martes, 18 de septiembre de 2012

La historia de la mina del Alcázar contada desde los dos bandos tras 76 años

Hoy se cumplen 76 años del estallido de la enorme carga explosiva contenida en la mina excavada por el gobierno de la II República para acabar con el encierro que casi 1.800 personas del bando sublevado mantenían desde hacía ya dos meses en el Alcázar de Toledo.
Con tal motivo Toledo Olvidado publica hoy una entrada especial en la que todo el mérito debe recaer en uno de los mayores expertos que jamás he conocido sobre el Asedio: Víctor Girona Hernández. Es a él a quien debemos agradecer la generosidad de compartir tres documentos en buena medida inéditos de inmenso valor: una fotografía y dos diarios.
Comencemos por la fotografía. Se trata de una imagen tomada por un periodista de guerra alemán que acompañaba el avance del ejército nacional en dirección a Toledo procedente de Extremadura. Un familiar suyo visitó Toledo en 1997 y fue entonces cuando Víctor Girona y él se conocieron. Este familiar del fotógrafo donó a Víctor la fotografía, que desde entonces la conserva como oro en paño. Se trata de una de las fotografías tomadas justo después del asedio -finales de septiembre o comienzos de octubre de 1936- en las que se ve con más claridad desde el patio del baluarte la inmensa dentellada ocasionada por la mina que los republicanos hicieron estallar la mañana del 18 de septiembre de 1936, y que hizo saltar por los aires todo el torreón suroeste y buena parte de la fachada oeste. Es por tanto la perspectiva que contemplaban los sitiados desde el patio entre ese día 18 y el 27 en que fueron finalmente liberados por las tropas del general José Enrique Varela.
Efectos de la mina del 18 de septiembre sobre el flanco suroeste del Alcázar. Fotografía de un periodista alemán hacia el 1 de octubre de 1936. Cortesía de Víctor Girona
Pero, siendo enormemente valiosa esta imagen, tal vez sean los documentos escritos lo más extraordinario que Víctor nos regala. Se trata ni más ni menos que de dos diarios inéditos de dos mandos -uno de cada bando- que narran el día a día de la construcción de la mina. Reflejan de modo sobrecogedor el tremendo miedo y desasosiego, rayano en la locura, de los sitiados así como la esperanza de los sitiadores por acabar con un encierro que comenzaba a acabar con su paciencia.
Tras varios días de trabajos de excavación realizados por mineros asturianos venidos ex profeso a Toledo, la voladura se realizó ante un enorme despliegue de medios y autoridades encabezado por el presidente de la República Francisco Largo Caballero que contempló la explosión desde los cerros cercanos a la ciudad.
No me extiendo más. A continuación os dejo con los textos de ambos diarios y la presentación que de ellos hace Víctor Girona. El resto, es historia.


Detrás de toda fotografía, hay una historia. Y la de ésta, inédita hasta hoy en que decido hacerla pública gracias a la invitación que me brinda Toledo Olvidado, muestra el resultado de uno de los momentos más trascendentales de la Guerra Civil Española en Toledo: el efecto causado por la mina que voló el torreón SO y parte de la fachada Oeste del Alcázar el 18 de septiembre de 1936. Nos enseña a la perfección la “dentellada” que causó y como volatilizó parte del sur y el oeste de la fortaleza. Es la imagen de la desolación tras la batalla y, además, contiene la pequeña gran historia de dos hombres que, sin conocerse y en bandos enfrentados, defendieron libremente sus ideas y tuvieron, sin saberlo, un nexo común aquellos tristes días de odio; se trata de Don Luís Barber Grondona, Teniente de Ingenieros, Oficial que se encargó dentro del Alcázar, desde el momento en que tuvieron conocimiento de ello, de seguir los trabajos de minado que efectuaban los sitiadores y de Don Antonio Fernández Granados, Guardia de Asalto, perteneciente a la fuerza que sitiaba el Alcázar, 1ª Compañía de Asalto. Ambos dejaron escritas sus memorias de aquellos hechos y en los dos casos son prácticamente inéditas; dándose la circunstancia, por ejemplo, de que el Diario del Guardia de Asalto fue publicado en 1958 en el semanario provincial “Toledo”.

El Teniente Barber, único Oficial del Arma de Ingenieros entre los sitiados, en sus memorias nos cuenta con detalle su llegada a Madrid con un mensaje desde el norte de África y como allí conoce del asesinato de su tío, Don José Calvo Sotelo (la esposa de éste y su madre eran hermanas), su posterior llegada a Toledo e incorporación a las fuerzas que se muestran conformes con seguir la tesis de la sublevación contra el Gobierno del Frente Popular; a lo largo de su relato, va desgranando los diferentes aspectos y vicisitudes que compusieron la vida de los sitiados durante aquellos 70 días del verano de 1936 y es testigo directo de la Conversación del Coronel Moscardó con el Jefe de las Milicias de Toledo el 22 de julio de 1936, en la que se le conmina a rendir el Alcázar a cambio de la vida de su hijo, Luis Moscardó Guzmán. Pero tal vez lo más interesante, es poder constatar como este Oficial siguió y se enfrentó a los trabajos de minado, el poder conocer de su propia mano lo que pasaron dentro de la fortaleza las 1.800 personas entre hombres, mujeres, ancianos y niños que allí se refugiaron, sus dudas, sus terribles preocupaciones y la casi locura que les invadió los últimos días de asedio hasta que hizo explosión la mina al amanecer de aquel 18 de septiembre.
La otra visión, desde el punto de vista de los sitiadores, se encuentra recogida en las entradas del Diario del Guardia de Asalto Don Antonio Fernández Granados, que se encontró el Ingeniero Agrónomo, Don Fernando Espejo Prieto, abandonado encima de la mesa de su despacho en la Delegación de Hacienda de Toledo tras liberarse la ciudad, el 28-29 de septiembre, junto con una bomba de mano y una gorra de uniforme. El Diario arranca el 20 de agosto y termina el 26 de septiembre y está escrito en un cuadernillo de 15 x 10 cm, cuadriculado, y con el sello de una papelería de Madrid, Paseo de las Delicias, 36.
Cronología de la destrucción del Alcázar de Toledo durante el Asedio de 1936. Fuente: wikicommons

Del Diario del Teniente Barber:

“El día 16 de agosto me avisaron que se oían ruidos en la imprenta; acudo, se oía perfectamente claro el trabajo de un pico a una distancia no muy grande. Los ruidos parecen indicar sea una mina. Poco antes por radio en un discurso habían dicho “que en el Alcázar resistían cien locos con sus familias que no caían por la magnanimidad del Gobierno, que no había querido emplear contra ellos los recursos que le ofrecían los mineros asturianos”. Por todo esto es muy probable que estén tratando de volarnos y el problema es gravísimo.
- ¿Una contramina….?- me dicen.
Imposible, no hay elementos para atacar la roca en que está cimentado el edificio a la velocidad que estas cosas requieren, sólo disponemos de unos cuantos picos corrientes y entre los defensores solo el Cabo de la Guardia Civil D. Cayetano Rodríguez Caridad sabe algo de esto porque hace 20 años trabajó en unas minas de Peñarroya y para estas labores se necesita algo de práctica, aparte de que la cantidad de explosivo que tenemos es muy pequeña, aun contando los proyectiles sin explosionar.
- ¿Otra solución….?
- Tratar de localizar la boca y destruirla en una salida.
Se acepta esta solución y empezamos la observación para localizarla. Por la dirección del ruido parece que viene por el ángulo SO del torreón de esta misma situación…”.
Plano que realizó el Coronel Moscardó durante el Asedio y que fue publicado en los años 50 en el libro que sobre su biografía escribió el que fuera su ayudante, el Comandante Benito Gómez Oliveros

“Se busca a los que conocen las casas cercanas y se localiza un sótano, aproximadamente en la dirección en que se oye el ruido, la casa es la que hace esquina a la Plaza de Capuchinos y al callejón que va al Horno de los Bizcochos… El asunto parece resuelto y se ordena la destrucción de la casa. Vela Hidalgo se ofrece con sus chicos para ocuparla y quemarla, pero antes se intenta desde las ventanas con bombas incendiarias y con gasolina. El día 19 el teniente Lacourt las tira maravillosamente y se le confía esta misión, tira primero una Laffite dentro del patio seguida de una incendiaria y se oyen gritos, han hecho blanco, luego hemos sabido que se hicieron algunas bajas entre los mineros que dormían tranquilamente al fresco. Pasamos un rato de dudas porque la casa no ardía, pero al fin se logró. Los ruidos desaparecieron y nos quedamos con la relativa tranquilidad de haber hecho fracasar sus propósitos.”

“Pero poco duró la tranquilidad, cuando aún no se había apagado el incendio me llaman una noche porque se oía un motor, temen que sea un compresor, le oigo y quiero creer que es una bomba para apagar incendios, sostengo este punto de vista y me vuelvo a mi cama. No he querido dejar traslucir mis dudas, pero hacia poco había estado trabajando con un compresor en Ceuta y el ruido que había escuchado, a pesar de no tener las intermitencias clásicas del regulador automático, podía serlo. Tras él, la carga, el martillo, la roca, el Alcázar, la dinamita, los luceros… El mundo se me cae encima, estoy solo”…. “Me serené… ahora me pedían inteligencia, no podía dudar, era Ingeniero, mi padre y mi abuelo lo eran, ellos desde sus puestos civiles habían triunfado siempre, yo con su sangre, no podía achicarme. Conocía poco esta materia, mi corta vida militar, ocho años, había transcurrido en Transmisiones dos años y en Automovilismo de Marruecos el resto, cosas totalmente alejadas de la guerra de minas…”

“Salí al patio, caras preocupadas me abordan.
- Están haciendo una mina- me dice alguien
- ¿Quién os ha dicho eso?
- Por los sótanos eso se dice…
- Son tonterías, anoche se oyó un motor y como no tenéis en que ocuparos ya se ha inventado esa fantasía…
Mineros asturianos cavando las minas bajo el Alcázar de Toledo
En uno de los archivos que había al lado de la imprenta la cosa se pone más fea.
- Hemos oído unas explosiones sordas- me dicen (Dios mío, barrenos- pienso)
- Serán los golpes de los proyectiles que no hacen explosión-contesto.
- Es un ruido distinto.
- Porque antes no se fijaban en esta cosas…
- Le aseguro que es cierto.
- No lo dudo, pero tienen los nervios excitados y no interpretan bien los ruidos.
- Yo he oído una cosa como un chirrido con intermitencia- me dice otra (la barrena del compresor)
- Serán ratones…
- No lo creo.
- Ya saben que hay muchos y antes no se fijaban en estas cosas. De todas formas estén tranquilos, que se tomarán todas las medidas necesarias para evitar lo que sea y duerman con la seguridad de que hagan lo que hagan no nos cogerán desprevenidos”.
“Busco a Don Adolfo Aragonés, Ayudante de Obras de la Comandancia de Ingenieros a quien conozco de toda la vida, que se conoce el edificio palmo a palmo por los estudios históricos que de él ha hecho y que ha tenido el buen recuerdo de recoger los planos del edificio que conservaba en la oficina:
- Haga el favor de mirar la situación de las alcantarillas que vengan por la parte Oeste y Sur del edificio… ¿esto está cimentado en roca?
- Sí, este montículo parece que es de roca granítica muy dura.
Subo a ver al Coronel:
- Aún no puedo asegurar nada, pero me parece que sí.
Le digo lo que he hecho y le pido me agreguen al Cabo minero quitándole todo servicio, da la orden.
- En ti confío – me dice al salir.
- Haré todo lo que pueda, mi Coronel”.

“El Cabo minero me da cuenta de sus observaciones, ha oído barrenos y el trabajo de un martillo perforador.
Compresor neumático que accionaba las perforadoras de las dos minas cavadas para volar el Alcázar por los republicanos. Situado en la Plaza Mayor
Ya no hay dudas, es una mina.
- Pero ¿a qué distancia cree usted que estarán?- le pregunto
- Muy lejos, porque la barrena casi no se siente.
- Entonces en roca se tardará mucho…
- Desde luego.
- ¿Cuántos barrenos hacen falta para cada avance?
- Es variable, normalmente se da uno en el centro y dos inclinados y luego algunos tacos para corregir los salientes que quedan.
- ¿Qué profundidad suelen tener?
- Unos 80 cm como máximo, pero eso es muy variable.
- Es decir, ¿qué cada serie de barrenos supone como máximo un avance de 80 cm?
- Aproximadamente, sí señor.
- Pues a vigilar con todo cuidado el número de barrenos, procurando aquilatar en su intensidad”.

“Voy a la imprenta donde duermen algunos chicos, les encargo que me vigilen los barrenos y que apunten a las horas a que los oyen. Subo al piso principal, a la nave del frente Oeste, allí hay una Compañía de la Guardia Civil mandada por el Capitán Esteban Vals, le encargo me tome el horario a que trabaja el compresor.”

“Trato de ocultar el resultado de mis observaciones, pero es inútil, mil novecientos pares de orejas escuchan ruidos y no se les puede convencer, han oído los escapes de aire del compresor y no se puede sostener la idea de la bomba… Por la noche, cuando todo está en silencio, oigo el ruido de la barrena en su lento y seguro avance…”.
“Por voces aisladas, por pequeños reflejos de linternas, por ruidos de piedras, etc… localizamos las bocas de las minas, una en la casa donde estaba la Editorial Católica y otra en una casa cercana a la misma calle. Luego se pudo comprobar que no hubo error. Para situar los compresores hicimos una especie de triangulación de ruidos, tomando como base la longitud de la nave superior del edificio. Se situaron los dos y tampoco hubo error. Fueron noches terribles, en las que entremezclados con estos ruidos oíamos tiros lejanos que queríamos atribuir a reyertas, pero que nos repercutían en el corazón, nuestras familias estaban allí, y cantos de mujerzuelas y voces de borrachos ¡cuántas horas amargas! Y el agotamiento aumentaba en una proporción desconsoladora, porque las horas que se quitaban al sueño no se podían resarcir durante el día…”.

“Estas salidas eran muy desagradables, la noche impone y los ruidos se multiplicaban, casi siempre nos quedábamos unos momentos en la puerta acostumbrándonos al miedo, decíamos, y luego nos íbamos al sitio convenido…yo me tiraba al suelo y paso a paso recorría la zona por donde suponía venían las galerías, hasta que me parecía oírlas en la vertical… esto era lento y como la costumbre hace olvidar el peligro, terminábamos los tres con las orejas pegadas al suelo discutiendo y sin preocuparnos de la vigilancia…terminábamos hablando en voz alta y discutiendo…Uno de los días iba de rodillas buscando el sitio de más ruido, poniendo el oído en el suelo cada medio metro cuando toqué una cosa suave, preocupado no me fijo, agaché la cabeza y puse el oído en una cosa blanda y suave, doy un salto, me fijo ¡y era un gato muerto!... Otro día oímos de pronto una voz de ¡alto! y acto seguido un tiro, como rayos nos tiramos al suelo, hemos oído silbar la bala muy cerca, nos han tirado desde una ventana, empezamos a dar voces para que nos conozcan y nos tiran más, armando una escandalera que debieron oír desde Zocodover, nos metimos corriendo y resultó había sido un centinela que relevaron estando fuera nosotros y se habían olvidado de avisar…Para afinar más en las observaciones se me ocurrió emplear un fonendoscopio del botiquín, dio buen resultado, pero como estaban tan cerca se les oía perfectamente a oído, prescindí de él…”.

“Solo veía posible salir a por las bocas de la mina…se intentó dos veces, una Vela con sus chicos y otra el Comandante Araujo con sus fuerzas, pero no se consiguió nada…Tenían barricadas las calles en varios sitios y había que tomarlas por las malas o por sorpresa. Lo primero no se podía hacer, porque suponía un número elevado de bajas y había que economizar vidas en previsión de lo que aquello podía durar. Vela intentó el segundo procedimiento pero se dieron cuenta… El segundo intento se hizo con más elementos, pero pasó igual, se llegó a una de las casas pero no se pudo entrar, se tiraron unas bombas de mano dentro y dijeron que se habían hecho bajas. Había que pasar por una ventana y bajar por una escalera de mano, se dieron cuenta y empezaron a batir este paso obligado; gracias a la serenidad del Guardia Civil Castillo y del de Asalto, Molero, se pudo hacer la retirada, sosteniendo ellos a pecho descubierto el fuego de las ventanas y acallándolo con sus pistolas ametralladoras… Esta salida produjo un pánico cerval en la población, tomándose precauciones en sitios alejados a más de un kilómetro, corriendo los milicianos azorados por las calles gritando: ¡Qué salen los del Alcázar!, haciendo cerrar puertas y ventanas…”.

“Agotado el recurso de destruir las galerías, no quedaba más solución que volar y lo único que se podía hacer era aminorar los efectos de la voladura, por lo tanto en ese sentido orienté mis esfuerzos”.

“Había que suponer que nos pondrían una carga de toneladas… no me podía limitar al embudo clásico porque en este caso lo peligroso eran las proyecciones y los hundimientos del edificio; el embudo tendría un radio de acción limitado, pero había que buscar el alcance de los escombros y la zona posible de hundimiento para separar a la gente de ella, teniendo en cuenta que el espacio de que se disponía era muy limitado y había que aquilatar mucho… Había que desdoblarlo en dos: uno, efectos de la voladura, para marcar las zonas peligrosas; otro, el día y, a ser posible, hora de la voladura; para lo primero contaba con los libros y las revistas (de las propias Bibliotecas del Alcázar que había recopilado esos días, nota de Víctor Girona Hernández), para lo segundo con una observación cuidadosa y la interpretación de los datos recogidos no desperdiciando ni el más pequeño”.

“El 9 de septiembre, día que vino a parlamentar el Comandante Rojo, me llamó el Coronel para que informara ante la Junta de Jefes, procuré hacerlo con el mayor detalle explicando la situación actual de las galerías, el punto probable de la llegada, dando un plazo probable de ocho días para la terminación de la más adelantada… que creo poder marcar, con la ayuda de Dios, las zonas peligrosas, que caerá el torreón y parte de la fachada Oeste pero que el resto del edificio creo que no sufrirá…”.

“Los datos con los que yo contaba poder señalar el día de la voladura eran: cesación de los trabajos del compresor y martillo, ruidos de arrastre de las cajas de dinamita y ruidos del atraque…alejamiento de todos los que nos tiraban por este frente, que estaban muy cerca y alguna indiscreción de ellos a las que nos tenían acostumbrados; en cuanto a la hora, la más probable era al amanecer que es cuando la gente está más atontada y posiblemente sería precedida de un fuerte cañoneo para meter a la gente en los sótanos y cogernos mejor…”.

“El día 16 de septiembre, cuando ya las cosas estaban a punto y cada parada del compresor nos hacía pasar un mal rato…Aquella noche cesó el ruido del martillo y me avisaron, como había ordenado, cada vez que pasaban dos horas sin trabajar, nos pusimos a escuchar con toda atención… poco a poco las voces se fueron haciendo más lejanas… Inmediatamente le di cuenta al Coronel (Moscardó) de que creía cargada la mina del torreón… Como nos habíamos pasado la noche en todas estas observaciones, al amanecer se dieron las órdenes para evacuar la zona amenazada, aunque durante el día no se esperaba la voladura”.

“El día 17 al mediodía quedó todo en esta forma (se refiere a las zonas que se desalojaron totalmente dentro de los sótanos del Alcázar), la gente con la orden de estar tumbada y los niños pequeños lo más protegidos posible con colchones, di una vuelta por todos los sitios comprobando si se había dicho tal como dije, hecho esto me fui a la capilla a ver a la Virgen: He hecho todo lo que sé, he procurado no dejarme un cabo sin atar, nuestra vida está ya en tus manos…”.

“Llegar a este día me había costado momentos de locura, los nervios me fallaban y algunas veces dudaba de mí, creía que podíamos volar en cualquier momento sin haber tomado las medidas necesarias, en más de mil ocasiones habría dado la voz de alarma pero una voz en mi interior me decía: espera, y esperaba, creí volverme loco en algunos momentos y pedía a Dios que me conservase la razón, el Cabo minero que por su misión salía poco de los sótanos, al final dio muestras de haber perdido la cabeza, tenía una crisis de pesimismo atroz, vivía esclavo de los ruidos y a todas horas del día y de la noche se le veía como un fantasma, con su candil de grasa de caballo, recorriendo los sótanos en busca del ruido… El ¿cree usted que volaremos?... ¿está seguro de poder avisar a tiempo?... ¿cree usted que nos salvaremos?, y tener que contestar a estas preguntas incontestables… El Coronel, que sabía mi situación moral, sacando fuerzas de no sé donde porque sus preocupaciones eran mucho mayores, tenía siempre una frase cariñosa para animarme… Algún día que las dudas me ponían loco y ponía cara de preocupación en mis visitas al sótano, Vela (Capitán de Caballería, que leyó el Bando de Declaración de Guerra en Toledo) al darse cuenta me llevaba a un rincón:
- ¡Has pasado por los sótanos con cara de entierro y ya está todo el mundo preocupado!
- Es que no puedo más, las cosas están muy poco claras y esto acaba mal… Es que pierdo la cabeza…
- Pues no tienes derecho a perderla, ya estás cambiando de cara y bajando al sótano.
- No puedo….
- Pues es preciso que puedas y ahora mismo nos vamos los dos al sótano.
Me daba unas palmadas diciéndome alguna tontería y nos íbamos al sótano a decir más tonterías…”.

“Las reacciones de las mujeres ante esa situación terrible fueron admirables, era una pesadilla espantosa la que vivieron, sintiendo bajo sus pies el avance lento y seguro de las galerías, esperando saltar en cualquier momento y sin embargo no hubo una duda ni una vacilación, se podía morir de una forma espantosa triturados por los escombros y en ningún momento oí de su boca más que palabras de esperanza en Dios. Conocían la muerte terrible del que queda con vida aprisionado por los escombros y no dudaron. El Gobierno de Madrid os ofreció la vida y vosotras, dignas sucesoras de vuestras abuelas, que supieron llenar páginas gloriosa en la Historia, la rechazasteis…”.
Una de las pocas fotografías tomadas durante el Asedio dentro del Alcázar. Un guardia civil herido recibe cuidados de su esposa. Del libro "La guerra de España. Una gesta heroica de carácter universal. El Alcázar de Toledo"

“La noche del 17 quedó todo el mundo en su puesto y en el almacén nº 1 de la primera planta de sótanos me instalé… teníamos unas cuantas caretas por si la explosión metía gases en los sótanos, aunque si nos metían óxido de carbono de nada servían, pero para esta contingencia no teníamos solución… La vigilancia en el frente Oeste se hacía por un pelotón fuera del radio de acción, que destacaba un hombre que a la carrera recorría todos los puestos antiguos, disparando tiros para dar la sensación de que seguían ocupados, este servicio se hacía cada cuarto de hora con lo que las probabilidades de que le cogiera eran pequeñas… Cuando empezaba a quedarme dormido me avisaron que por el parapeto habían dicho que volaríamos a las once, esto confirmó mi idea de que sería al amanecer, no eran capaces de atacarnos de noche y querían tenernos agotados al amanecer, después de siete horas de ansiedad…”.

“A las seis, cuando empezaba a clarear, oímos los primeros cañonazos y esto confirmó mis augurios, creciendo con intensidad, sobre todo en el frente Norte, estábamos ya preparados esperando la voladura con la emoción que es de suponer cuando a las seis y media oímos una detonación sorda, nos tambaleamos todos y salimos corriendo del cuarto, la galería estaba llena de polvo pero no había gases… al ver que no ocurría nada avanzamos con cuidado y vi rota la clase inmediata a la Puerta de Carros, intenté entrar en la imprenta y no pude, por una rendija vi todo lleno de escombros. A todo esto se había armado un griterío enorme en los sótanos, corrí al almacén nº 7 ¡nuestra Virgen estaba en el suelo intacta! El tabique había cedido pero no habían entrado casi escombros…Corrí a la segunda planta de sótanos, al llegar al final de la escalera me saltaba el corazón, entro y me reciben con un griterío que no deja entender nada, me abrazan, me besan, pregunto y cien voces entrecortadas por sollozos me responden sin que pueda saber lo que me dicen, solo veo que todo es alegría y me tranquilizo un poco, en volandas llego a la cuerda y ¡los escombros están a menos de un metro!... Voy al almacén nº 4, está intacto y me enseñan a un nuevo ser que acaba de venir al mundo en ese momento ¡a pocos metros de los escombros! consigo enterarme que solo hay una mujer y una chica heridas leves por el derrumbamiento de un tabique… Corro al despacho del Coronel, me abraza y creo que los dos bailamos llorando ¡hemos vencido a la mina!
Van llegando detalles y uno me llena de pena, el Teniente Cuesta, íntimo amigo que estaba con su familia aquí ha desaparecido en la voladura con algún Guardia…Me choca no ver al Cabo minero, pregunto y nadie sabe nada, por fin los centinelas de la galería me dicen le han visto pasar con dirección a la imprenta momentos antes de producirse la voladura, su exceso de celo le hizo oír el último ruido. Su obsesión le hizo estar en su puesto hasta el último momento a pesar de la mi prohibición y cayó en él, la mina le atrajo de tal forma que se le llevó…”.

“El ataque ha sido durísimo, se veía que estaban decididos a entrar pero… les ha ocurrido lo de siempre y las banderas que clavaron en nuestras ruinas están en nuestro poder. Se debieron llevar una desagradable sorpresa porque supondrían que estábamos todos enterrados y llegaron con toda tranquilidad, esperando entrar como Pedro por su casa y se han encontrado con que todo estaba como siempre, lleno de fusiles y ametralladoras, se les han hecho muchas bajas que nos rodean y como son incapaces de retirarlas, ya tenemos un aumento de perfume…”.
Asaltantes republicanos muertos entre las ruinas del Alcázar. Foto Erich Andres. Ministerio de Cultura. Centro Documental de la Memoria Histórica

“Hemos tenido 14 muertos y 50 heridos, de ellos 3 muertos y 4 heridos de las minas. Para mí ha sido uno de los días de más emociones del asedio, terminar el fantasma de la mina y ver morir a varios de mis mejores amigos. ¿Pensar en que podían entrar? en ningún momento”.


Del Diario del Guardia de Asalto Fernández Granados:

Día 20 de agosto.- “Al mes justo de la sublevación, salimos toda mi compañía para Toledo. Salimos contentos, pues sólo deseamos enfrentarnos con el enemigo. Por los pueblos del trayecto a nuestro paso somos constantemente vitoreados. Nosotros, con el puño en alto, contestamos alegres. Al fin, bajo un sol de horno, llegamos a Toledo. La ciudad, como poco después de tomada, ofrece su aspecto normal. El comercio, abierto, ofrece una gran actividad. Las mujeres toledanas se dedican a sus acostumbradas tareas y, de trecho en trecho, encontramos un grupo de milicias que nos saluda a la par que viejos, niños, mujeres…todos demuestran su alegría al ver la columna que llega. Poco a poco vamos alojándonos en el edificio viejo de la Delegación de Hacienda. Estos edificios antiquísimos son poco saludables. Por pasillos interminables llegamos a nuestro alojamiento, que consta de dos piezas regulares cuajadas de archivos repletos de papelotes que huelen a antiguo. En ellas tenemos que dormir, comer y charlar el pelotón, que consta de 23 hombres. Cuando dormimos, nos despertamos al oír alguna ametralladora funcionar.”
Día 21 de agosto.- “A las 9 de la mañana tomamos el servicio y relevamos un pelotón. Éste se encuentra en un edificio o palacio antiquísimo destinado a museo que, por encontrarse en obras, da un aspecto aún más desastroso, con cúpulas apuntaladas, grandes naves desguarnecidas, suelos removidos y paredones derruidos por la acción de nuestra artillería, al quedarse cortas las granadas.
Milicianos en el Convento de Santa Fe. Fotografía de Vincent Doherty. Arxiu comarcal de L´alt Penedés
El Alcázar en toda su fachada principal, la que hostiliza más nuestros parapetos, se encuentra a escasa distancia y es el frente más cercano. Aquí tenemos una potente radio controlada de tal forma que un altavoz, colocado estratégicamente, lo oyen constantemente los facciosos sitiados. Las noticias del Ministerio de la Guerra son oídas sin cesar. La artillería cada cinco minutos manda un obús que explota tan cerca que tiembla el suelo y lo que nos rodea. Por la tarde ha ocurrido un suceso de los muchos que ocurren en los frentes: la Fábrica de Armas se encuentra muy separada de Toledo y a la derecha del Alcázar y, cuando los obreros salían de su trabajo, seis o siete obuses fueron a estallar en las puertas y dentro de los talleres, sembrando la natural alarma y víctimas. Una vez rehechos de la sorpresa, los obreros y milicias se lanzaron en busca de nuestras baterías llegando a apresar en su poder a un alférez de complemento que era el que mandaba, fusilándole en el acto.”
Día 2 de septiembre.- “Los mineros siguen arrojando dinamita y botellas de líquido inflamables dentro del Gobierno Militar. Los facciosos rápidamente lo apagan con mantas y otros medios. Lo mismo ocurre cuando se les arroja gasolina. La Artillería tiene casi desecha la fachada norte y se espera de un momento a otro se derrumbe uno de los torreones donde los facciosos disparan más con fuego de ametralladora. La noche sin novedad.”
Día 5 de septiembre.- “Hoy comienza la mañana con intenso bombardeo de las dos baterías emplazadas a 4 kilómetros de Toledo. Poco a poco, la fachada norte va desapareciendo. Los facciosos parece que no contestan tanto a las descargas nuestras. Es cuestión de 2 o 3 días la rendición o entrar a por ellos.”
Bombardeos republicanos a Toledo
Día 13 de septiembre.- “A las 9 de la mañana mi pelotón entra de servicio en la casa de las minas. Tenemos que hacer 6 días de servicios seguidos por conocer ya el terreno. Es el sitio más próximo a la Academia. A las 9 de la noche, el Embajador de Chile ha intentado pasar al Alcázar a parlamentar. Los sitiados le han contestado “que fueran a parlamentar con el Gobierno constituido en Burgos”. Durante este espacio de tiempo no se ha disparado un tiro. En mi parapeto acababan de instalar (por la tarde,) un reflector que alumbra toda la calle llena de escombros y paralela a la fachada Oeste de la Academia. Suponiendo que los sitiados aprovecharían la oscuridad para cruzar la calle en dirección a una de las minas, encendí de improviso la luz, y, (al) instante, se vio un bulto en una portada y (justo después), de dos ventanas medio derruidas, el fuego ametrallador de dos máquinas dirigidas a la bocamina. La ametralladora nuestra del piso bajo rompió el fuego. Nosotros, en el balcón de arriba, apuntábamos a los huecos de donde hostilizaban, seguramente con la intención de cargarse el reflector. No lo consiguieron. Un minero lanzó tres cartuchos tan bien tirados que ya no se volvió a oír ningún disparo de parte de ellos. A las 10 llega el relevo”.
Día 18 de septiembre.- “Esta madrugada hemos estado en vela haciendo preparativos. La población civil ha evacuado la ciudad para evitar los peligros de la explosión. A las 6,30 ha de ser la explosión de las dos minas y, media hora antes, las fuerzas de los parapetos y la de retaguardia nos hemos retirado para distintos sitios de las afueras de Toledo. Mi compañía (se ha) alejado hasta la puerta (del) Cambrón, a unos mil metros del Alcázar. El campo a dos o tres kilómetros se haya (sic) cuajado de personas que han abandonado sus casas. Al fin son las 6,15 de la mañana.
Largo Caballero supervisa la voladura del Alcázar de Toledo en el verano de 1936
Al instante una gran explosión atruena el espacio. Al momento empieza a verse las calles cubiertas de tierra, piedras, tejas… como si hubiese sido un terremoto. Esperamos encontrar el Alcázar completamente destruido, pero nos asombra al oír los disparos de los sitiados (que), seguramente advertidos por el silencio de nuestros fusiles, se resguardaron en los sótanos y lugares más apartados. Sólo queda un torreón en pie. El efecto de la dinamita no ha sido lo que nosotros esperábamos. De la fachada oeste sólo ha quedado un trozo de paredón aislado de todo lo demás. El torreón Suroeste ha quedado completamente destruido. Montones de escombros y hierros retorcidos llenan las calles (adyacentes). Las casas inmediatas han quedado en ruinas. Por los cuatro costados se ha comenzado una gran ofensiva. Las ametralladoras funcionan por todos los lados. El Alcázar contesta con un fuego desesperado. Una Compañía de Asalto y un Batallón de Milicia logran pasar al patio central. Por los escombros se libra una gran batalla. Se logra plantar banderas en lo más alto. Los facciosos lanzan bombas de mano y fuego ametrallador. El fuego dura toda la mañana. Por los escombros han quedado muchos nuestros. No se sabe quién mandó la retirada, pues se logró un magnífico sitio. El cerco ha sido estrecho y duro, pero es imposible tomar la cumbre a pecho descubierto. Por la tarde se han reconstruido los parapetos, mucho más avanzados que antes. Se sostiene el fuego sin cesar”.
Día 26 de septiembre.- “Al amanecer se empieza a percibir, en la lejanía, el fuego de la artillería. Esperamos que hoy sea un día decisivo para uno u otro bando. A las 9 suena la sirena, tres trimotores aparecen negros como sus conciencias, vuelan bajos, los cañones antiaéreos funcionan. De pronto, sin saber por dónde, se lanzan desde la altura cinco cazas que acosan al enemigo. Un trimotor ha sido tocado, deja una estela de humo y desciende rápidamente. Al momento, los tripulantes se lanzan al espacio en tres paracaídas. Los otros dos huyen, perseguidos por nuestros cazas. En una loma se destroza otro. El último no se sabe cómo habrá escapado. En las fuerzas y la población civil reina el entusiasmo. Los que estamos libres corremos a las afueras a ver los parachutistas y arder los aviones. En la Puerta (de) Bisagra nos enteramos de la gran victoria que se ha logrado con la columna enemiga. Se ha destrozado el grueso. Moros y legionarios han caído prisioneros. Se les ha cogido 3 cañones del 7 ½ con armones llenos de municiones, camiones, caretas de gases y otros pertrechos, y los que tienen que llegar, pues ha sido una derrota completa. El optimismo reina por todos los sitios”.

Diario del Guardia de Asalto republicano que controlaba el Asedio al Alcázar. 20 de agosto de 1936
Diario del Guardia de Asalto republicano que controlaba el Asedio al Alcázar. 12 y 13 de septiembre de 1936
Diario del Guardia de Asalto republicano que controlaba el Asedio al Alcázar. 26 de septiembre de 1936

Enlaces interesantes para saber más:
- Video del momento de la enorme explosión. Minuto 2:47.

31 comentarios

isabel dijo...

Mas de lo mismo: GRACIAS, GRACIAS y mil veces gracias. Cuando una piensa que una de las entradas de este blog es el no va mas, la siguiente la supera. No te conozco personalmente Eduardo pero no puedo dejar de agradecerte y valorar muchiiiiiiiisimo lo que haces recogiendo y regalandonos tantas cosas referentes a Toledo. MUCHAS GRACIAS

Mercedes B.S. dijo...

Me ha parecido de enorme valor histórico el testimonio desde cada lado 'del torreón' que nos has ofrecido. Me ha impresionado la posibilidad de acercarnos de forma tan vívida a aquellos tristes acontecimientos.
No tengo palabras que no se hayan dicho ya para valorar tu excelente labor en este blog.
Gracias Eduardo y que sigas, que lo harás, grande como siempre.

Geppetto dijo...

La gesta de la defensa del Alcazar de Toledo sigue sobrecogiendo, parece increible que los defensores pudieran con las fuerzas asaltantes durante tantos dias y que al fin vencieran.
Despues de las minas fueron los intentos de asesinarlos asandolos con gasolina , en fin su gesta y su valor siguen llamando la atencion del mundo entero
Saludos
http://lapoliticadegeppetto.blogspot.com.es/

Ramon Toledano dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Mimi dijo...

Edu, tengo los pelos como escarpias, que se dice vulgarmente. Impresionante entrada. La comparto ahora mismo. Gracias.

TERCERAESPAÑA dijo...

Gracias por compartir con todos este brillante artículo y las fotografías que le acompañan. Y gracias sobre todo por la asepsia y el rigor histórico que desprende. Enhorabuena por el blog

Francisco Javier Hidalgo dijo...

Muy buen trabajo.
Me ha llamado mucho la atención el episodio del desvío de los proyectiles a la fábrica de armas, el 21 de Agosto. Entiendo que eran de las baterías que disparaban desde Pinedo, y sobre todo la respuesta de los obreros capturando a un alférez y ejecutándolo en el acto.
No he leído nada al respecto, en ningún documento. Y es bastante raro puesto que esa acción aparentemente era en beneficio del bando nacional.
Por otro lado, y esto es un hecho no una opinión política. La brutalidad que pretendía perpetrar el gobierno de aquel momento volando un edificio con esa cantidad de civiles en su interior. Cosa que dejó por los suelos la imagen exterior del gobierno de la república.
Y por último, poner de manifiesto los trabajos del ingeniero Barber que sirvieron para salvar la vida a toda esa gente.
Eduardo me da envidia sana de tu blog, cuando disponga de tiempo intentaré imitarte.
Saludos a los lectores.

Geppetto dijo...

Ramon Toledano querido...
Dire y comentare lo que tenga a bien y si no te gusta...puerta camino y mondeño
¿Te ha quedado clara la cosa?
Pues eso

Víctor Girona Hernández dijo...

Para Francisco Javier Hidalgo; respecto a lo que manifiestas en tu comentario sobre el suceso con el Alférez de Artillería, te comento que dicho Alférez se llamaba Don Mercedes Durán Garlito y que se encontraba en Madrid en agosto de 1936, allí fue encuadrado por las Milicias Populares (téngase en cuenta que el Ejército como tal había sido disuelto por Orden del Gobierno días antes) dentro del Regimiento de Artillería Ligera nº 2 y se le destinó a Toledo ordenándosele dirigir el tiro desde la Batería que, situada en Los Alijares (actualmente en una zona que forma parte del Campo de Maniobras de la Academia de Infantería), hacía contra el Alcázar. Nada más tomar el mando, ordeno por teléfono variar las coordenadas de tiro de tal manera que los proyectiles describieran una curva que pasara por encima del Alcázar y de la ciudad y fueran a parar a la Fábrica de Armas. Este Oficial sabía que en sus talleres se estaban produciendo todos los días un montón de cartuchos para armar a las Milicias Populares. Lógicamente, los milicianos subieron al emplazamiento pidiendo explicaciones, manifestando entonces este Alférez "que él era el único responsable, no sus soldados; que él había dado la orden bajo su responsabilidad pues no estaba dispuesto a tirar contra sus hermanos". Inmediatamente fue fusilado en las paredes de una casita de peones camineros que había junto a la Batería.
A este Alférez, años después, le fue concedida la Laureada a título póstumo tras el correspondiente juicio contradictorio. Es uno de los tres laureados individuales que hay como consecuencia del Asedio al Alcázar: el Coronel Moscardó, el Capitán Alba Navas y él. Está enterrado en la Cripta del Alcázar.
Un saludo, Víctor Girona Hernández.

Ramon Toledano dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Eduardo Sánchez Butragueño dijo...

Rogaría a Geppetto y Ramón Toledano que por favor no conviertan este blog en un lugar donde dirimir sus diferencias personales, ideológicas o semánticas. Por otra parte resaltar que sí caben aquí opiniones de cualquier tipo siempre que se expresen con respeto. Por otro lado,no creo que sea exagerado decir que soportar 70 días en condiciones infrahumanas pueda considerarse una gesta. Otra cuestión sería el análisis político, bélico o ideológico que se le quiera dar desde lados opuestos.
Un abrazo y gracias a todos por vuestros comentarios que siempre enriquecen el blog.

Eduardo Sánchez Butragueño dijo...

Agradezco a Ramón Toledano la retirada de sus comentarios. No era necesario pero agradezco que los comentarios se centren en mostrar opiniones sobre la entrada y no en discusiones entre participantes.
Un abrazo.

Geppetto dijo...

He opinado y opino sobre la increible valentia de los defensores del Alcazar Toledano, sobre una gesta que a pesar de los tiempos que corren sigue siendo de excepcional calidad humana y militar
Eso es todo.
Lo demas son añadidos que no me interesan

Ricardo Sánchez Candelas dijo...

Debieron ser los últimos meses de 2005 o los primeros del año siguiente cuando terminé de escribir mi novela “Más allá de los mil días”. Era una ucronía que planteaba como argumento un resultado final de la guerra civil completamente distinto al que se produjo en la realidad, es decir, que la victoria de aquella larguísima y dramática contienda que tuvo aquella significativa duración de “mil días”, la habían alcanzado las tropas del régimen republicano y no las sublevadas bajo el mando militar y político del General Franco.
Llevado de una lamentable actitud personal que, durante un cierto tiempo de mi vida, me inclinó a dedicar mucho más tiempo a escribir que a leer, vine a tener conocimiento de que mi “descubrimiento” novelesco, una vez ya terminado, lejos de ser tal, no tenía nada de original, pues esa misma tesis ya había sido relatada por el escritor Jesús Torbado en su novela “En el día de hoy”, y que con ella había alcanzado ni más ni menos que el Premio Planeta en 1976.
Podría pensarse que este tardío hallazgo convertía a mi novela, y a mí mismo como su autor, en involuntarios “culpables” de plagio, y que tal temor habría de tener suficiente peso en mi voluntad como para desistir de cualquier intento para su publicación. Habida cuenta de que tal concepto de “plagio”, a fuer de cuestionable en este caso, en nada se atendría a la estricta definición que la Real Academia da del término, (“copiar en lo sustancial obras ajenas, dándolas como propias”), lo cierto es que, totalmente ajena a ese temor, mi renuncia a publicar “Más allá de los mil días” no tenía nada que ver con aquella circunstancia y pasaba, como una más, y por las mismas o parecidas razones que las demás, a compartir gratuito inquilinato de “okupa” en las estanterías de mi librería con otras varias obras inéditas salidas del teclado de mi ordenador, y que al paso que va mi “entusiasmo” editor se va a terminar convirtiendo en una especie de “librería patera”.
Sendos ejemplares de la novela fueron hechos llegar a dos personas de las que pretendía recabar su juicio crítico sobre el texto y ver si ello, de ser favorable, estimulaba mi decaído ánimo para su publicación, cuando ya, a decir verdad, mi fervor de escritor abarcaba a poco más que el placer de escribir por escribir. Por un elemental respeto, seguramente inmerecido, silencio el nombre de esas dos personas, no precisamente irrelevante en el mundillo de la crítica literaria, que no solamente tuvieron la descortesía de ni siquiera acusarme recibo del envío, sino de devolverme los ejemplares entregados, dejándome con la incertidumbre, rayana en indefensión, de que en cualquier momento pudieran tener la tentación de “fusilarme” literal e íntegramente el texto o cualquier parte del mismo, cometiendo –ellos sí– un flagrante delito de plagio.
Hago esta introducción a mi siguiente comentario para situar a los seguidores del blog sobre cómo "aterricé" literariamente en el tema de la mina del asedio al Alcázar de Toledo.

Ricardo Sánchez Candelas dijo...

Pero aparte esta anécdota marginal, que no va más allá de constatar una vez más las minúsculas bajezas de la miseria humana, esta impresionante entrega de Toledo Olvidado, en la que se nos ofrece, como documento gráfico estremecedor, la explosión de la terrorífica mina que hizo saltar por los aires buena parte de la fachada oeste del Alcázar en el asedio de la fortaleza, cuyo éxito –o fracaso– se consideraba decisivo para el resultado final de la contienda y acaso para que ni siquiera alcanzara la fatídica duración de “los mil días”, me ha servido para repasar algunos pasajes de mi inédita novela.
Para diferenciarla en aspectos importantes de la obra de Jesús Torbado mi narración incorpora algunas historias personales reales que, en cierto modo, son el eje conductor de la narración. Pero sobre todo –y ésta es una diferencia esencial–, mientras que en “En el día de hoy” de Torbado se toma la Batalla del Ebro, casi al final de la guerra, como el punto de inflexión en el que quiebra la marcha bélica de los acontecimientos militares, hasta entonces favorables al bando sublevado, en mi relato tal punto de inflexión es mucho más temprano y no es ni más ni menos que la caída del Alcázar de Toledo en manos de las milicias del Frente Popular: la mina había cumplido su demoledor objetivo. Los sitiados no fueron ya capaces de resistir el asedio. El Alcázar, por fin, se había rendido.
Aparte cualquier otra razón, jugaba a mi favor en la elección de esta tesis, estrictamente literaria, algo tan elemental y obvio como el inmediato conocimiento del escenario: Toledo, el Alcázar, la referencia a algunos personajes que, de un bando u otro, pertenecían al acervo de mi experiencia vital de “niño de posguerra”, me ponían las cosas demasiado fáciles como para que no hubiera podido ser otra mi opción.
Pero añadido a ello, una circunstancia, ésta nada literaria sino estrictamente real y política, se añadía a la “verosimilitud” de mi relato. La decisión de Franco de desviar el avance hacia Madrid de las tropas nacionales para liberar el Alcázar de Toledo –el llamado “parón de Maqueda” porque fue en esta localidad toledana donde se fraguó esta histórica decisión– fue una de las determinaciones más arriesgadas y polémicas adoptadas por el Generalísimo a lo largo de toda la contienda. La oposición más frontal y agria a esta decisión, dentro de la propia cadena de mando de las operaciones bélicas de los sublevados, fue la adoptada por el General Juan Yagüe que con tal motivo fue relevado del mando de la operación de marcha sobre Toledo, para ser sustituido por el General Varela. Que hubiera prevalecido sobre la de Franco la opinión de Yagüe, general del sector falangista del nuevo régimen, cosa nada improbable, era razón bastante, como para que mi ficción literaria hubiera “rozado” la realidad y dejado de ser “ficción”, a la vez que tentación también suficiente como para no haber convertido este definitivo episodio en base inicial de mi novela.
En el siguiente comentario quiero incorporar, co curioso epílogo, una anécdota que no tiene desperdicio y habla de lo polémica que fue, incluso en la posguerra, la decisión sobre la resistencia al asedio.

Ricardo Sánchez Candelas dijo...

Unos días después, cuando en una de las principales calles de Toledo, se descubría una placa para “perpetuar” la gesta y el nombre del General Enrique Varela como artífice de la liberación del Alcázar, de entre la entusiasta muchedumbre asistente al patriótico homenaje, entre el estupor de todos presentes, surgió una voz enardecida que gritó: “¡Viva el General Yagüe!”. Ni que decir tiene que el intrépido disidente fue inmediatamente reducido por los agentes de la autoridad presentes en el acto, y también es de suponer que aquella noche no descansara en su domicilio habitual.
Este conmovedor recuerdo gráfico que, desde dos perspectivas diferentes, nos ha ofrecido Toledo Olvidado, con inmenso motivo de gratitud por su rigor e imparcialidad, me ha servido para revivir también los recuerdos de aquellos lejanos días en los que me embarqué en aquella aventura literaria en la que no tenía más remedio que dar cabida a personajes, unos reales, (Federico Lusinger, ingeniero de minas al que se le encomendaron los estudios previos sobre la viabilidad de la mina), otros ficticios, como el jefe del partido monárquico, que desaprobó vehementemente la decisión de Moscardó de atrincherarse en el Alcázar.
Una vez más, la conclusión final debe ser la misma y, por supuesto, positiva. En medio de crisis y dificultades tan graves como las que estamos viviendo, atesoramos el capital colectivo de una reconciliación que, desde aquel terrible conflicto civil, nos permite atisbar un futuro esperanzador en el que creemos que ya nada de aquello volverá a ser posible. Sobre todo porque lejos de nuestras visiones apasionadas ya está, cada vez más, sólo en las manos de la historia.

Carlos dijo...

¡Fuera sombreros! Don Ricardo ha vuelto a dar una lección...¡cómo se echa de menos que se prodigue más!
Sus comentarios son joyas.
¡Gracias!

Víctor Girona Hernández dijo...

Al hilo de la interesante aportación de Don Ricardo Sánchez Candelas, me gustaría dejar plasmadas dos opiniones, una, respecto al denominado "Parón de Maqueda" y otra sobre el personaje ficticio al que hace referencia Don Ricardo. En el primer caso, me gustaría recomendar un libro creo que poco conocido que analiza muy bien la Guerra Civil Española como es "La larga guerra de Francisco Franco" de José Antono Vaca de Osma de Ediciones Rialp y en donde se habla de esa importante decisión y sus consecuencias. En cuanto al segundo aspecto, el personaje ficticio de su relato, es curioso conocer que la decisión de plantear la defensa de Toledo "a recinto cerrado" se toma como consecuencia de la conversación del Coronel Moscardó (en su calidad de Comandante Militar de la Plaza) con el Ministro de Instrucción Pública, sr. Barnés, la noche del 22 de julio y que se toma, muy importante conocer este aspecto, tras convocar una reunión de Jefes, Oficiales y de los caballeros más representativos entre el elemento civil acogidos en ese momento en el Alcázar. Así lo narra el propio Coronel Moscardó..."A las nueve de la noche del día veintidós, ya cerrado el Alcázar, me llamó por teléfono el sr. Barnés. Su conferencia fue un "discursazo" grandilocuente y truculento, donde pintaba los hechos y las circunstancias del modo más melodramático que imaginarse pueda. Parecía un amante exarcebado del arte, de la civilización y lloraba con lágrimas de cocodrilo la destrucción del Alcázar, que luego, como los demás, consentiría y contemplaría tan fresco. Yo le escuché buscando por toda mi alma los mejores suministros de paciencia para no colgar bruscamente. Como sólo por mis contestaciones no parecía conformarse, sin cortar la comunicación convoqué una reunión presidida por mí, no sólo de Jefes y Oficiales, sino también de los caballeros más representativos entre el elemento civil. Por una mayoría aplastante en número y calidad decidimos defendernos hasta morir si era preciso, y así se le contestó a Barnés, que aguardaba esperando, "poniéndome después subordinadamente a sus órdenes". Me dolió mucho en el alma ver a algunos militares ciegos e insensatos que se decidieron por la rendición y también algunos paisanos de los allí acogidos. Aquellos hombres creían que podrían salir del Alcázar y vivir tranquilos... El tiempo se encargó de demostrar su error". Un saludo, Víctor Girona Hernández.

Francisco Javier Hidalgo dijo...

Muchas gracias a Víctor Girona por la información . La verdad es que hay muy poca información en la red, por no decir nada referente al Alférez de Artillería. Poco más, que era extremeño de Santiago de Carbajo (Cáceres) y que la Cruz le fue concedida en 1958. Una acción de autentico Shinpu Imperial (en occidente kamikaze), con la diferencia de que estos han tenido bastante más literatura.
Dos apuntes breves:
El primero referente a las anotaciones del día 26 de septiembre del Sr. Fernández Granados, el día anterior a la toma de Toledo . Se puede leer perfectamente los efectos de la propaganda motivadora para evitar el abandono masivo de la defensa de la ciudad. Creo que la mayoría desconocía en realidad (por falta de información) lo que se les venía encima y lo ocurrido en Badajoz , huyeron tarde y sin poder utilizar la carretera a Madrid puesto que Varela cortó la retirada a la altura de Bargas. Dejando como únicas opciones la carretera a Aranjuez por Mocejón, en muy mal estado para los vehículos y los caminos a las poblaciones del sur de Toledo. El Frente Popular , por tanto, optó por no defender Toledo (prueba de esto es la retirada, días antes, de la piezas de artillería) y sin embargo intentó que no se abandonara la ciudad, sacrificando entre otros al autor del diario y su compañía. Más que nada por molestar un poco. En cuanto a los trimotores , corríjanme si me equivoco, sólo se derribo el Junker Ju52 de Ruiz de Alda, por un piloto llamado Rafael Peña con un caza Dewoitine francés, caza que se derribó al día siguiente por parte de un piloto italiano llamado Guido Presel. La batalla aérea previa a la toma de Toledo. Por cierto los Junker alemanes eran los que nuestros abuelos conocían como “pavas”, mi abuela todo lo que se movía por el cielo y sonara lo llamaba “pava”.

Francisco Javier Hidalgo dijo...

El segundo es referente a los comentarios del Sr. Sánchez Candelas a propósito de su novela. Hace unos años intenté localizar alguna obra que tratara sobre la ficción de Aníbal entrando en Roma después de la batalla de Cannas y sobre la ficción de las consecuencias inmediatamente posteriores. La verdad es que no encontré nada importante. Entonces, decidí, ingenuo de mi, redactar un guión para que algún conocido, más literato que yo, lo desarrollara. Me fue imposible hacer ese ejercicio de imaginación, era tan difícil pensar en algo que no tuviera influencia romana, que lo dejé por imposible. La verdad que es de admirar escribir una obra de esas características, hay que emplear mucho ingenio y sobre todo darle lógica para que sea creíble. Las causas de que un resultado sea el que es, suelen ser diversas, la toma de Toledo fue una decisión muy personal de Franco que rompía por completo los esquemas de Yague. Y este se opuso enérgicamente a ello, estamos hablando de un recién ascendido Coronel contra un General de División miembro de la Junta de Defensa. Algo de razón tenía porque Yague le llegó a decir que le esperarían en el Ebro, como así fue. Batalla en la que fue determinante su actuación. Si volvemos al ejercicio de imaginación e imaginamos que Yague hubiese entrado en Madrid victorioso, que capacitado para ello, estaba. Franco no hubiera sido el Jefe del Estado, España hubiera entrado de cabeza en la 2ª Guerra Mundial, al lado del Eje y nosotros no hubiéramos sido ni proyecto.

Ironía: Menos mal que he dicho que iba a ser breve.

Saludos

Ricardo Sánchez Candelas dijo...

Amigo Carlos, amigo Víctor Girona:
Lo primero, agradeceros muy sinceramente vuestras amables palabras sobre mis comentarios. De todo corazón, muchas gracias a los dos.
En referencia, querido Víctor, a tus apreciaciones relativas a mi “Más allá de los mil días”, sería tal vez necesario precisar que un proyecto literario de esas características se enfrenta a una triple posibilidad de opciones en su planteamiento inicial: “fue así”, que nos abre la puerta a la “verdad” histórica; “pudo ser así”, que, sin cerrar del todo la anterior, nos abre la puerta a la ficción; “es imposible que fuese así”, que nos abre de par en par las puertas a la pura falsedad, intencionada o no, o al simple disparate del absurdo. Casi es obvio decir que mi novela optó por la segunda de esas posibilidades: “pudo ser así”.
Desde esta inicial precisión, mis comentarios aludían, por una parte, al “parón de Maqueda”, y por otra, a la decisión de encerrarse en el Alcázar, adoptada por el General Moscardó, en compañía de un numeroso grupo de personas, tanto de la guarnición militar de Toledo y la Guardia Civil, el más importante, como de paisanos de la propia ciudad sin adscripción castrense aunque se les denominase como “militarizados”
Ambos trascendentales episodios, aparte de pertenecer en el “pudo ser así” a la cuota estrictamente histórica del “fue así” compartían, como elemento común de su realidad, la tremenda, casi dramática, tensión que rodeó la toma de decisiones en ambos casos. Era mucho lo que estaba en juego como para no poder hacer cierta la afirmación del Teniente Coronel don Rafael Casas de la Vega, en su libro “El Alcázar”, (Ediciones G. del Toro, Madrid, 1976), de que la guerra habría de ganarla no el bando que tuviera más aciertos sino el que cometiera menos errores.
Parece evidente que, contra todo pronóstico razonable, el General Yagüe, a la vista del resultado del asedio al Alcázar no podría haber anotado su oposición al “parón de Maqueda” en su lista de aciertos, por más que el propio Franco llegara a reconocer que sobre cualquier estrategia lógica desde el punto de vista militar, que habría aconsejado proseguir el avance hacia Madrid, había prevalecido en su decisión su voluntad de liberar de sus terribles penalidades, ya casi exhaustos en su resistencia, a los sitiados de Toledo, y aunque no confesado explícitamente por razones obvias, el plus de propaganda política a nivel nacional e internacional que supondría para el Nuevo Estado un éxito tan notable como el de la propia liberación del Alcázar, convertido ya para entonces casi en símbolo mitológico de la razón política del Alzamiento de los sublevados.
A pesar de ser éste un capítulo bastante significativo de mi novela, no añadiré otros elementos al comentario que el de agradecerte, amigo Víctor, que nos aportes a la bibliografía sobre el tema un nuevo texto de la autoría de José Antonio Vaca de Osma. Nunca será suficiente todo lo que vayamos aprendiendo, sea cual sea el origen de las fuentes, incluso en la diversidad ideológica hasta opuesta de las mismas, de hechos tan cruciales de nuestra reciente historia.
De otra de las decisiones definitivas de Moscardó hablaré en el siguiente comentario.

Ricardo Sánchez Candelas dijo...

La otra decisión de Moscardó, cargada de tintes polémicos, casi épica, y una vez adoptada la no menos traumática de sumarse al Alzamiento, fue la de recluirse en el Alcázar limitando la defensa del conjunto de la ciudad al estricto ámbito territorial de la fortaleza y de un polígono de zonas urbanas aledañas que pudieran ser batidas o más o menos controladas desde la prominente posición geográfica, y en este caso geoestratégica, del propio Alcázar.
A este respecto, querido Victor Girona, te apunto dos precisiones: la primera, que el texto que incorporas relativo a la propuesta de rendición realizada a Moscardó por el Ministro de Instrucción Pública, Francisco Barnés, y al diálogo telefónico mantenido entre ambos en la noche del 22 de julio, no coincide exacta y literalmente, con el texto, menos extenso, casi resumido, que se recoge en el “Diario del Alcázar, Diario de Operaciones del Coronel Moscardó”, (Colección Cisneros, Ediciones “Atlas”, Madrid, 1943, prólogo de Joaquín Arrarás). Es posible que yo esté manejando una edición más condensada que la que tú utilizas.
Aunque pueda parecer una cuestión irrelevante, lo importante es que de los dos textos lo que se deduce, a mi modo de ver, es que el acuerdo adoptado en la reunión inmediatamente posterior al contacto telefónico con Barnés, “por aplastante mayoría…de todos los jefes de unidad, incluso los del elemento civil”, consistió en “seguir la resistencia hasta el último instante”. Pero no se deduce, sin embargo, que fuera aquella trascendental reunión la que, de existir –y ésta es la segunda precisión a la que me refería– lógicamente debió ser distinta y previa, y que no sería otra que la de tomar la decisión de reducir la defensa de Toledo sólo al Alcázar y a su perímetro más inmediato. A tal respecto, en el texto que tu aportas es muy significativa la frase “ya cerrado el Alcázar”, situación de hecho ya en el momento de producirse la llamada de Barnés conminando a la rendición de los reunidos en la fortaleza.
Sin que haya podido encontrar ningún texto o documento en el que se afirme de manera inequívoca que existiera esa reunión y la unanimidad o grado de mayoría que en ella se consiguiera, me inclino a pensar que la decisión de recluirse en el Alcázar, tanto del estamento militar como de la población civil allí congregada, se produjo de una manera tan espontánea y como “hecho consumado”, precipitados los acontecimiento de una forma ya casi incontrolada, que no requirió el formalismo de una reunión previa para adoptar la decisión. Tengo remota idea de haber leído en alguna ocasión, aunque ahora no podría expresar, ni autor ni texto, que una reunión de similares características se produjo en el local de algún partido político de los afines al Alzamiento, tal vez en el local de Acción Popular, una vez que el Teniente Silvano Cirujano, siguiendo órdenes del Capitán Vela Hidalgo, invitara a las personas allí reunidas, en su mayoría jóvenes, a sumarse a la sublevación militar.
De tal manera, y por sistematizar un poco el tema, mi opinión personal es que la secuencia de decisiones, en las que una forma u otra, fue determinante el criterio de Moscardó, como Gobernador Militar de la plaza, y aún a riesgo de una excesiva simplificación que sin duda sería mucho más compleja, fue la siguiente: 1) Decisión de sumarse al Alzamiento Nacional. 2) Decisión de limitar la defensa del conjunto de la ciudad al estricto territorio del Alcázar y zonas aledañas. 3) Decisión de resistir hasta el final del asedio, sin concesión alguna a las demandas de rendición.
En el siguiente comentario me detendré en aspectos importantes de esta segunda decisión de la secuencia enunciada.

Ricardo Sánchez Candelas dijo...

Sobre la segunda de ellas, lo más resumidamente que pueda, quiero hacer algunas precisiones. La primera que, por supuesto, y a pesar de lo antes dicho, al menos en lo que respecta a Moscardó, no debió ser en absoluto ni gratuita ni irreflexiva. Es criterio bastante extendido entre los analistas más objetivos que del personal militar sublevado, disponible y capacitado para la defensa, y de la dotación de medios y armamento con que contaban, no cabía esperar ni plantearse con lógica y posibilidad de éxito una defensa que abarcase a toda la ciudad, contando no sólo con la potencia de los ataques exteriores de los gubernamentales, sino también con la más que previsible actuación, a modo de guerrilla urbana, de vendettas y razias de la facción de la población civil toledana –militantes de sindicatos y partidos de izquierda, sobre todo– afecta al Frente Popular. La necesidad de cubrir el amplio frente Norte, (carreteras de Madrid y Ávila), suponía por sí sola más que suficiente cantidad de efectivos humanos y materiales disponibles. Quedaba, pues, sólo el Alcázar como elemento decisivo de la defensa.
Con todo, y esta es una segunda precisión, es también sorprendente para alguno de estos analistas que, con excepción de algún partido, Falange Española fundamentalmente, fuera relativamente escaso el número de personas de la población civil toledana más conspicuas de derechas, incluso la más comprometida políticamente, que optó por recluirse en el Alcázar. Cabe significar como dato muy revelador que entre la lista de defensores no figurara ningún sacerdote y que, por ejemplo, del partido monárquico Renovación Española, sólo aparezcan en dicha lista ocho de sus militantes. Y, por contraste, como no menos significativo, en este caso triste y trágicamente, que fuesen más de 200 los sacerdotes del clero diocesano de Toledo, los mártires asesinados en la etapa, coincidente con el asedio, transcurrida entre la fecha de la sublevación y la de la liberación del Alcázar. E igualmente relevante que en esa misma breve etapa, en aquel irracional vendaval homicida, fuese también fusilado el que fuera el último Alcalde monárquico de Toledo, don Alfredo Van den Brule, como dramático exponente de uno de los crímenes más alevosos de aquella etapa.

Ricardo Sánchez Candelas dijo...

A propósito de lo anterior, y de nuevo situado en “Más allá de los mil días”, creo que merece la pena transcribir el tenso diálogo entre don Maximino Medrano, (en la ficción de mi novela, significativo representante del partido monárquico en la ciudad), y el comandante Oliveros, (también personaje ficticio, militar correligionario suyo y que estaba en el grupo de los que habían decidido recluirse en el Alcázar).
“No se habría movido don Maximino de la Ciudad Imperial si su amigo el comandante le hubiese asegurado que Moscardó, como Comandante Militar de la plaza, regresaba para ponerse al frente del alzamiento y sumar a la causa del mismo a la ciudad de Toledo. A toda la ciudad. Lo cierto es que le aseguró todo lo contrario. O, más exactamente, algo bien distinto.
-Vamos a ver, Oliveros, no sé si te estoy entendiendo bien. ¿Quieres decir que os vais a encerrar en el Alcázar?
-Exactamente. Así es, don Maximino– respondió el militar con firmeza.
-Pero…bueno, ¿estáis chalados? Y, ¿el resto de la población civil?
El comandante enmudeció como única señal de su manifiesta incapacidad de respuesta, lo que permitió a Medrano, todavía incrédulo, continuar aún con sus razones.
-Pero, ¿no comprendéis que si vosotros os encerráis, nosotros indefensos, vamos a quedar a merced de esos salvajes… que se van a ensañar con nosotros…que vamos a caer como chinches… que van a matarnos a todos a mansalva…? Pero, ¿es que habéis perdido el juicio? ¿Qué vamos a hacer nosotros…toda la gente de orden, el pueblo llano de Toledo? ¿Qué podemos hacer?... ¿Meternos todos en esa ratonera porque lo ordene el coronel y los cuatro politiquillos que le bailan el agua?... Esto va a ser un baño de sangre, se lo puedes decir así de mi parte a Moscardó.
Aunque su propósito no era otro que el de avisar a su amigo sobre el curso de los próximos acontecimientos, el militar creyó ya llegado el momento de darle alguna razón que pudiera ser admitida.
-¿Cree usted, don Maximino, que todo eso no lo ha considerado el coronel? Le puedo asegurar que sí, y le puedo también asegurar que ha llegado a la conclusión de que con los medios disponibles le resultaría imposible dominar la ciudad.
Sin que esas palabras hubieran tenido capacidad alguna de convencimiento, aún le quedaron al monárquico agallas para una afirmación más contundente, casi una sentencia histórica.
-¿Quieres que te diga lo que realmente pienso? Pues, escúchame bien: Esto es una cobardía, Oliveros…una cobardía que el pueblo de Toledo no os va a perdonar nunca. Por lo menos, los monárquicos. ¡Y…yo que creía que tu lo eras…! Y te advierto una cosa: Esto lo va a saber el Rey. ¡Lo tiene que saber el Rey! ¡Que sepa cómo vamos a morir sus leales!
-También hay algunos de esos leales que ya están entre esos cuatro murallones, don Maximino. Usted los conoce con nombre y apellidos. Y no creo que sean menos fieles, ni menos patriotas, ni menos monárquicos que usted– respondió el comandante, un punto herido su amor propio, sin renunciar todavía a sus razones.
-Sí, pero a lo mejor son algo más cobardes. Allá ellos –replicó terminante el veterano monárquico–. La sangre que se vierta en las calles de Toledo a partir de ahora se la reclamará algún día su conciencia”.

Este diálogo, estrictamente ficticio, puede ser aproximada respuesta al comentarista del blog, don Francisco Javier Hidalgo, sobre cómo se puede recorrer, como técnica literaria, ese camino entre el “fue así” y el “pudo ser así”, en relación con su intento frustrado sobre la entrada de Aníbal en Roma tras la batalla de Cannas. Si lo intenta con la honestidad del “es imposible que fuese así” y, naturalmente, con alguna facilidad para la creación narrativa, puede creerme que no es tan difícil. Tiene muy a la mano el argumento anotado por usted mismo de un General Yagüe entrando triunfante en Madrid. Le invito a que se anime.

Ricardo Sánchez Candelas dijo...

Finalmente quiero hacer un breve comentario sobre el controvertido tema de los rehenes. A los analistas más proclives al bando del Alzamiento les cuesta admitir, o hasta lo niegan abiertamente, que entre los sitiados en el Alcázar hubiera rehenes, mientras que a los de la facción ideológica contraria, ya en el colmo del sectarismo político, sólo les falta afirmar que casi hasta el propio Moscardó lo fuera. Los primeros verían como una especie de desdoro moral de su gesta heroica el hecho de retener en la fortaleza a personas del bando contrario, “canjeables” como mercancía humana para un posible trato de rendición, mientras que los segundos, afirmando sin reserva alguna su existencia y hasta engrosando su número hasta cifras inverosímiles, cargan las tintas en el aspecto profundamente inmoral de esta conducta, ignorando que, por desgracia, aquello fue desde el principio una guerra y no un concurso de juegos florales. Bien se habían encargado de hacer de ello trágica realidad en aquel aterrorizado Toledo de los días transcurridos entre el Alzamiento de los sublevados y la fecha de la liberación del Alcázar.
Pero la realidad es que hasta el propio Moscardó admite la presencia de rehenes, y así, en su Diario de Operaciones, anota el día 21 de julio, nada más proclamarse el estado de guerra, que fueron “detenidos y conducidos al Alcázar…el gobernador civil y su familia, dándose orden de detención de los principales dirigentes…”. Y muy pocos días después, el día 24, con expresión más explícita, anota el coronel en su Diario que la primera y tercera Compañía de la Guardia Civil hicieron una salida para procurarse víveres, salida infructuosa “por la superioridad del enemigo en número y posiciones ventajosas”. Y añade: “No obstante, tomaron en rehenes tres mujeres y un hombre, familia de un significado dirigente, causando bajas vistas al enemigo”.
Dicho dirigente no era otro que el Diputado y Concejal socialista don Domingo Alonso y es de justicia resaltar que fue el propio Moscardó quien reprobó esta acción de la Guardia Civil con estas palabras, extraídas de las cartas que desde el Alcázar enviaba a su familia: “…ayer, en salida que se intentó hacer para requisar víveres, la Guardia Civil tuvo la malhadada ocurrencia de detener a la familia del concejal Domingo Alonso y traerlos detenidos en rehenes. Me desagradó hasta el extremo pues creerán que la salida fue únicamente para cogerlos como garantía, y yo no soy capaz de hacer eso, es más, me repugna y de buena gana los soltaba”.
Debe señalarse, como patética circunstancia, que fue en aquella misma acción de la Guardia Civil en la que fue asesinado el propio Domingo Alonso, al resistirse a ser trasladado al Alcázar como rehén. Ni que decir tiene que fue aquel otro crimen tan ominoso e infame como el perpetrado en la persona de don Alfredo Van den Brule, con quien el Concejal y Diputado socialista, a pesar de sus diferentes militancias políticas, mantenía una más que afectuosa relación.

Ricardo Sánchez Candelas dijo...

Por resumir en una especie de síntesis sobre este polémico asunto de los rehenes, autores como el ya citado Rafael Casas de la Vega, en un intento de encontrar un punto medio en el debate, aunque admite en principio la existencia de rehenes, viene a concluir que “ 1.-hubo personas detenidas; 2.- no se les utilizó como rehenes; 3.- no eran muchos”. La verdad es que resulta bastante difícil dilucidar bajo qué circunstancias y condiciones esas personas dejan de ser “detenidos” para pasar a ser, simple y llanamente, rehenes, y ello sin dejar de valorar el elevado tono moral de las palabras de Moscardó anteriormente citadas.
Con mis disculpas a todos por haberme extendido quizá demasiado en esta segunda tanda de comentarios, sólo añadir, por una parte, que la importancia e interés histórico del tema lo requerían, y por otra, para extraer como conclusión, una vez más, que de la experiencia de aquellos terribles “mil días” deberíamos todos aprender, sobre todo en estos convulsos días que en algunos aspectos recuerdan a aquellos, el valor de la voluntad colectiva de convivir pacíficamente, incluso en medio de nuestras diferencias y distintas posiciones ideológicas o políticas.

kunzuilh dijo...

Espeluznante, Eduardo. Es casi como estar viviéndolo allí entonces.
Gracias por el aporte!

Manuel Capdevila dijo...

Muchas gracias por esta entrada.
Mi abuela fue una de las civiles que estuvo dentro junto a sus 4 hermanos. Su padre era Guardia Civil. No recuerdo si unos días antes o justo cuando dieron el golpe de estado, fue herido en un tiroteo en Zocodover junto con otro Guardia y trasladado al hospital. Cuando se atrincheraron, estos heridos se quedaron en el hospital. Allí llegaron un grupo de milicianos y los mataron.
A mi abuela no le gustaba hablar de la vivencia porque le dolía revivirla. Perdió a su padre y sufrieron mucho. Pero como a mí desde pequeño me ha apasionado la historia en general y la bélica en particular, le tiraba de la lengua...Uno de sus recúerdos más vívidos era el episodio de la mina. Como ellos estaban en los sótanos para estar protegidos de los bombardeos, oían los ruidos de los mineros al cavar. Recuerdo cómo me decía que venía un oficial y para escuchar mejor, les repetía "Silenciooooo..., silenciooo...". Ella se llamaba Luciana Gamarra, ¿sería él este oficial de ingenieros?
Muchas gracias por la entrada. Se me han puesto los pelos de punta recordando todo lo que me contaba mi abuela.
Gracias

Javier de la Puerta dijo...

Si no es molestia, quería añadir dos comentarios, aunque hayan pasado dos años. Ninguno de los dos diarios citados en este artículo eran inéditos el año 2012. Ni el del teniente Barber ni el del Guardia de Asalto Fernández Granados. Sólo con haber consultado el libro La Guerra Civil en la provincia de Toledo, de José María Ruiz Alonso, te podría haber evitado cometer ese error. Sobre el comentario de Ricardo Sánchez Candelas, ¿quién "de la facción ideológica contraria" dijo que todos eran rehenes? ¿Podría citar una sola fuente historiográfica que lo diga? Dudo mucho que la encuentre. Ahora añado una opinión personal. No siempre es justo buscar un equilibrio donde no lo hubo, entre aquéllos que lucharon defendiendo el legítimo régimen democrático, con todos los errors que hubo, y los que se rebelaron militarmente en contra de la legalidad democrática.

Víctor Girona Hernández dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Víctor Girona Hernández dijo...

Señor de la Puerta, en el primer párrafo que a manera de introducción efectúo se dice textualmente: "Ambos dejaron escritas sus memorias de aquellos hechos y en los dos casos son prácticamente inéditas;" por tanto, no sé qué parte de "prácticamente inéditas" no entiende. Conozco por haberlo leído y guardo en mi biblioteca particular el libro del profesor Ruiz Alonso. En cuanto a la alusión que le realiza al señor Sánchez Candelas, que sea él (si así lo estima oportuno) quien le responda. Y para finalizar, respecto a la opinión personal de la que nos hace partícipes, no la comparto. Un saludo, Víctor Girona Hernández (Toledo).

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