sábado, 6 de diciembre de 2014

El Cigarral El Bosque (o la prueba de que Arredondo engañó a Galdós)

Hay ocasiones en las que parece que las fotografías antiguas quisieran hablarte, cobrar vida propia y narrarte historias que habían caído en el olvido. Os preguntaréis por qué comienzo esta entrada con esta reflexión, y enseguida lo vais a comprender.
Los lectores más habituales del blog recordaréis que hace unos meses -en julio de 2014- publiqué una entrada dedicada a la Venta del Alma en la que además de fotografías de dicha venta figuraban otras de una venta desconocida. Estas fotos aparecían porque a base de mirar cientos de imágenes había descubierto que el célebre cuadro que Ricardo Arredondo regaló a Benito Pérez Galdós y que tituló "la Venta del Alma" en realidad no representaba a ésta sino a la otra, hasta hoy deconocida. En este cuadro que Galdós colocó en su casa de "San Quintín" en Santander figuraba en el reverso esta dedicatoria: "A Benito P.Galdós / su admirador / R. Arredondo". El cuadro además incluía un autorrerato de Arredondo a caballo:
"La Venta del Alma por Ricardo Arredondo. En realidad se trata de otra venta

En aquella entrada pude demostrar gracias a unas fotografías del nunca suficientemente reconocido Pedro Román que el cuadro de Arredondo representaba esta otra construcción, que desde luego no era la Venta del Alma.
Pero, ¿de qué construcción se trataba entonces? Por el análisis del paisaje circundante yo elucubraba en aquella entrada que pudiera tratarse de alguna otra venta en el entorno "en dirección a Layos o La Bastida". Y la verdad es que no andaba muy descaminado.
Un buen día de octubre, organizando fotos de mi archivo, me topé con las imágenes de uno de los cigarrales históricos a los que debía una entrada: el Cigarral El Bosque. Mientras las clasificaba y ordenaba sin prestar demasiada atención, una de esas fotografías de pronto captó poderosamente mi atención. Esta fotografía del año 1929 representaba la capilla del mencionado cigarral pero enseguida me trajo a la memoria una de aquellas fotos de Pedro Román de la "venta desconocida". Las similitudes constructivas eran evidentes, aunque la de Román -tomada hacia 1910- representaba una humilde edificación y la de 1929 mostraba una capilla bien conservada:
Venta en Toledo a comienzos del siglo XX. Fotografía de Pedro Román Martínez. Centro de Estudios Juan de Mariana. Diputación de Toledo
Cigarral el Bosque de Toledo. Fotografía publicada en la Revista Toledo en febrero de 1929

Esta comparación podría haberse quedado para siempre en el terreno de la mera elucubración. Sin embargo quiso el destino que no fuera así. La foto de 1929 había sido publicada en febrero de ese año en la Revista Toledo con motivo de un reportaje dedicado a la reforma y recuperación del cigarral El Bosque que acababan de efectuar sus propietarios los Marqueses de la Vega de Retortillo. En el texto del mencionado reportaje, pensé, podía encontrarse la clave para desentrañar el misterio. Y afortunadamente así fue: en una parte del texto se encontraba la prueba de que la similitud de las fotografías no era casual:
Extracto del artículo sobre el cigarral El Bosque de febrero de 1929 publicado en la revista Toledo

Quedaba así claro que Arredondo había "engañado" a Galdós pintando en su cuadro la casa de los cigarraleros de El Bosque y no la Venta del Alma.
Además, por el análisis de las personas -sobre todo niños- que aparecían en las fotos de Pedro Román he podido comprobar que la serie de imágenes tomadas en este lugar por este fotógrafo es muy amplia y excepcional, encontrándose entre ellas algunas de las más bellas de su obra etnográfica toledana. Estas son las fotografías tomadas en el cigarral El Bosque por Román:
Niños en una venta hacia 1910. Fotografía de Pedro Román Martínez (c) JCCM, AHP, Fondo Rodríguez. Signatura R-128-2-03
Niños en una venta hacia 1910. Fotografía de Pedro Román Martínez (c) JCCM, AHP, Fondo Rodríguez. Signatura R-150-3-01
Niñas en una venta de Toledo a comienzos del siglo XX. Fotografía de Pedro Román Martínez. Centro de Estudios Juan de Mariana. Diputación de Toledo
Niños en una venta de Toledo a comienzos del siglo XX. Fotografía de Pedro Román Martínez. Centro de Estudios Juan de Mariana. Diputación de Toledo
Niña alimenta gallinas a comienzos del siglo XX. Fotografía de Pedro Román Martínez. Centro de Estudios Juan de Mariana. Diputación de Toledo
Niña en una venta hacia 1910. Fotografía de Pedro Román Martínez (c) JCCM, AHP, Fondo Rodríguez. Signatura R-144-1-01-pequena
Familia en una venta (¿Venta del Alma?) hacia 1910. Fotografía de Pedro Román Martínez (c) JCCM, AHP, Fondo Rodríguez. Signatura R-137-3-04
Niños en una venta de los cigarrales hacia 1910. Fotografía de Pedro Román Martínez (c) JCCM, AHP, Fondo Rodríguez. Signatura R-137-3-06
Niños en una venta hacia 1910. Fotografía de Pedro Román Martínez (c) JCCM, AHP, Fondo Rodríguez. Signatura R-150-4-06
Niña en una venta hacia 1910. Fotografía de Pedro Román Martínez (c) JCCM, AHP, Fondo Rodríguez. Signatura R-150-3-15
Niños en un cigarral. Fotografía de Pedro Román © Fondo Rodríguez. Archivo Histórico Provincial. JCCM. Signatura R-150-3-16
Una venta de Toledo. Probable foto de Pedro Román. Fondo Rodríguez. AHPT, JCCm signatura Album4-1663

Llegados a este punto es obligatorio hablar de la historia de este lugar. El Cigarral El Bosque es uno de los históricos de la ciudad y uno de los más grandes, con más de 14 hectáreas de extensión. Según nos cuentan Alfonso Vázquez y Pilar Morollón en su excelente estudio sobre los cigarrales publicado en 2005, su origen se remonta al comienzo del siglo XVI, fecha en que el canónigo obrero de la catedral Diego López de Ayala -fallecido en 1560-, que fuera humanista, mecenas y escritor de corte italianizante así como traductor de la Arcadia de Sannazaro y algunas obras de Bocaccio, construyó un Cigarral y plantó un bosque. Todo ello sucedió antes de 1533, ya que en esa fecha el canónigo vendió parte de esta heredad, denominada entonces la Bastida, al racionero Rodrigo de Bracamonte. Tal era la importancia de este personaje que se sabe que Diego López de Ayala reunía en su casa una tertulia literaria en la que, en septiembre de 1534, intervino el mismísimo Garcilaso de la Vega "recitando sus poesías a los acordes de la vihuela" (Juan Carlos Pantoja Rivero (ed.), Libro segundo de Espejo de caballerías, 2009).
Gracias a este fenomenal estudio de Vázquez y Morollón sabemos también que la finca tenía un censo a favor del Hospital de la Misericordia de 1.600 maravedíes. El edificio principal del siglo XVI constaba de un porche sustentado por dos columnas renacentistas similares a las diseñadas por Alonso de Covarrubias y tras el porche existía un salón con hornacina para un aljibe con decoración epigráfica latina. En el segundo piso se encontraba una galería cubierta sustentada por zapatas de madera tallada.
En la parte posterior del edificio se situaba una arqueta para embalsar agua destinada al riego. Se llenaba con agua procedente de la fuente de Ciciones -de la que se decía tenía propiedades para curar males y fiebres-, manantial que manaba bajo el Cigarral. El Cigarral pasó por herencia del canónigo al mayorazgo de los Ayala, al que siguió perteneciendo hasta el siglo XVIII, siendo su propietario Luis José de la Vega, vecino de Calera. Sus dimensiones eran entonces de treinta fanegas, de las cuales veintiuna estaban dedicadas al cultivo de albaricoque. Poseía casi trescientas olivas y nueve fanegas para la siembra de cereal "de año y vez". Su explotación era indirecta estando arrendada por importe de 420 reales anuales. El perímetro estaba totalmente cercado de tapias de tierra y dentro del mismo se levantaba la casa principal anteriormente descrita que era de planta cuadrada típicamente renacentista, con un solar de 21 por 21 varas, que ocupaba el guarda del Cigarral. Antonio Martín Gamero habló en el siglo XIX de la decadencia de este cigarral, que ya entonces pertenecía a Antonio Maldonado:

“Testimonio de lo primero nos ofrece el famoso Cigarral del Bosque, una de las mejores posesiones de su
género, al lamentarse de la triste soledad que cerca a aquellos sititos cuando no tienen fruto”.


De este modo llegamos a 1929, año en que los propietarios -los marqueses de la Vega de Retortillo- reformaron el cigarral.
Agustín Retortillo y León, I Marqués de la Vega de Retortillo. Propietario del Cigarral El Bosque a comienzos del siglo XX. Foto publicada en Mundo Gráfico el 10 de enero de 1917

Con motivo de esta reforma fue publicado en la Revista de Arte Toledo el artículo mencionado ilustrado con las preciosas fotografías de Rodríguez:
Artículo sobre el Cigarral el Bosque de Toledo. Fotografía publicada en la Revista Toledo en febrero de 1929
Artículo sobre el Cigarral el Bosque de Toledo. Fotografía publicada en la Revista Toledo en febrero de 1929
Artículo sobre el Cigarral el Bosque de Toledo. Fotografía publicada en la Revista Toledo en febrero de 1929
Cigarral el Bosque de Toledo. Fotografía publicada en la Revista Toledo en febrero de 1929
Cigarral el Bosque de Toledo. Fotografía publicada en la Revista Toledo en febrero de 1929
Cigarral el Bosque de Toledo. Fotografía publicada en la Revista Toledo en febrero de 1929
Cigarral el Bosque de Toledo. Fotografía publicada en la Revista Toledo en febrero de 1929
Cigarral el Bosque de Toledo. Fotografía publicada en la Revista Toledo en febrero de 1929
Cigarral el Bosque de Toledo. Fotografía publicada en la Revista Toledo en febrero de 1929
Artículo sobre el Cigarral el Bosque de Toledo. Fotografía publicada en la Revista Toledo en febrero de 1929
Capilla del Cigarral del Bosque en los años 20. Foto Rodríguez.

De esta época data la preciosa portada que hoy subsiste justo enfrente de la gasolinera de La Olivilla:
Cigarral el Bosque de Toledo. Fotografía publicada en la Revista Toledo en febrero de 1929

Así permaneció el cigarral hasta comienzos del siglo XXI en que en este lugar se construyó el polémico edificio que hoy alberga uno de los pocos hoteles de 5 estrellas de la ciudad.

Un cigarral histórico con una vida cotidiana retratada a comienzos del siglo XX por Pedro Román y que hoy hemos podido identificar y ubicar gracias a la magia de la fotografía histórica.

Actualización: enero de 2015. Añado fotografías del edificio original del siglo XVI que milagrosamente aún está en pie. Me temo que por poco tiempo. Pese a que una de las condiciones para permitir abrir el hotel era restaurar esta joya renacentista, la realidad es muy distinta. Se derrumbará en breve si no se actúa inmediatamente. En las fotografías es posible ver las columnas, el pozo de la Fuente de Ciciones, maderas talladas y pinturas al fresco (tanto inscripciones como dibujos circulares).
Casa del siglo XVI del Cigarral El Bosque
Casa del siglo XVI del Cigarral El Bosque
Casa del siglo XVI del Cigarral El Bosque
Casa del siglo XVI del Cigarral El Bosque
Inscripciones en la Casa del siglo XVI del Cigarral El Bosque
Pinturas circulares en el piso superior de la Casa del siglo XVI del Cigarral El Bosque
Pinturas circulares en el piso superior de la Casa del siglo XVI del Cigarral El Bosque
Casa del siglo XVI del Cigarral El Bosque
Maderas talladas en la Casa del siglo XVI del Cigarral El Bosque
Pozo de la fuente de Ciciones y Casa del siglo XVI del Cigarral El Bosque. Hornacina para un aljibe con decoración epigráfica latina
Casa del siglo XVI del Cigarral El Bosque. Hornacina para un aljibe con decoración epigráfica latina
Casa del siglo XVI del Cigarral El Bosque

9 comentarios

Anónimo dijo...

Magnífico trabajo, como siempre.

Javier Díaz dijo...

Excelente análisis, sorprendentes fotografías. Felicidades por el trabajo,

Ricardo Sánchez Candelas dijo...

Hasta en cuatro ocasiones se menciona la toledana Venta del Alma en la obra “Ángel Guerra”, de Benito Pérez Galdós, la más representativa, (y no digo “emblemática” porque estoy hasta el gorro del manoseo de la palabreja), de toda la producción del autor de los Episodios Nacionales con escenario en nuestra ciudad.
Con ese motivo haré algún comentario sobre ese lugar del entorno meridional más inmediato de Toledo que, por cierto, ya fue objeto de una magnífica entrega específica del blog, de fecha 26 de julio del presente año. En ella, entre otra valiosísima documentación, aparte la fotográfica, se incluía la descripción de la sugestiva y hermosa leyenda que daba origen al nombre de la Venta.
La primera de esas menciones en la novela de Galdós es con motivo de los neuróticos delirios de grandeza de la madre de una de las heroínas de la obra –el abandonado y antiguo amor del protagonista–, que en sus derivas de megalómana no pierde ocasión de autoproclamarse heredera de la más noble y regia progenie y, como consecuencia, poseedora en Toledo de muchas y riquísimas propiedades, tanto rústicas como urbanas, entre otras, según cita la muy descerebrada, las casas del Corral de don Diego y el Palacio –la “casa grandona” dice ella–, que fuera solar nobiliario de los San Pedro de Palma, en la Plaza de San Vicente.
Y la buena mujer, en su neurastenia –y ésta es la primera mención a la que me refería– no podía por menos que atribuirse también propiedad cigarralera. Lo expresa así a su paciente interlocutor, en aquella ocasión en que acosaba al propio Guerra para inducirle interesadamente a casorio con su hija: “lo mismo que aquel cigarral, ¿sabe usted dónde está La Venta del Alma?...pues detrás, más allá".
La segunda mención la hace el novelista al describir el itinerario que, desde Toledo, seguía el protagonista hasta llegar al cigarral Guadalupe, creación literaria del auténtico que ahora después identificaré en este comentario. “Media hora después, –narra Galdós–, Ángel había pasado el puente y marchaba con lento paso por la polvorosa carretera de Polán. Al pasar más allá de la Venta del Alma, paróse a contemplar su querido caserón de Guadalupe emplazado en una de las crestas del montuoso terreno”.
Aparece la tercera mención en la narración de un episodio de la vida toledana de Ángel –mitad realidad terrible, mitad pesadilla opresora–, en aquellos días de su conversión, en su ascética transformación mística. Dice Galdós en ese pasaje de la novela que “más allá de la Venta del Alma vieron venir a Jesús con su cervatillo”.
Y se produce la cuarta cita cuando Ángel Guerra sospecha de la infidelidad conyugal de Jusepa, la cigarralera de Guadalupe: “Díjete aquello, porque me pareció que ibas con un hombre, y que el hombre, al verme, se escondió detrás de las paredes en ruinas que hay más allá de la Venta del Alma”.
(Continúa en el siguiente comentario)

Ricardo Sánchez Candelas dijo...

Parece, pues, evidente que Benito Pérez Galdós, en sus frecuentes estancias entre nosotros, antes de dar cuerpo literario a su Ángel Guerra, debió dedicar algún tiempo a conocer, y hasta con cierto detalle, todo aquel entorno de la periferia sur de Toledo limitada entre el Puente de San Martín y lo que entonces –sin estar aún construida lo que hoy conocemos como Carretera o Ronda del Valle– era el arranque de “la polvorosa carretera de Polán”, a la altura del Cigarral Caravantes y algo más abajo del Restaurante Monterrey.
Y, por supuesto, ya desaparecido, en la curva más inmediata a la propia Venta del Alma, otro establecimiento clásico “hostelero” de la zona, el restaurante El Petit, en el que no hace tantos años, aún hacíamos alto en el camino de “la vueltalvalle”, (hay que escribirlo así, todo seguido), o hasta nos permitíamos el módico dispendio de invitar a comer a algún amigo visitante de Toledo.
También El Petit, (del que, por cierto, en la mencionada entrega de Toledo Olvidado, se incluyen dos preciosas fotografías, la únicas que yo he visto de este establecimiento), es otro de los modestos escenarios de nuestro Toledo Olvidado, tan desaparecido como ese humilde pero emotivo monumento, protegido por una verja metálica, situado en la siguiente curva en vaguada de la actual carretera, prácticamente frente a Caravantes.
Se trataba el citado monumento de una especie de monolito que conmemoraba el fallecimiento en accidente, en ese mismo lugar, del cadete de Infantería don Luis Almansa. La mayoría de los toledanos que teníamos como deporte preferido el “vueltalvalling”, al reparar en él alguna vez, no teníamos exacta idea de cual fuera su motivo. No era otro que el recuerdo de aquel luctuoso hecho, producido en 1910, en el regreso de los alumnos cadetes desde Cobisa de unas maniobras militares. En su libro “Historia de la Academia de Infantería de Toledo”, lo narra con detallada precisión el Coronel de Infantería, historiador e insigne académico don José Luis Isabel Sánchez
Bastantes años después, supimos por fin que aquel monumento era el homenaje a la memoria del fallecido en aquel preciso lugar de su trágica muerte. Y lo supimos ya con absoluta certeza cuando la prensa local nos informó de que, en 2006, el General Director de la Academia de Infantería, a la sazón don César Muro Benayas, solicitó del Ayuntamiento de Toledo que el monolito conmemorativo dedicado al cadete muerto en acto de servicio fuese trasladado a la propia Academia, petición a la que accedió la Corporación municipal toledana. De aquel monumento hoy solo queda en este lugar, colindante con las tapias del cigarral Santa Elena, la peana de mampostería de piedra que le servía de base.
Debió pensar el ilustre militar solicitante del traslado, que aquella muerte en acto de servicio no merecía quedar en tan humillante anonimato como el que, poco más de cien metros más abajo, en uno de los torreones exteriores del propio Puente de San Martín, conmemora otra muerte –en este caso nada accidental, según reza una pequeña y casi invisible placa, “Aquí mataron a una mujer. Rueguen a Dios por ella. Sucedió a dos de febrero del año 1690”– que, con tan lacónica mención, también pasa casi desapercibida para los transeúntes, aunque a buen seguro, tan observador de todo cuanto era significativo de aquel escenario, no lo sería para el autor de “Ángel Guerra”.
(Continúa en párrafos siguientes)

Ricardo Sánchez Candelas dijo...

Nos sirve esta apreciación colateral para reafirmarnos en la certeza de que las descripciones que se hacen en la novela de las costumbres y modos de vida de aquel Toledo finisecular del XIX y de estos parajes del entorno, –la topografía de la zona, el paisaje cigarralero, el arroyo de La Cabeza, las menciones de elementos del medio natural entre La Degollada y La Sisla, las rutinas cotidianas de aquellas gentes, mitad urbanas, mitad rupestres–, y de los que la Venta del Alma no era sino significativo exponente de detalle, no dejan lugar a dudas sobre la pormenorizada observación del novelista canario antes de poner negro sobre blanco en su extraordinaria obra.
Realizado el primer gran descubrimiento del blog de que el íntimo amigo de Galdós, el pintor Ricardo Arredondo, su decisivo inductor en su pasión por el paisaje cigarralero le “engañara”, –tan concienzudo conocedor de la Venta del Alma como era el novelista–, con un cuadro, maravilloso por cierto, haciéndole creer que sus pinceles habían pintado una Venta del Alma que, en realidad no lo era, se nos sorprende en esta entrega con un segundo hallazgo, mucho más admirable todavía, por insólito, que es el de la identificación del verdadero paraje del cuadro, que no es otro que el de la primitiva edificación de la casa de los cigarraleros de otro de los históricos, el cigarral El Bosque.
La gran similitud de ambas construcciones –explicación del “engaño”– para nada desmerece, por supuesto, el valor del detallado conocimiento, antes expresado, que Galdós tenía de la auténtica Venta del Alma y su entorno inmediato. Y a ello quiero referirme en los siguientes comentarios.
De ese conocimiento tan al detalle, quiero resaltar la frase de la chalada y estrafalaria madre del ex amor de Guerra: “lo mismo que aquel cigarral, ¿sabe usted dónde está La Venta del Alma?...pues detrás, más allá". La referencia es imprecisa, pero bien podría tratarse del único cigarral que en esa zona aparece en el plano de 1882 de don José Reinoso. Mencionado por el doctor Marañón, está muy próximo al Cerro de la Cruz, uno de los enclaves del entorno de la ciudad menos conocidos y, sin embargo, desde el que se nos ofrece contemplar una de las más espectaculares y hermosas vistas de Toledo. Con su pincel magistral lo dejó retratado don Enrique Vera en un pequeño y bellísimo lienzo colgado en la pared de una de las dependencias administrativas del Archivo Histórico Municipal.
Para mayor detalle sobre este cigarral, aclara el inolvidable don Gregorio: “Muy frecuentado era el que poseía, por encima de la Venta del Alma, un señor, casi carlista, pero con el que, como con todos los de su cuerda –se refiere, naturalmente, al novelista que, extrañamente, pareciera con ello olvidar su inveterada animadversión a Valle Inclán y a su doctrina política– hizo pronto excelente amistad. Su casa de la ciudad, estaba frente a San Justo, y en ella era también recibido, muchas veces Galdós. Creo recordar que su nombre real era Criado; y en el mundo de la ficción galdosiana no es otro que el don Severo de Ángel Guerra; poseedor, por cierto, de una extraordinaria colección de abanicos”.
Cuando en la segunda mención a la Venta del Alma nos dice Galdós que Ángel Guerra “paróse a contemplar su querido caserón de Guadalupe emplazado en una de las crestas del montuoso terreno”, venimos a tener certeza suficiente para determinar la exacta ubicación real de la ficción literaria de la finca. Desde la Venta del Alma esa “contemplación” de “una de las crestas del montuoso terreno” de aquellas fechas no podía ser otra que la del asentamiento del actual Cigarral del Sagrario.

Ricardo Sánchez Candelas dijo...

A este propósito, no me resisto a transcribir literalmente los párrafos que dedico a esta identificación en mi inédito “Galdós en Toledo”.
Se dice allí: “Pero del cigarral de Guadalupe, tenemos alguna referencia que casi le identifica en el espacio rural del entorno de Toledo de manera inequívoca. Se la debemos, ¡cómo no!, a don Gregorio Marañón, otro ilustre cigarralero toledano. Ese “casi” le relaciono con el “tal vez” con el que don Gregorio afirma que “Galdós, certeramente, puso las últimas escenas de su novela del misticismo español en aquellos cigarrales; tal vez en el que hoy posee Salvador de Madariaga, bautizado con el nombre del famoso libro”
Y continúo en mi descripción: “Esa propiedad del ilustre escritor, republicano y político liberal, exiliado por su significación política de desafecto –muy desafecto, había ocupado muy relevantes cargos en la República– al régimen surgido de la victoria en la guerra civil, y que había sido adquirido en su día al gran periodista toledano don Santiago Camarasa, debió determinar que el cigarral fuese objeto de incautación por las autoridades del nuevo régimen, y posterior salida a subasta pública, de la que resultó beneficiario don Mariano Toledo que cambió el nombre de Ángel Guerra, con el que Madariaga le había bautizado, sin duda en honor y recuerdo del personaje de la novela galdosiana, por el de Cigarral del Sagrario”.
En un párrafo posterior escribo: “Alguna documentación consultada en el Archivo Histórico Municipal nos revela que en 1934 “el interesado, Salvador Madariaga, en el sitio denominado, Arroyo de la Cabeza, Camino del Valle, solicita terreno para construir un pozo con el fin de recoger aguas para el cigarral Ángel Guerra del que es propietario”, y en un expediente posterior, aunque del mismo año, un peticionario de nombre Felipe Vicente, que debía actuar como representante de Madariaga, solicita “construir una habitación, en las inmediaciones de Las Pontezuelas”.
Y, por remontarme más aún en los orígenes históricos de este cigarral, todavía prosigo: “Más aún, por si quedara alguna duda, la “biografía” de Guadalupe es del todo completa en el artículo que Ángel Vegue y Goldoni publicó en La Voz del 27 de abril de 1933, en la sección “sugestiones literarias” y con el título “Imágenes de Toledo: Los Cigarrales, la Catedral”. En este trabajo de este escritor del grupo de “Poetas del novecientos” –del que sólo alcanzó notoriedad como poeta Pedro Salinas– se nos ofrece, entre otras muy interesantes, la mención al cigarral de los romeros, que perteneció al doctor Narbona, y que restaurado por el escritor toledano Santiago Camarasa, ha pasado a ser propiedad del embajador de España en Francia, don Salvador de Madariaga”.
(Continúa el comentario)

Ricardo Sánchez Candelas dijo...

Me extiendo algo después en otras consideraciones: “Por lo demás, al quedar sin datar en el artículo de Vegue aquella pertenencia del cigarral de los romeros, anterior a la de Camarasa, –“perteneció” se nos dice, sin más, y en cuanto a propiedad sólo se indica que por Camarasa “fue restaurado”–, hemos de admitir que la mencionada propiedad, aunque remota, fuera la de Eugenio de Narbona, egregio historiador, jurisconsulto y eclesiástico, de origen familiar judeoconverso, que mereciera aquel poema satírico de su coetáneo Luis de Góngora pidiéndole unos albaricoques que había prometido enviarle desde Toledo. Nada menos que Tirso de Molina en sus Cigarrales de Toledo menciona la quinta-cigarral del doctor Narbona. Mayor pedigrí histórico no cabe”
Y en ese recorrido por la historia de Guadalupe, aún añado: “Desconozco en todo caso cuáles fueran las indagaciones que permitieran a Vegue afirmar que el cigarral de Narbona era el mismo de Camarasa, y por supuesto cuál sería la secuencia de propietarios de esta finca –compraventas, herencias, expropiaciones– que en tanto tiempo mediaran entre el eclesiástico jurisconsulto del XVII y el periodista del XIX. Quizá Galdós, para justificar ese “vacío”, hubiera de recurrir, como artificio literario, a aquella aventurada teoría del clérigo Mancebo cuando intentaba explicarle a Guerra el origen de la propiedad familiar de Guadalupe, adquirido por su abuelo, don Bruno Zacarías de Montenegro, como perteneciente a los “bienes nacionales” sometidos al proceso de Desamortización”
A este respecto, concluyo al final: “A falta de una investigación más meticulosa, una teoría como otra cualquiera, si bien, en ese mismo sentido apunta la reseña que hace el mismo Marañón del Cigarral de Menores, cuando anota que la vida del que habría de ser de su propiedad, “como la del resto de los cigarrales, cambió de aspecto cuando el Estado enajenó los bienes de la Iglesia y pasaron a manos de particulares. En aquel trance desaparecieron para el arte y para la erudición sectores importantes de la riqueza espiritual de España. Sufrió ésta una de las podas inexorables y bárbaras que la revolución, periódicamente, ejecuta en el pasado de los pueblos. Se salvaron, no obstante, protegidos por su misma humildad, monumentos pequeños; pero no por eso menos representativos. Uno de estos monumentos sin historia fue el Cigarral de los Clérigos Menores”
Una cosa es, no obstante, absolutamente cierta, y es la ya mencionada cita que el propio Tirso de Molina hace del cigarral del “doctor Narvona” al incluirle entre los veinte más celebrados, destinados a sorteo entre damas y caballeros, en aquel galante divertimento veraniego que don Alejo había ideado en la Quinta de Buenavista para sobrellevar los rigores caniculares del estío toledano. Nos dice el autor que el cuarto cigarral correspondió “a Isbella, el de don Jerónimo de Miranda, agora de los Clérigos Menores”, mientras que el décimo le cayó en suerte “a Sirena, el del doctor Narvona”.
(Continúa en párrafos siguientes)

Ricardo Sánchez Candelas dijo...

Para no hacerlos más extensos, omito la curiosa relación de correspondencia –contenida en mi inédita obra– que, a propósito del Angel Guerra y del cigarral Guadalupe, se estableció entre Pérez Galdós y Santiago Camarasa.
En todo caso, también anoté allí lo siguiente: “Sea como fuere, tuve el extraordinario privilegio de ser quizá una de las últimas personas que viera aquel cigarral en su primitiva edificación –de la que se pueden recuperar algunas imágenes fotográficas muy ilustrativas– debido al singular hecho de que su nuevo propietario, don José María Hueso Marqueño, al adquirirlo al señor Toledo, en razón de nuestra gran amistad y de mis modestos conocimientos profesionales, me encargó que le diese mi opinión sobre el ajardinamiento y entorno vegetal del nuevo cigarral que quería construir de nueva planta, más que cigarral suntuosa mansión, animado también por su hermano don Enrique, que con más sentido de la amistad que mérito por mi parte le había ponderado el proyecto que yo le hiciera para su cigarral El Cacho, en la subida de La Bastida. Nunca hubiera imaginado por aquellos años que estaba pisando el mismo cigarral en el que, sin duda, –me atrevo ya a prescindir del “tal vez” de don Gregorio– Galdós ideó el escenario de Ángel Guerra”.
De las dos restantes menciones que en la obra toledanísima de Galdós se hacen a la Venta del Alma casi nada, sobre lo ya escrito, me anima a extenderme en nuevos comentarios que pudieran tener interés. Quizá sólo citar la ya desaparecida y no menos clásica, ya en la propia carretera de Polán, por debajo del Restaurante Monterrey, Venta de Carranza, que debía ser más o menos la conocida entonces como Venta Nueva. Galdós había anotado en sus apuntes aquel lugar en el que “por el camino bajaban carretas de bueyes cargadas de carbón…Algunos conocían a Guerra, de verle en la Venta Nueva”. Me parece que alguna de las magníficas fotografías de Pedro Román identifica ese paraje o su entorno más próximo. Yo, por mi parte, anotaba en mis recuerdos de juventud algún guateque veraniego en el patio interior de la venta, hoy en estado de abandono totalmente ruinoso, aunque todavía puede verse el rótulo con su nombre.
Junto a ella y en colindancia, casi enfrente de Monterrey, hubo una carpintería, también hoy abandonada y en ruinas que debió ser, sobre todo por su singular emplazamiento, carretería en la que repararan sus averías las carretas de los boyeros que trajinaban entre Toledo y los Montes. En la misma esquina de ese solar existe un pozo, con brocal cubierto con una chapa metálica. En estos días me he atrevido a levantarla y ¡oh sorpresa, tiene agua!, como si la vida de ese lugar se resistiera a terminar del todo.
Para terminar, y para reconocer el gran mérito de la obra, citada en esta entrega del blog, “Historia de los cigarrales de Toledo”, de los autores Alfonso Vázquez González y Pilar Morollón Hernández, reseñar que en ella, en una nota a pie de página, también se hace breve mención –aunque sólo “probablemente”– a la relación de pertenencia entre el actual Cigarral del Sagrario y alguno de sus antiguos propietarios.
Como de costumbre, y en esta ocasión con motivo de La Venta del Alma y sus ilustres relacionados, Benito Pérez Galdós, Ricardo Arredondo, y ¡cómo no!, Gregorio Marañón, mis comentarios, para lo que obliga la brevedad de un blog, se han extendido más de lo conveniente. A pesar de todo, no lo lamento.

Javito dijo...

Enorme post, como siempre Eduardo. Felicidades por tu trabajo y por compartirlo con todos.

© TOLEDO OLVIDADO
Maira Gall