Los escasos manantiales existentes en la ciudad y sus contornos no solían ser suficientes para toda la población, y ello hacía que los toledanos de a pie tuvieran que abastecerse de sus aljibes —que dependían del agua de lluvia canalizada hasta ellos a través de los tejados— o del acarreo del agua desde el propio Tajo hasta sus domicilios, del que se encargaban los sufridos azacanes o aguadores. La calidad del agua no era siempre la mejor, y las épocas de sequía agravaban el problema. Una vez más, el afán de supervivencia humano hacía que aquellos sufridos toledanos tuvieran que hacer un uso más que selectivo del agua, destinando la de peor calidad a fines como la elaboración de alimentos hervidos, el riego de huertos —cuyas verduras y frutos contaban con el filtrado natural de las plantas— o a una rudimentaria y mínima higiene personal. Así, la hidratación de sus cuerpos se lograba mediante la ingesta de alimentos jugosos, fueran hervidos o frescos, y de bebidas fermentadas o destiladas. El agua de suficiente calidad como para ser bebida tal cual, era en muchas ocasiones un privilegio en Toledo, especialmente para las clases más humildes en las épocas de escasez o sequía.
Tras el fin del uso del artificio de Juanelo en 1617, están documentados diferentes intentos fallidos para solventar la situación, como el propuesto en 1679 por Pedro Porras para elevar los caudales del río a las principales plazas, el proyecto del inglés Richard Jones en 1714, el del maltés José Griego en 1746, el de Ruiz Amaya en 1748 o el de Francisco Dumei Argayn en 1756, entre otros citados tanto por Antonio Ponz que los calificó como "vanas tentativas" en su obra Viaje de España escrita en 1776, como los recopilados más recientemente por el investigador Gabriel Mora en Los intentos de subida de aguas del Tajo a Toledo en el siglo XVIII. Ya en el siglo XIX, Nicolás Grouselle trajo en 1852 una propuesta valorada en 75.000 duros que no resultó exitosa.
El que finalmente se llevó el gato al agua —disculpad el juego de palabras— fue el ingeniero Luis de la Escosura. Su proyecto fue aprobado y comenzó a trabajar en 1861, utilizando la denominada fuente del Cardenal, en Pozuela, para derivar su agua de gran calidad hasta un depósito construido en la plaza de San Román en 1863.
Para sumar más agua, se aprobó en 1870 la propuesta de López Vargas para impulsar el agua del Tajo (mediante las conocidas como "Turbinas de Vargas" que se construyeron sobre los restos del artificio de Juanelo) hasta un depósito situado en el Alcázar, que pronto fue sustituido por otro de mayor capacidad en la plaza de San Román junto al ya mencionado.
De este modo, Toledo tenía al fin agua en el centro urbano: una de gran calidad, pero escasa, procedente de Pozuela y otra del Tajo en peores condiciones. A partir de esta configuración con dos calidades, se generó poco a poco una red de fuentes públicas en calles y plazas de Toledo, siendo las más concurridas las que contaban con el agua cigarralera. A estas aguas, se sumaban otras como la de Magán o la de Cabrahigos, que eran repartidas en Toledo en barriles de madera cargados en carros tirados por caballerías:
En las fuentes que se instalaron en Toledo gracias al agua almacenada en los depósitos de San Román acudía una gran cantidad de personas, especialmente amas de casa, niños y aguadores profesionales. Para evitar conflictos, el ayuntamiento estableció horarios con fontaneros municipales a los que se sumaban guardias para evitar discusiones en las largas colas.La inauguración oficial de la traída de aguas se produjo 19 de marzo 1863. Una de las primeras en establecerse con agua de Pozuela fue la existente en la plaza del Padre Juan de Mariana, donde se tomaron excelentes fotografías:
En 1865 se instaló la fuente de la plaza de San Vicente, que contaba con un bastidor de metal fundido:
Tembién en 1865 se estrenó la de la plaza de Santo Tomé (San Bernardino), del mismo modo con bastidor metálico:
También de 1865 data la fuente de la plaza de Amador de los Ríos o de los Postes:
En ese mismo año se incorporó también la fuente en la plaza de San Justo.
En un lateral de la plaza del Ayuntamiento se colocó un vaso de granito en esa misma fecha de 1865:
El periódico El Tajo recoge la noticia de la inauguración de la fuente colocada en la plaza de Zocodover el 31 de mayo de 1865.
Un par de años después, se instaló la de la plaza Mayor (1867):
La fuente de Santa Leocadia data de 1869:
La del Paseo de Merchán se instaló en 1870, y convendría recuperarla:
La de la plaza del Seco fue colocada en 1871:
La de San Andrés comenzó a funcionar en 1873:
En 1875 le llegó el turno a la de la plaza de Barrio Nuevo:
Antes de 1900 y en los primeros años del siglo XX se incorporaron nuevas fuentes, como por ejemplo las que os pongo a continuación:- Plaza de de Santa Isabel:
- Plaza del Colegio de Infantes o de la Bellota:
- Plaza de las Capuchinas:
- Calle Cervantes:
- Plaza de Abdón de Paz:
- Plaza de San Cipriano:
- Corredorcillo de San Bartolomé:
- Cerro de las Melojas:
- Barrio de San Martín-Solanilla:
- Plaza de Valdecaleros:
- Bajada de San Martín:
Para finalizar, indicar que, pese a que desde 1871, los residentes más acomodados podían solicitar en sus casas un enganche de la red que abastecía estas fuentes, el agua corriente no llegó a la ciudad hasta el año 1948 en que se produjo la traída de aguas del Torcón, lo que supuso un enorme avance para el bienestar de los toledanos y el declive del uso de la mayoría de las fuentes públicas de la ciudad. Sin embargo, pese a su menor utilización, siguen siendo más que necesarias para aliviar a los transeúntes en los meses de más calor, por lo que su mantenimiento es esencial.
Como añadido, una selección de fotos de las escasas fuentes de pequeño caudal de agua natural de la ciudad: Cabrahigos (ya citada), Fuente Nueva, Fuente Salobre, Fuente de Loches o fuente de La Teja: