sábado, 22 de noviembre de 2014

1906: Joaquín Sorolla inmortaliza en Toledo el alma de Castilla

En este curioso país llamado España, las denominadas "realidades históricas" suelen enarbolarse más para dividir que para cultivar un sano patriotismo basado en la riquísima diversidad de las tierras que lo conforman. Sin embargo, una de sus realidades históricas más notables e indiscutibles languidece hecha jirones, dividida en cinco o seis pedazos, menospreciada y casi olvidada por sus propios habitantes. Me estoy refiriendo a Castilla. Sí, Castilla, sin más. La muy discutible división territorial de la última transición y el taifismo imperante en la gestión de las comunidades autónomas hace que estas porciones de Castilla vivan a menudo ignorándose unas a otras pese a los históricos lazos que las unen y que -le pese a quien le pese- las seguirán uniendo en el futuro.
No fue sin embargo así en un pasado aún reciente: Castilla fue para los miembros de la Generación del 98 una de sus mayores fuentes de inspiración. De este modo Castilla formó parte esencial de la obra de genios de la literatura como Antonio Machado, Azorín, Pío Baroja, Miguel de Unamuno, Blasco Ibáñez o Jacinto Benavente.
La influencia de este grupo de intelectuales llegó a otros campos como por ejemplo la pintura. En aquellos años, uno de los pintores más destacados del panorama nacional era el valenciano Joaquín Sorolla y Bastida.
Sorolla en la Playa de la Malvarrosa
Aunque sus relaciones con los miembros de la Generación del 98 no fueron siempre idílicas -especialmente por las diferencias entre los temas abordados en sus cuadros y las ideas regeneracionistas de los miembres de este grupo, más interesados en abordar los graves problemas del país- Sorolla entabló amistad con varios de ellos como Blasco Ibáñez (también valenciano) o Azorín, y retrató a muchos de sus miembros y simpatizantes.
Estas influencias mutuas hicieron que Sorolla también comenzara a mostrar gran interés por Castilla, especialmente animado por otros pintores como Aureliano de Beruete -que pintaba asíduamente en Segovia y en Toledo-. De este modo Sorolla, hasta entonces básicamente interesado como buen valenciano en exteriores ligados al mar, comenzó a enamorarse del paisaje y el paisanaje castellano, siendo capaz como pocos de atrapar su esencia en trabajos desarrollados no solo en Toledo sino en Segovia, Ávila, Burgos y otras muchas localidades castellanas.
Se sabe por una carta enviada por Sorolla a su mujer Clotilde que ya estaba en Toledo el día 21 de octubre de 1906, acompañado por Beruete, que siempre venía a Toledo a pintar en otoño y se alojaba (¡cómo no!) en el Gran Hotel de Castilla (comúnmente conocido como Hotel Castilla) de la toledana plaza de San Agustín. La impresión que causó Toledo en Sorolla debió ser inmensa, pues en su corta estancia hasta el 4 de noviembre pintó nada menos que veinte lienzos y bocetos. Como muestra de su idilio con la ciudad sirvan estas palabras del pintor en la carta a su esposa:

«Este pueblo, instalado una larga temporada, podría ser muy importante para el arte español, modestias aparte. Aquí, y no en Madrid, deberíamos vivir los que nos dedicamos a la pintura, pues nada hay en Italia y Bélgica que lo iguale; hoy mismo he visto el hospital o la iglesia de Santa Cruz, y me he quedado con la boca abierta. ¡Cuánta hermosura! ¿Qué sería de este pueblo en tiempos de Carlos V? En fin, no hay sino deplorar la incuria y la miseria de España (...). Todo desaparecerá, pues lo absorbe todo Madrid, y esto es albergue de cadetes, curas y de pobres que no dejan de andar por las calles.
(...) Es una poesía la que hay en Toledo, un misterio tan profundo, que sin esfuerzo vives en pleno siglo XVI.»


De esta primera visita de Sorolla a Toledo se conservan en el Museo Sorolla varias fotografías en las que aparece el pintor con su mujer e hijos mientras pintaba alguna de sus obras maestras. Constituyen documentos históricos de enorme valor no ya solo por su antigüedad sino por permitir ver al pintor desarrollando su labor creativa en aquellos intensos días en lugares perfectamente identificables por los que hoy pasamos a diario.
De todas las fotografías es probable que la más simbólica sea en la que aparece el pintor con su mujer e hijas -puede que el fotógrafo fuese su hijo Joaquín- pintando nada menos que su célebre "El ciego de Toledo" hoy propiedad del Meadows Museum en EE.UU. y que se expone estos días en la estupenda exposición de la Fundación Mapfre. Como se puede apreciar con claridad, Sorolla pintó el cuadro en la Bajada de Doce Cantos:
Joaquín Sorolla en Toledo en el otoño de 1906. Álbum familiar © Museo Sorolla, MECD
Sorolla, Joaquín. 1906. El ciego de Toledo. Óleo sobre lienzo, 62 x 93cm. Dallas . Meadows Museum

Otra estupenda fotografía es esta en la que vemos al matrimonio Sorolla junto al Puente de San Martín con San Juan de los Reyes al fondo:
Joaquín Sorolla en Toledo en el otoño de 1906. Álbum familiar © Museo Sorolla, MECD

También es sensacional esta otra en la que el pintor se sitúa pegado a los muros del Castillo de San Servando...¡cuánta historia en una sola foto!
Joaquín Sorolla en Toledo en el otoño de 1906. Álbum familiar © Museo Sorolla, MECD

Preciosa es también esta toma de su familia junto al entonces limpio Tajo -otra de las vejaciones que sufre Castilla en nuestros días- muy cerca de los restos de lo que fue el Artificio de Juanelo:
La familia de Joaquín Sorolla en Toledo en el otoño de 1906. Álbum familiar © Museo Sorolla, MECD

Esta fotografía está tomada desde el Paseo del Carmen y probablemente aparece en ella Joaquín Sorolla hijo:
Joaquín Sorolla en Toledo en el otoño de 1906. Álbum familiar © Museo Sorolla, MECD

No fue la última vez que Sorolla vino a la ciudad, sino que a esta visita le siguieron varias más hasta al menos 1913. De su talento a la hora de retratar los paisajes españoles tuvo noticia Archer M. Huntington, fundador de la Hispanic Society of America, que le encomendó en noviembre de 1911 la colección "Visión de España", en el que destaca "Castilla: La Fiesta del Pan", un soberbio mural de 3,51 metros de altura por 13,92 metros de ancho en el que a modo de alegoría figuran los habitantes de las comarcas castellanas y en el que son perfectamente identificables como fondo las ciudades de Toledo y de Ávila.
Castilla. La Fiesta del Pan. Pintado por Joaquín Sorolla en 1913 para la Hispanic Society

Con el deseo de que os hayan gustado estos documentos históricos solo me queda animaros a visitar la mencionada exposición de la Fundación Mapfre "Sorolla y Estados Unidos", abierta hasta el 15 de enero de 2015.

Para saber más:

- Los cuadros de Toledo pintados por Sorolla (entrada del blog Siempre Contigo).
- Cartas de Aureliano de Beruete a Joaquín Sorolla.
- Exposición Sorolla y Castilla.

Vista de la calle Recoletos pintada por Sorolla desde el Hotel Castilla:
"Una calle de  Toledo", obra de Joaquín Sorolla. Pintado desde el Hotel Castilla, donde se alojaba. La que se ve es la calle Recoletos. Otoño de 1906.

6 comentarios

Ricardo Sánchez Candelas dijo...

Toledo Olvidado nos presenta una vez más otro insólito descubrimiento, el de la proyección de la deslumbrante luz mediterránea, expresiva y vitalista, de la pintura de Sorolla sobre la aridez, tantas veces dura y adusta, de la Castilla profunda, en esta ocasión con ese Toledo como escenario de referencia al que el artista levantino visitó, emocionado y cautivo de su hermosura, como se nos muestra en este impresionante –e impresionista– reportaje fotográfico de su estancia toledana. Parece ya una constante de nuestra secular historia el aumento incesante del elenco de nuestros “descubridores”, tanto nacionales como foráneos. ¡Son tantos y tan insignes! Hoy, con Toledo Olvidado, se incorpora a esa lista el valenciano Joaquín Sorolla.
Pero en esta ocasión, con motivo de esta entrada tan castellanista, tan reivindicativa de una identidad histórica que, con despectivos olvido e ignorancia de la nuestra, parece ser tan solo patrimonio de otras tierras españolas, no puedo ni quiero sustraerme a algún comentario político muy personal. Se me disculpará, por tanto, o eso espero, que en esta ocasión mis comentarios se centren más en esa dirección.
Nos habla el autor del blog de “la muy discutible división territorial de la última transición y del taifismo imperante en la gestión de las comunidades autónomas”. Para coincidir de manera absoluta con ese realista diagnóstico no tengo más remedio que transcribir literalmente el primer párrafo de mi artículo “El fracaso de un proyecto”, datado en mi ordenador con fecha 7.11.2005. Escribía yo en aquella fecha lo siguiente: “La admisión a trámite en el Congreso de los Diputados del nuevo Estatuto de Autonomía para Cataluña supone, por mucho que duela tener que decirlo, el reconocimiento del fracaso de un proyecto colectivo de convivencia, alumbrado en la Constitución de 1978, entre los distintos territorios de la Nación española y de reparto razonable del poder político entre los mismos, a la vez que entre ésta y aquéllos. Ciertamente, una fecha infausta de nuestra historia, y de la que todavía carecemos de perspectiva para calibrar la verdadera dimensión de su gravedad.
Éramos ya muchos los que, desde hace algún tiempo, habíamos llegado al convencimiento de que para los nacionalismos periféricos de toda índole, ya casi apenas sin matices entre los más separatistas o violentos y los más gradualistas o moderados, el Estado de las Autonomías no había sido otra cosa que la inconfesada excusa para dilatar algo en el tiempo su inicial, auténtico e irrenunciable propósito separatista. La radical deslealtad de los partidos nacionalistas a ese proyecto colectivo, no sólo con España como Nación sino con el resto de las Comunidades Autónomas que suscribieron ese pacto de convivencia, con ser algo muy decepcionante para quienes, de buena fe, creyeron en el mismo, debiera haber sido al menos cosa previsible por quienes no tuvieran una visión excesivamente ingenua de la historia o simple ignorancia de la misma”. Fin de la cita y continúo en el siguiente comentario

Ricardo Sánchez Candelas dijo...

7/11/2005-23/11/2014. Casi exactamente nueve años para que aquella perspectiva, ya casi ni premonitoria entonces, se haya convertido hoy en palpable realidad. Añadir, como dato curioso, que remitido aquel artículo a un periódico de renombre nacional, no fue publicado. Por aquellas fechas debía ser todavía políticamente incorrecto denunciar ciertas evidencias.
Pero es necesario volver aquí y ahora a uno de los elementos básicos de ese “proyecto fracasado”. No era otro –y así se subraya en el texto de esta entrega del blog– que la maniobra política de la desmembración de Castilla. Hacer débil a Castilla y fraccionarla, era tanto –y ahora lo comprendemos bien– como hacer débil y fraccionable a España. La Castilla Total, La Castilla Completa, La Castilla Entera, (no ese preconstitucional y ya antiguo troceo artificial entre “la vieja” y “la nueva”, por mucho que le diera por bueno hasta el propio Cervantes, o para mayor desgracia, ese otro, ya constitucional, mucho más sangrante –y seguro que intencionado– del lamentable “café para todos”), era algo completamente incompatible con el mucho más deplorable todavía tenderete autonómico actual, tan lucrativo para las épicas e hípicas ambiciones de unos y de otros, de otros y de unos. Ese fue el primer éxito, taimado y artero, una especie de “delenda est Castilla”, entonces inconfesado por inconfesable, de los secesionismos que hoy tenemos ya servidos a la carta.
Por poner un solo ejemplo que también se cita en el texto del blog cabe reflexionar sobre el futuro del Trasvase Tajo Segura –“otra de las vejaciones que sufre Castilla en nuestros días”, afirma Eduardo Sánchez Butragueño cargado de razón– o sobre la insolidaria, egoísta e irritante negativa catalana de que también el Ebro debiera contribuir a compartir con el Tajo su solitaria sangría en su Expolio a tierras levantinas. ¿Serían igual las cosas con una Castilla Total? Esa fragmentación de Castilla explica muchas cosas. Continuará el texto en el siguiente comentario.

Ricardo Sánchez Candelas dijo...

Y llego a un punto crucial de mis reflexiones: uno de los elementos decisivos de la reivindicación de esa Castilla Total-Completa-Entera debería haber sido la exaltación de nuestra lengua común, el castellano, el español. ¡Qué bien ha entendido y manejado el secesionismo catalán para el logro de sus fines soberanistas la fundamental importancia de ese instrumento que es la lengua propia!
Nosotros no. Y tengo una experiencia personal que ya no me resisto a comentar para conocimiento de los seguidores del blog.
Es la siguiente: de la última intervención mía, manifiestamente mejorable, en el ámbito de la política, más me valiera no guardar memoria si no fuera porque a cambio de la misma, como única condición puesta por mi parte –me parecía sacrificio suficiente y que merecía la pena–, se me prometió impulsar y aprobar en las Cortes de Castilla-La Mancha una iniciativa parlamentaria que con el título “Ley de Protección y Fomento del Buen Uso de la lengua Castellana”, (abreviadamente Ley del Castellano), ya en julio de 2004, y con motivo del IV Centenario del Quijote –¡va a hacer 10 años, ocasión más oportuna imposible!–, propuse a los más significados dirigentes políticos de entonces de ambos partidos con representación en las Cortes regionales.
Señalo algunos antecedentes: la proposición la llevé en mano a la propia sede oficial de las Instituciones. Ni siquiera se me cursó acuse de recibo. Para evitarles el oprobio público, (si es que les importa algo, cosa que dudo), de su silencio de entonces omito el nombre y apellidos de los destinatarios, aunque para los hábiles seguidores del blog, a poco que se haga memoria de las fechas, no será difícil averiguarlo.
Para sorpresa mía, perdida ya toda esperanza, la Proposición de Ley fue incorporada por fin a trámite parlamentario –pensé aquello de que nunca es tarde si la dicha es buena– por el Diputado autonómico popular don Lucrecio Serrano, si bien, por motivos de calendario, no prosperó al producirse la disolución de las Cortes en fechas inmediatamente posteriores a las de su entrada en Registro. De hecho, la prensa regional se hizo eco de la noticia, y así, el Diario ABC por ejemplo, la titulaba en su edición de 28 de enero de 2006 como “El PP llevará a las Cortes regionales un proyecto de ley en defensa del castellano”.
Con todo, el texto presentado en aquella ocasión por el mencionado Diputado en nombre del Grupo Popular, y coincidente en lo sustancial con mi propuesta, ya figura en el Diario Oficial de las Cortes de Castilla-La Mancha, (1 de marzo de 2007, pags. 7047 y 7048), por lo que, de abordarse hoy la iniciativa, se trataría simplemente de retomar una propuesta parlamentaria ya iniciada como Proposición de Ley en el capítulo de “Textos en trámite”. Tan sencillo como eso.
En el comentario posterior continuará el texto de este artículo

Ricardo Sánchez Candelas dijo...

Animado por esa circunstancia, ya en fecha relativamente reciente, (8 de agosto del presente año), y pensando que si en la primera parte de las aventuras andariegas de don Quijote no hubo suerte podría haberla en la segunda, (ya tan próxima, Centenario del 2015), he vuelto con ánimo renovado –inasequible al desaliento como se decía antes– a plantear la cada vez más urgente y necesaria aprobación de una Ley en defensa de nuestra maltratada y menospreciada lengua castellana. Como en la anterior ocasión, el texto le he llevado en mano al órgano regional correspondiente. Si el éxito del primer intento fue perfectamente descriptible, este segundo no lleva mejor camino. Han transcurrido ya casi cuatro meses y, como en la anterior ocasión, sólo he recibido hasta ahora la callada por respuesta, cuando ya sólo se trataría de retomar una iniciativa parlamentaria cuyo texto ya está tramitado. En esa Consejería responsable (¡!) del área objeto de la propuesta debe haber mucha ocupación para el “deporte”. Para la “cultura” más bien poca. Para la “educación”, por lo que veo, ninguna. No por simple educación sino, y aunque sólo fuese por respeto institucional, se me debería haber contestado. ¡Qué bien se acordaron cuando les convino de mis antiguos cargos públicos!
Y ahora ya es necesario volver a nuestra reivindicación castellanista. Supongo que con tanta legitimidad “identitaria” como cualquier otra. Lo que acabo de relatar en este comentario nos da una idea del aprecio que nuestros políticos y sus lameculos adyacentes a sueldo y tiralevitas de variado pelaje, (a alguno de los cuales les remití un ejemplar de la Proposición de Ley para recabar su opinión y posible apoyo), sienten por Castilla y por lo castellano. En particular por nuestro bendito y maltrecho idioma, expresión máxima de nuestra cultura como vehículo esencial de ideas y sentimientos. Ellos, compulsivos incumplidores de promesas, insistentes olvidadizos de compromisos, están a otra cosa. Ellos están a sus “hencuestas”, a sus “royos eleztorales” y a “hechar inzienso” a los que mandan. ¿La ortografía? ¡Bah, manías de puristas del lenguaje! ¿La riqueza de vocabulario? ¡Venga ya, empeño de pedantes eruditos! ¿Redacción correcta de textos? ¡Lo que nos faltaba: ponernos moños literarios!

Ricardo Sánchez Candelas dijo...

Mientras tanto, nuestra lengua se nos desangra como se ha desangrado ya la propia realidad histórica de Castilla. Pero, ¿qué les importa a ellos? ¿Qué les importa que Sorolla, como tantos otros, protagonista hoy de Toledo Olvidado, viniera a Castilla y se convirtiera en uno más de nuestros “descubridores” y que con su lenguaje levantino, lenguaje pictórico en su caso, y de la mano amiga de Aureliano de Beruete, se encontrara todavía con ese Toledo, “albergue de cadetes, curas y de pobres que no dejan de andar por las calles”, casi idéntico al de “las tres ces” –curas, cuestas y cadetes– con el que también se topara Ángel Guerra de la mano de Benito Pérez Galdós?
El año que viene, ya casi en puertas, hará cuatrocientos años de la Segunda Parte del Quijote. La ocasión para enaltecer con una adecuada protección legal lo más preciado de nuestro patrimonio cultural común, nuestra hermosa lengua castellana, volvería a ser propicia. Por lo que voy viendo, dudo mucho que se aproveche. De mil amores rectificaría todo lo dicho si me equivocara. Mi equivocación vendría a ser como una parcial redención, con disculpas incluidas, de mi defraudada fe en Castilla. Defraudada por otros, por supuesto.
Esa tierra, severa y ocre, áspera y casi siempre calcinada, de venturas transitorias y verdores efímeros, es la Castilla que hoy, en gran medida, en sus ciudades y en sus campos, se nos presenta rota y desfigurada por intereses antiguos y por errores nuevos. El más nuevo de ellos, el de la muerte civil de nuestro idioma. Es la Castilla gentil a la que Mío Cid encomendara viaje a Alvar Fáñez de Minaya, la Castilla de las correrías locas, o no tanto, del Ingenioso Hidalgo Alonso Quijano el Bueno y de la trotacaminos Celestina, tan toledana ella, la Castilla de don Diego, el Deán de nuestra Catedral que encargara a El Greco, como su primer trabajo en España, los retablos del toledano convento de Santo Domingo. Y también, para quienes ya sufríamos la irremediable enfermedad de las letras, la Castilla romántica de Bécquer y Espronceda, la de los pensadores de la decadencia ya anunciada del “noventayocho”, Unamuno y Azorín, la de lo más vibrante de nuestro costumbrismo castizo, Galdós y Benavente, la de Umbral y Delibes, tan recientes maestros, la de tantos otros, en fin, de cuyas fuentes bebimos nuestra primera pasión literaria.
En resumidas cuentas, esa Castilla que, pese a quien pese, es el alma de España. Y si así lo afirmamos de ella, también lo es Toledo por ser el alma de Castilla. Muy bellamente quedó expresado en aquella laudatio de toledanismo –y también de españolismo– que el doctor Marañón, en su “Elogio y nostalgia de Toledo”, hacía de Benito Pérez Galdós: “Su pasión toledana –escribía allí don Gregorio– era su misma pasión española; la que hoy hace inmortal su figura; la que a nosotros, por nuestra ventura, nos enseñó; la que nadie, cualquiera que sea su adhesión a las fugaces banderías de la política, debe olvidar. Y hasta que todos podamos gritar juntos el lema simbólico de la alegría de Toledo y de España, digamos de Galdós aquello que él leyó tantas veces sobre el sepulcro de Mendoza: “Dormit in hoc lapide, nomine qui vigilat”: él duerme, pero su nombre vive y vigila”.
Antes de terminar quiero hacer una dedicatoria de estos extensos comentarios, que hoy casi se han convertido en un artículo. La hago, como tributo de justicia, a mi buen amigo Pedro Manuel Soriano Galán, Presidente del Partido Castellano, que desde hace mucho tiempo, con incansables tenacidad y entrega a la causa de Castilla, con entereza y dignidad comuneras, frente a fracasos e incomprensiones, viene manteniendo esta idealista lucha por defender una Castilla tan ignorada por muchos como traicionada por tantos. Quede aquí constancia de ese merecido reconocimiento.

Pedro Manuel Soriano Galán dijo...

Leo y releo el auténtico alegato castellanista que Eduardo y Ricardo han plasmado en esta entrada y en sus comentarios y no puedo más que mostrar mi absoluta adhesión al mismo. He de reconocer que hay un punto que me parece excesivo e inmerecido, y es que la dedicatoria de estos comentarios esté dirigida a mi. No creo ser merecedor del tributo que Ricardo pretende rendirme con su dedicatoria, aunque tengo que reconocer que no sólo me he sentido alagado sino que algún pequeño nudo en la garganta se formó mientras lo leía...
Muchas gracias y un fuerte abrazo a los dos. Desde mi humilde trabajo continuaré luchando por esta Castilla tan ignorada como vilipendiada, y con más ganas si cabe tras leer esta dedicatoria.
Un abrazo

© TOLEDO OLVIDADO
Maira Gall