con este primario sistema, que pretendía, digamos que con escasa eficacia, preservar la temperatura del interior del local, confiada a unos aparatosos radiadores, labrados en metal, muy decorativos, con frecuencia tan fríos como el propio granito de los bancos de Zocodover. Sea como fuere, tiritonas incluídas, lo cierto era que aquello de la puerta giratoria nos parecía una cosa como muy moderna. Pero si de esta manera colegíamos que había llegado el invierno, también, gracias a El Español, teníamos noticia de la llegada del verano. Con puntualidad casi británica, la inefable Amalia, abierto el ventanal que daba a la Calle Ancha, se colocaba su delantal blanco y se ponía a despachar helados al corte o en cucurucho. Aquel olor a caramelo y a vainilla, que presagiaba también la llegada del Corpus, igualmente se nos antojaba como señal de modernidad, que hasta ponía en el ambiente de la calle un cierto aire mediterráneo y cosmopolita.
Pero para fe de incrédulos, también era El Español lugar de trabajo. Así lo entendía el bueno de don Antonio Partearroyo, Igeniero Jefe de la Jefatura Agronómica, ubicada entonces en la Calle de Nuncio Viejo. Instalado en una mesa del café, aposentado con algunos papeles, y muy en particular los martes, días señalados de mercado en los que la Plaza de Zocodiver era un hervidero de gente, allí despachaba los más peliagudos asuntos de su incumbencia administrativa, tenía entrevistas con los agricultores y ganaderos de la provincia y hasta le era pasada la firma de documentos oficiales por un funcionario de la Jefatura. Aseguraba don Antonio, y sin ninguna duda cargado de razón, que entre aquellas historiadas columnas, bajo aquellos venerables frescos del techo, en una sola mañana resolvía más problemas y conocía mejor el sector agropecuario provincial, la climatología, las expectativas de las cosechas, que en toda una semana encerrado ente las cuatro paredes de su despacho oficial. ¡Poderes mágicos de El Español!
Y, mientras tanto, en los soportales y junto a uno de los ventanales, mi tocayo Ricardo, el tabaquero, fueran días de crudo invierno o de tórrida canícula, con su maletilla colgada del cuello, casi antes de llegar a él, ya me tenía preparados los cuatro "bisontes" que sabía que eran mi módica y económica ración diaria de suicidio controlado a base de nicotina, consumida la primera dosis en la propia barra del café.
Cómo olvidar también que la llegada del fin de año tenía en El Español otro lugar de cita ineludible. Era el de todos los gitanos de Toledo, que en esa noche y allí, entre cante y baile, celebraban la salida y entrada del nuevo año.
¡Recuerdos de El Español! ¿De El Español, o quizá tan sólo de unas vivencias de la distante juventud que quedaron prendidas en nuestra memoria en aquel sugestivo escenario? O, ¿acaso es que los sentimientos, los recuerdos que los reviven, son inseparables y forman parte de una simbiosis entre el espacio y el tiempo que nunca acabamos de entender?
¡Gracias Don Ricardo!
Maravilloso retrato de época envuelto en prosa de lujo.
Usted nunca defrauda.
Suscribo totalmente las palabras de Carlos. Incluso me atrevo a decir que más que lujo es lujazo.
Un saludo
Eduardo, enhorabuena. Me ha gustado mucho, la historia nunca debe ser olvidada.
(Franco Battiato?? eres hermano de Richard!! jajaja?
Sl2
Excelente entrada como siempre. Sólo me ha faltado una referencia, aunque fuera de pasada, a Telesforo. La pastelería -con sus deliciosas toledanas- y el Café Español siempre irán unidos en mi memoria.
Lamento puntualizar tan estupendo y lujoso post; antes que Caja Rural fue sede de la Caja Postal. Caja Rural tenía su oficina en Alféreces Provisionales -donde está ahora la ONCE-.
Pero vamos, que enhorabuena.
Sagrario
Hablando de todo un poco; como no mencionar tan reconocida caja, en sus comienzos en Alferez provisional a cargo de D. José María de Pablos, gran hombre por sus labores tanto profesionales como morales. ¡Que tiempos eran aquellos! en los que se respiraba y reinaba el respeto, la palabra, y la paz.
Siempre que entro en esta pagina me sorprendo muy agradablemente, pero mucho. Una labor encomiable esta que haces Eduardo.
Cuantas tardes de invierno en el Español.Estudiantes con frio y sin dinero que viviamos en pensiones de mala muerte nos reuniamos alli y con solo un cafe, pasabamos horas y horas calentitos ,hablando, haciendo tareas docentes, ligando.....
A Toledo le falta una cafe como aquel o una chocolateria.
Muchiiiiiisimas gracias por todo lo que publicazs aqui Eduardo, muchas gracias por compartirlo con tod@s nosotr@s
Gracias Eduardo...por todo lo que escribes sobre Toledo,esto sirve para que los que tenemos nostalgia lo llevemos un poco mejor.yo vivo fuera de Toledo casi desde que cerraron el Cafe Español,y al año siguiente cuando regrese para Navidad,me lleve un disgusto cuando vi que estaba cerrado,y no porque yo lo frecuentara mucho, si no porque en el Cafe Español conoci al que hoy es mi marido,... y como dice Bundiano yo era mas golosa y iva mas a Telesforo...El Cafe Español era un clasico de la plaza Zoocodober...
eso si encuanto que Amalia abria la ventana,todos los chabales del barrio ibamos a por nuestros helaos al corte.. durante el invierno nos manteniamos con el puesto de chucherias que tenia el Sr.Julio en la cuesta de Belen.
y en la Cuesta Pajaritos estaba el puesto del que llamaban El Manco...su hija Angelines sigue con el puesto que tenian en la Vega
un saludo
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